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viernes, 30 de octubre de 2026

EL ESTADO: ¿PROTECTOR DE LOS CIUDADANOS O DUEÑO DE SUS VIDAS?


Artículo escrito por: A PASO FIRME

La libertad no se pierde solamente cuando alguien nos la arrebata por la fuerza. También se pierde cuando aceptamos, poco a poco, que otros decidan por nosotros en nombre de nuestro propio bienestar.

Sean muy bienvenidos a un nuevo espacio de reflexión. En esta oportunidad la invitación es a recuperar el pensamiento crítico, dejar de medir el progreso por la cantidad de funciones que acumula el Estado y comenzar a examinar si cada una de ellas está realmente justificada. A exigir límites al poder, responsabilidad en el uso de los recursos públicos y respeto irrestricto por los derechos individuales.

No se trata de negar los problemas sociales ni de sostener que cada persona debe enfrentar sola todas las dificultades de la vida. Se trata de comprender que las buenas intenciones no justifican cualquier intervención, las mayorías no legitiman cualquier abuso y ninguna promesa de bienestar debería eximir al poder de rendir cuentas.

La invitación entonces es a no aceptar las soluciones políticas como dogmas, a cuestionar las promesas que comprometen nuestra libertad y a recordar que una ciudadanía libre no es aquella que más espera del Estado, sino aquella que conserva la capacidad de exigirle, fiscalizarlo y ponerle límites.

Porque, al final, la pregunta no es cuánto puede hacer el Estado por nosotros, sino cuánto puede decidir por nosotros sin dejar de amenazar nuestra autonomía.

Los invito a pensar antes de delegar, a cuestionar antes de aceptar y a defender la libertad antes de descubrir que hemos entregado demasiado para recuperarla.

Hay una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate político, porque resulta mucho más cómodo discutir cuánto puede hacer el Estado que preguntarnos cuánto poder estamos dispuestos a entregarle.

Nos hablan de nuevas prestaciones, nuevos subsidios, nuevas regulaciones y nuevos programas públicos. Cada problema parece exigir una nueva institución, cada dificultad una nueva partida presupuestaria y cada desigualdad una nueva intervención gubernamental. El aparato crece, sus atribuciones se multiplican y sus administradores adquieren más poder.

Pero ¿Quién se detiene a preguntar dónde termina ese proceso?

¿En qué momento el Estado, creado para proteger a las personas, comienza a tratarlas como instrumentos de sus propios objetivos? ¿Cuándo la legítima preocupación por los problemas colectivos se convierte en una justificación permanente para limitar las decisiones individuales?

Estas no son preguntas marginales. Son preguntas esenciales para cualquier sociedad que todavía aspire a llamarse libre.

La libertad no es una concesión del poder

Milton Friedman dedicó buena parte de su pensamiento a advertir sobre los peligros de sacrificar la libertad individual en nombre de objetivos colectivos. Su argumento, expresado aquí en forma de paráfrasis y no como cita textual, conserva plena vigencia: cuando se pretende alcanzar la igualdad mediante la imposición y la restricción de la libertad, se corre el riesgo de terminar perjudicando ambas.

El problema comienza cuando confundimos igualdad ante la ley con igualdad de resultados.

La primera exige que todos estén sometidos a las mismas reglas, que nadie posea privilegios arbitrarios y que el poder no pueda decidir caprichosamente sobre el destino de las personas. La segunda, cuando se convierte en una obligación política de igualar resultados, puede terminar justificando una intervención cada vez mayor sobre el trabajo, el patrimonio y las decisiones de los ciudadanos.

Porque las personas no son idénticas. Tienen capacidades, preferencias, circunstancias, aspiraciones y prioridades diferentes. Pretender borrar todas esas diferencias desde el poder requiere una maquinaria de control que, inevitablemente, termina tomando decisiones que antes correspondían a cada individuo.

Y aquí aparece una paradoja interesante de analizar, me refiero a que, en nombre de la igualdad, se multiplican las desigualdades ante el poder. Unos deciden y otros obedecen. Unos administran los recursos y otros deben producirlos. Unos diseñan las reglas y otros descubren que su libertad depende de obtener una autorización, un beneficio o una excepción.

