martes, 6 de enero de 2026

ORDEN INTERNACIONAL Y SU COMPLICIDAD SILENCIOSA



 Escrito por: A PASO FIRME

En otra entrega anterior creé una reflexión comparativa desde el punto de vista del análisis de una teoría politológica, lo de hoy respecto de lo mismo,  una visión ciudadana.

 

Lo que estamos presenciando no es una discusión jurídica honesta, es una escenificación moral selectiva.

 

Durante casi treinta años, Venezuela fue sometida a un proceso sistemático de demolición institucional con persecución política, presos de conciencia, tortura documentada, ejecuciones extrajudiciales, hambre utilizada como mecanismo de control social, exilio forzado de millones y una economía criminalizada hasta los cimientos. Todo eso NO OCURRIÓ EN LA OSCURIDAD, ocurrió con informes, con cifras, con testimonios, con cadáveres, ocurrió ante las cámaras y ocurrió, sobre todo, con un silencio cómplice sencillamente ensordecedor.

 

Entonces aparece la pregunta incómoda, esa que hoy muchos prefieren evitar:

 

¿Cuándo el derecho internacional pasó a ser más sagrado que los derechos humanos concretos de millones de personas?

 

El derecho internacional no es un dogma teológico, es un instrumento. Se supone que existe para proteger a los seres humanos, no para blindar a tiranos cuando ya han destruido todo lo que ese mismo derecho dice defender.

 

Cuando el derecho se convierte en coartada para la inacción, deja de ser justicia y pasa a ser burocracia moralizada.

 

Aquí es justamente donde la hipocresía se vuelve obscena.

 

Durante décadas, ONU y OEA produjeron comunicados, misiones exploratorias, expresiones de preocupación, resoluciones sin consecuencias, informes solicitados a la alta comisionada para los DD.HH. El régimen entendió el mensaje con absoluta claridad, pueden seguir...y siguieron, porque nadie les puso freno ni asignó un costo real.

 

Hoy, cuando se discute una acción directa contra el responsable máximo de esa maquinaria criminal, súbitamente el mundo se llena de juristas televisivos, de guardianes del orden internacional, de líderes que descubren, bastante tarde y con absurdo dramatismo, que las normas existen, vaya descubrimiento milagroso que han hecho, justo cuando el abusador se encamina a perder el poder.

 

En términos ciudadanos comunes, no en trincheras politológicas ni aulas de universidad, la pregunta correcta no es si una acción así tensiona el derecho internacional.

 

La pregunta correcta a mi juicio es: ¿Qué legitimidad conserva un orden internacional que toleró durante décadas una narcodictadura a plena luz del día?

 

Porque sepan que hay una verdad que incomoda a los salones diplomáticos y es que cuando el sistema internacional falla de manera prolongada, otros actores llenan el vacío, no por altruismo, sino porque el mundo real no se congela esperando consensos imposibles.

 

No se confundan con mis palabras, esto no es una apología del unilateralismo ni del “todo vale”, esto es algo más incómodo todavía, es reconocer que la neutralidad frente al crimen también es una toma de partido, también determina una posición.

 

Sepan que mirar para el costado mientras se destruye un país no es prudencia, es abandono. Sepan que la legalidad sin justicia termina siendo solo una forma elegante de cobardía.

 

¿Dónde estaban ONU y OEA cuando el hambre se volvió política pública?

 

¿Dónde estaban cuando la migración venezolana forzada se transformó en la mayor tragedia humanitaria del continente?

 

¿Dónde estaban cuando los informes se acumulaban y nadie actuaba?

 

Llegaron tarde y ahora pretenden darnos lecciones.

 

El problema no es que hoy se hable de derecho internacional, el problema es que sólo se hable cuando el verdugo corre peligro, nunca cuando la víctima grita.