¿Es esa la sociedad que queremos construir?

Nozick y la pregunta que incomoda al poder

Robert Nozick llevó esta discusión a un terreno todavía más profundo.

En Anarquía, Estado y utopía, defendió la legitimidad de un Estado mínimo, limitado fundamentalmente a proteger a las personas contra la violencia, el robo y el fraude, hacer cumplir los contratos y garantizar la defensa frente a amenazas externas.

Su planteamiento no consiste simplemente en pedir una administración pública más eficiente. Va al fundamento moral del poder político.

Para Nozick, cada individuo posee derechos que no pueden ser sacrificados automáticamente en beneficio de los demás, aunque ese sacrificio se presente como necesario para alcanzar un supuesto bien común.

Esta idea contiene una advertencia incómoda: las personas no son recursos disponibles para que el Estado los distribuya según sus propios criterios de justicia.

Si una autoridad considera que puede disponer legítimamente del tiempo, el trabajo o los bienes de una persona cada vez que invoque una necesidad colectiva, entonces los derechos individuales dejan de ser límites efectivos al poder y se convierten en concesiones sujetas a las prioridades del gobierno.

Nozick cuestionó precisamente esa lógica. Su crítica a la tributación redistributiva parte de que obligar a alguien a entregar una parte de los frutos de su trabajo para financiar los objetivos de terceros plantea un problema moral serio: ¿hasta qué punto puede una sociedad reclamar el esfuerzo de una persona sin su consentimiento?

La comparación que establece con el trabajo forzado es deliberadamente provocadora. No significa que los impuestos sean literalmente idénticos a la esclavitud en todos sus aspectos, sino que obliga a examinar una cuestión fundamental: ¿Qué límites morales deberían restringir el poder de apropiarse del fruto del trabajo ajeno?

Podemos discrepar de la respuesta de Nozick. Lo que no deberíamos hacer es evadir la pregunta.

El Estado de bienestar y la expansión sin fronteras

El Estado de bienestar suele justificarse mediante objetivos difíciles de cuestionar, me refiero a ayudar a los más vulnerables, ampliar oportunidades, garantizar servicios y reducir la pobreza.

Sin embargo, que un objetivo sea moralmente atractivo no significa que cualquier instrumento utilizado para alcanzarlo sea legítimo, eficaz o sostenible.

Una política pública debe responder, al menos, a tres preguntas: ¿Resuelve realmente el problema?, ¿Cuánto cuesta y quién lo paga?, ¿Qué libertades restringe y qué incentivos genera?

Con demasiada frecuencia, el debate político se concentra en la primera pregunta y evita las otras dos.

El beneficio se anuncia con entusiasmo. El costo se distribuye entre millones de contribuyentes. La burocracia que lo administra adquiere continuidad institucional. Y cuando los resultados son insuficientes, la respuesta habitual consiste en solicitar más recursos, ampliar el programa o crear una nueva estructura.

Así, una política que nació como una solución excepcional puede convertirse en una obligación permanente, independientemente de sus resultados.

El problema no es que el Estado deba permanecer indiferente ante el sufrimiento humano. El problema es asumir que toda necesidad social constituye, por definición, una competencia estatal y que toda intervención pública representa necesariamente un progreso.

La solidaridad genuina no necesita que el poder político monopolice sus expresiones. Las personas, las familias, las asociaciones, las comunidades y las organizaciones privadas también pueden cooperar, ayudar y construir soluciones. La cuestión es permitir que esa capacidad exista y se desarrolle, en lugar de reducirla a una función subordinada a las decisiones del aparato estatal.

¿De quién es el dinero y quién decide?

Aquí llegamos al núcleo económico y moral del problema.

Cuando una persona trabaja, ahorra, emprende o invierte, no está produciendo únicamente ingresos. Está empleando tiempo de su vida, asumiendo riesgos y tomando decisiones sobre su futuro.

La propiedad privada no es solamente una cuestión contable. Es también una esfera de la autonomía personal.

Quien controla legítimamente sus recursos dispone de un margen para decidir cómo vivir, qué proyectos emprender, a quién ayudar y qué legado construir. Cuando ese margen se reduce arbitrariamente, también se reduce su capacidad de dirigir su propia existencia.

Por supuesto, la propiedad no justifica el fraude, el robo o el abuso. Tampoco convierte en legítima una riqueza obtenida mediante privilegios políticos o despojos. Precisamente por eso, una defensa seria de la propiedad debe considerar tanto la adquisición legítima como las transferencias voluntarias y la rectificación de injusticias pasadas.

La diferencia está en el principio que orienta la solución: proteger los derechos y corregir las injusticias mediante reglas legítimas, no convertir al Estado en árbitro ilimitado de cuánto puede conservar cada ciudadano.

Una sociedad libre no elimina las obligaciones legales ni desconoce la existencia de necesidades colectivas. Exige que esas obligaciones estén justificadas, limitadas y sometidas a control.

Porque cuando la respuesta a cada problema consiste en aumentar la capacidad del Estado para disponer de los recursos ajenos, la discusión deja de ser exclusivamente económica. Se transforma en una discusión sobre el poder. Y el poder, por definición, necesita límites.

El Estado mínimo no significa una sociedad sin reglas

Conviene aclararlo: defender un Estado limitado no equivale a defender la ausencia de justicia, seguridad o instituciones.

Un Estado incapaz de proteger a las personas frente a la violencia, el fraude o la arbitrariedad tampoco garantiza la libertad. Sin tribunales independientes, contratos exigibles y protección efectiva de los derechos, la autonomía individual puede convertirse en una ficción reservada a quienes tienen fuerza o recursos suficientes para defenderse por sí mismos.

La cuestión no es reemplazar el poder público por la ley del más fuerte. Es justamente lo contrario, se trata de impedir que el poder público se convierta en una versión institucionalizada de esa misma arbitrariedad.

Nozick imaginó cómo podría surgir un Estado mínimo a partir de agencias privadas de protección que evolucionaran desde un estado de naturaleza. Su propuesta es un argumento filosófico sobre el origen y la legitimidad del Estado, no una demostración histórica de que toda sociedad deba seguir necesariamente ese camino.

Pero su aporte central permanece. La existencia del Estado no basta para justificar cualquier atribución que este decida asumir. Que una institución pueda hacer algo no demuestra que tenga derecho a hacerlo. Y que una mayoría respalde una medida tampoco significa que esa medida deba quedar exenta de límites jurídicos y morales.

La democracia decide quién gobierna. El Estado de derecho establece que quienes gobiernan tampoco están por encima de la ley. Confundir ambas cosas es abrir la puerta a una tiranía legitimada por las urnas.

La trampa de las buenas intenciones

Las sociedades rara vez pierden su libertad de un día para otro. Con mayor frecuencia, la van cediendo mediante decisiones que, consideradas aisladamente, parecen razonables.

Una regulación adicional para resolver un problema concreto. Una excepción para enfrentar una emergencia. Una nueva facultad para facilitar la gestión pública. Una restricción que, según se asegura, solo afectará a quienes no tienen nada que temer.

Cada medida puede presentarse como necesaria. Pero la suma de todas ellas puede construir una estructura en la que el ciudadano necesita cada vez más permisos, autorizaciones y recursos públicos para desarrollar actividades que antes dependían de su propia iniciativa.

Entonces, así las cosas, cuando esa estructura se consolida, quienes viven de administrarla tienen incentivos para perpetuarla. No hace falta imaginar una conspiración. Basta con comprender que las instituciones tienden a proteger sus presupuestos, sus competencias y su continuidad. Por eso, la libertad necesita algo más que gobernantes bien intencionados.

La libertad necesita reglas que funcionen incluso cuando quienes ejercen el poder no lo sean; necesita ciudadanos capaces de desconfiar de las promesas fáciles, examinar los costos ocultos y exigir rendición de cuentas; necesita, sobre todo, comprender que no toda ampliación del poder público representa una conquista social. A veces, la libertad representa exactamente lo contrario.