 

Eso, eso es mucho más que una discusión legal, es un fracaso moral.

lunes, 5 de enero de 2026

JOHN MEARSHEIMER Y EL REALISMO OFENSIVO, BREVE ANÁLISIS SOBRE LA CAPTURA DE NICOLÁS MADURO

 

Escrito por: A PASO FIRME

    Se trata de un influyente politólogo estadounidense y profesor distinguido en la Universidad de Chicago, en su obra "The Tragedy of Great Power Politics", un libro cautivante, él argumenta que el conflicto entre potencias es inevitable debido a la falta de un gobierno mundial y la imposibilidad de conocer las verdaderas intenciones de otros Estados. Su visión contrasta en interesantes debates - que pueden buscar - con otros autores liberales como Robert Keohane o Lisa Martin; en mi caso me quedo con la teoría que plantea el profesor Mearsheimer.

    Aquí entonces un breve análisis utilizando su teoría y mi interpretación, para explicar lo que la administración del presidente Trump ha hecho al capturar a Nicolás Maduro, vamos por partes.

    Primero, no hay un árbitro supremo en el mundo, tampoco un juez que haga sonar el silbato cuando un Estado cruza la línea, lo que hay son discursos, tratados, etc., pero no hay árbitro, eso es lo primero que el profesor Mearsheimer pone sobre la mesa.

    El escenario internacional no es una corte; es un campo abierto donde cada actor cuida su supervivencia.

    Segundo, en ese mundo, afirma Mearsheimer, ningún Estado puede permitirse creer en las buenas intenciones del otro, las intenciones cambian, los gobiernos pasan, los discursos mutan, lo único constante es el poder y, quien no lo acumula, lo pierde, así de simple. Por eso las grandes potencias no se limitan a defenderse: avanzan, no esperan el golpe; lo neutralizan antes de que exista.

    Ahí nace el realismo ofensivo, no como una ideología, sino como una descripción incómoda de cómo se comportan los que mandan de verdad.

    Bien, ahora imaginemos a Estados Unidos mirando su entorno inmediato, el hemisferio que históricamente ha considerado vital para su seguridad. En ese mapa aparece Venezuela: un Estado fracturado, atravesado por redes de narcotráfico, con vínculos abiertos con potencias rivales, convertido en plataforma de desorden regional. Desde el lenguaje del derecho internacional, eso es “soberanía”, desde el lenguaje de Mearsheimer, eso es una amenaza latente.

     En ese contexto entra el presidente Donald J. Trump, no como personaje moral, sino como decisor. La pregunta no es si capturar a Nicolás Maduro es legal. Esa pregunta, en este marco, es secundaria. La pregunta real es otra: ¿conviene? ¿Reduce riesgos futuros? ¿Elimina un foco de inestabilidad? ¿El costo político y estratégico es menor que el costo de dejarlo intacto?

     Si la respuesta es sí, la acción deja de ser escandalosa y pasa a ser racional.

    Entonces, ¿Qué sucede?, el derecho internacional, en este relato, no desaparece, simplemente llega tarde, ¿Por qué?

     Primero ocurre el hecho, después llegan los comunicados, las resoluciones, las condenas simbólicas y, si la operación resulta exitosa, con el tiempo, la historia se encarga de reescribirla como “necesaria”, “inevitable” o “excepcional”.

     El profesor Mearsheimer no se escandaliza por eso, tampoco lo celebra, lo describe, dice sin rodeos que las grandes potencias no obedecen al sistema: lo moldean. Las normas pesan mientras no estorben, entonces, cuando estorban, se doblan. Y si no se doblan, se rompen.

    Así, la captura de Maduro, más allá de tratados, tribunales y comunicados, no sería una aberración del orden mundial, sería su funcionamiento normal. El mismo patrón que ya se ha visto antes: primero Noriega, después Bin Laden, luego Soleimani. Distintos contextos, misma lógica.

 

    El realismo ofensivo no pregunta si algo es justo, pregunta si es útil.

 

    En el mundo que describe el profesor Mearsheimer, esa pregunta es la única que realmente importa.

 

    En palabras simples, en política internacional no mandan las leyes: manda el poder que se atreve a ejercerlas cuando dejan de servirle.



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