La pregunta que debemos recuperar

El debate político contemporáneo suele plantearse en términos de cuánto más puede hacer el Estado. Cuántos beneficios puede distribuir, cuántos sectores puede regular, cuántos problemas puede intentar resolver y cuántas responsabilidades puede y debe asumir.

Propongo invertir esa pregunta.

¿Cuánto poder puede acumular el Estado antes de comenzar a amenazar los derechos que nació para proteger?

No existe una respuesta numérica universal. La respuesta exige examinar cada atribución, su fundamento, sus resultados y sus límites. Pero sí existe un principio que no deberíamos abandonar, me refiero a que, el poder público debe justificar sus competencias; los ciudadanos no deberían tener que justificar permanentemente su libertad.

El Estado no es dueño de la sociedad. El Estado no es propietario del trabajo de las personas ni tutor permanente de sus decisiones. El Estado tampoco es una entidad moralmente superior a los individuos que lo financian y lo integran. El Estado es una institución humana y, como toda institución humana, puede equivocarse, abusar de sus atribuciones, proteger intereses particulares y perpetuar sus propios errores. Por eso necesita controles, contrapesos, transparencia y límites efectivos.

La libertad no consiste en vivir sin responsabilidades, sino en poder asumirlas sin que una autoridad pretenda decidir por nosotros cada aspecto de nuestra existencia.

La justicia no consiste en garantizar que todos terminen en el mismo lugar, sino en asegurar que las reglas sean legítimas, los derechos estén protegidos y nadie pueda utilizar el poder para apropiarse arbitrariamente de lo que pertenece a otro.

De paso sepan que la solidaridad no pierde su valor por ser voluntaria. Al contrario, cuando nace de la conciencia y no de la imposición, conserva una dimensión moral que ninguna burocracia puede sustituir por decreto.

No preguntarnos cuánto más puede hacer el Estado, sino cuánto poder puede ejercer sin dejar de ser nuestro servidor. Esa es la discusión que importa.

Porque el verdadero progreso no se mide por el tamaño del aparato público ni por la cantidad de decisiones que concentra en sus manos. A mi juicio y entendimiento se mide también por el espacio que una sociedad preserva para que sus ciudadanos puedan pensar, trabajar, emprender, disentir y construir su propio destino.

El Estado debe estar al servicio de las personas. En el instante en que las personas pasan a estar al servicio del Estado, hemos invertido el orden que justifica su existencia.

Y una sociedad que deja de distinguir entre ambas cosas puede conservar sus instituciones, sus elecciones y sus discursos democráticos, mientras pierde gradualmente lo más importante: la libertad que les da sentido.


martes, 14 de julio de 2026

EL CAPITÁN Y LA SOBERANÍA - REFLEXIONES SOBRE EL RUMBO DE NUESTRA DEMOCRACIA


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Bienvenidos nuevamente a este espacio de reflexión. Hoy quiero proponerles un ejercicio de imaginación que nos transportará más de dos mil años atrás, pero que nos servirá para entender el pulso de nuestro presente.

    Imaginen que se encuentran a bordo de un navío en medio de un océano incierto. El cielo se oscurece y las olas comienzan a golpear con fuerza. En ese momento de crisis, ¿a quién confiarían el timón? ¿Al pasajero que mejor habla, al que les promete el viaje más placentero o a aquel que realmente conoce los secretos de las corrientes, las estrellas y la navegación?.

    Hace más de dos mil años, Sócrates advertía sobre el riesgo de una democracia incapaz de distinguir entre el conocimiento y la simple popularidad. Su analogía del barco no buscaba eliminar la democracia, sino señalar una fragilidad inherente: el peligro de que el debate público deje de privilegiar la razón y comience a premiar únicamente aquello que resulta emocionalmente atractivo o demagógicamente útil.

    Para Sócrates, el voto no era un instinto, sino una habilidad que requiere ser enseñada y practicada. Si permitimos que el barco sea dirigido por quien solo sabe ganar simpatías, el naufragio es inevitable. Bajo esta luz, cabe hacernos la pregunta que hoy nos incomoda en Chile: ¿Quién gobierna realmente?. La respuesta inmediata es "el pueblo", pero al observar cómo funciona nuestra arquitectura política, la respuesta se llena de matices que desafían esa simplicidad.

    En teoría, vivimos en una democracia representativa. Sin embargo, en la práctica, los partidos políticos ocupan el centro absoluto de toda la arquitectura institucional: seleccionan candidatos, negocian leyes, distribuyen cuotas de poder y determinan el rumbo del país.

    El problema surge cuando observamos el contraste entre el enorme poder que ejercen y el escaso respaldo ciudadano que poseen. La militancia partidaria es hoy una fracción mínima del padrón electoral; sin embargo, esa minoría define las reglas bajo las cuales vivimos millones de independientes.

    Aquí resuena de nuevo la advertencia socrática. ¿Hemos permitido que la "maquinaria de popularidad" de los partidos reemplace a la deliberación racional? El sistema muchas veces termina premiando estructuras partidarias mucho más que liderazgos individuales con conocimiento real, y esa diferencia importa muchísimo si queremos que el barco llegue a buen puerto.

    Debemos ser conscientes de que esta navegación tiene un costo, y es alto. Todos financiamos las campañas, el funcionamiento permanente de los partidos, los asesores y toda la estructura destinada a sostener el sistema. Cuando la política se financia con recursos de todos, deja de pertenecer exclusivamente a los partidos; nos pertenece a todos nosotros.

    Aceptar este financiamiento público nos otorga el derecho de exigir un estándar ético y técnico extraordinariamente alto. Pero aquí aparece una paradoja que genera un dolor profundo en nuestra convivencia: el Estado nos obliga a sostener económicamente el sistema y, además, nos obliga a legitimarlo mediante el voto obligatorio bajo amenaza de sanción.

    Si una democracia necesita multas para que sus ciudadanos concurran a las urnas, ¿no estaremos ante un síntoma de un déficit profundo de educación cívica y confianza institucional?. El voto debería ser un acto de responsabilidad soberana, no el simple cumplimiento de una obligación administrativa para evitar una multa. Las democracias, al final del día, terminan reflejando el nivel de exigencia de quienes participan en ellas.

    Uno de los mayores problemas aparece cuando quienes redactan las reglas del sistema son, al mismo tiempo, quienes obtienen beneficios de ellas. Un ejemplo racional y concreto lo vimos tras las elecciones de 2025, cuando trece partidos enfrentaron su disolución por no cumplir los mínimos legales. Vimos cómo el sistema permite interpretaciones para facilitar la continuidad de las organizaciones políticas por sobre la medición del respaldo ciudadano real.

     Lo mismo ocurre con mecanismos como la paridad de género o el método D'Hondt. Más allá de la validez de sus objetivos, como promover la participación femenina o la proporcionalidad, surge una duda sobre la soberanía. Cuando el sistema interviene después de que el ciudadano ya votó para ajustar el resultado a nuevo un diseño previo, se está aplicando un segundo filtro que el elector no controló en la urna.

    Si el ciudadano vota creyendo que su voto determina quién resulta elegido, pero un filtro posterior altera esa voluntad, la pregunta deja de ser sobre género o matemáticas; pasa a ser una pregunta sobre quién es realmente el soberano. ¿Dónde termina el criterio de corregir la voluntad popular en favor de un diseño preestablecido?.

    ¿Cómo sanamos este dolor democrático?, una propuesta racional es devolverle el timón al ciudadano mediante el voto nulo vinculante. Si una mayoría concluye que la oferta política carece de la calidad o el conocimiento necesarios, ese voto nulo debería invalidar la elección donde sea que ella ocurre. Este mecanismo obligaría a los partidos a dejar de apostar por el "mal menor" y a empezar a buscar la excelencia y a su vez daría un valor inconmensurable a las primarias electorales, convirtiéndolas en reales barómetros de la política y no en el mero trámite que hoy son, considerando además que hoy no hay reembolso a los partidos políticos y además ellas podrían dar paso a propuestas de candidaturas de independentes, pero independientes de verdad.

    Sin embargo, la democracia no es solo el acto de votar; eso es apenas el último paso. La democracia comienza mucho antes: cuando el ciudadano se informa, contrasta argumentos, estudia y fiscaliza. Comienza cuando dejamos de actuar como "hinchas" de un color político y empezamos a comportarnos como soberanos exigentes.

    El verdadero problema de Chile no es solo la calidad de sus dirigentes, sino el nivel de exigencia que como sociedad estamos dispuestos a imponerles. El día en que dejemos de premiar la improvisación, el populismo y la demagogia que Sócrates tanto temía, ese día empezaremos a elegir navegantes distintos.

    Este cambio no nacerá en el Congreso ni en las sedes de los partidos; nacerá frente al espejo. Porque la democracia se degrada cuando los gobernantes fallan, pero también se degrada profundamente cuando los ciudadanos renuncian a ejercer plenamente su responsabilidad. La soberanía no consiste solamente en tener derecho a votar; consiste en exigir que ese voto sea respetado, ejercerlo con responsabilidad y comprender que cada decisión individual termina escribiendo la historia completa de un país.

    Antes de despedirnos, quiero compartir una reflexión personal con ustedes, mantener este espacio de análisis, realizar la búsqueda, investigación y dedicar el tiempo necesario para conectar las advertencias de Sócrates con nuestra realidad actual, es una tarea que asumo con total compromiso, sin embargo, para que este proyecto siga creciendo y, sobre todo, para reforzar la independencia de mis ideas, quiero invitarlos a ser parte activa de su sostenibilidad.

    Si valoran este contenido, les invito a realizar un aporte modesto. En ningún caso es una obligación, pero sí es un gran reconocimiento al trabajo detrás de cada episodio y me permite seguir impulsando nuevos proyectos con la libertad que este análisis exige. En la descripción de este podcast encontrarán la forma de ayudarme.

Gracias por escuchar, por reflexionar y por hacerse cargo de su rol como soberanos.

 

martes, 16 de junio de 2026

CHILE - EL BANQUETE DE LOS CÍNICOS Y LA COMPLICIDAD DEL SOBERANO


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Bienvenidos nuevamente a este espacio de análisis crítico y reflexiones profundas. Hoy no iré en búsqueda de consensos ni alivios retóricos, en esta oportunidad intentaré diseccionar en lo que considero una autopsia nacional, la anatomía de un fracaso que a mi juicio tiene dos responsables: una clase política parasitaria y una sociedad, el llamado "soberano", que parece disfrutar de su propio ridículo. Es de esta forma que pienso que Chile no solo atraviesa una crisis económica, atraviesa un desahucio valórico, ético y moral.

    Lo que en los años 90 era un crecimiento vigoroso cercano al 7% anual, hoy es una "fantasía nostálgica" donde celebrar un crecimiento del 2% se vende como un logro. Esta parálisis es el resultado de una clase política que ha utilizado al país como un "laboratorio de aficionados", implementando experimentos que, desde Bachelet hasta Boric, han destruido la inversión y la productividad bajo el pretexto de una justicia social que nunca llega a los que financian la fiesta.

     La irresponsabilidad ha sido transversal. Mientras unos se embriagaron con el precio del cobre sin hacer reformas estructurales, otros descapitalizaron Codelco para mantener una ficción de balance fiscal.

     Recientemente, en un evento de lanzamiento del libro del exMinistro de Hacienda Mario Marcel titulado "La montaña rusa. Crónica de una crisis y cómo se superó" - vaya crisis y crónica del tamaño de una montaña rusa que nos heredó Marcel -, en esa actividad se le recordó a la administración económica de Marcel/Grau/Martínez del gobierno de Boric, que la suma de sus reformas elevó los costos laborales de forma desastrosa, ignorando que uno de los deberes fundamentales del Estado es garantizar las condiciones y clima para la generación de inversiones y empleo sostenible y sustentable por parte de privados. Pero mientras la economía se congela para el ciudadano, el Estado engorda de forma mórbida, negándose sistemáticamente a ponerse a dieta.

     La "pornografía del privilegio" en el aparato público hoy es impresentable. Es irracional que asesores del Consejo de Defensa del Estado perciban sueldos superiores a los 15 millones de pesos, o que Secretarios del Congreso alcancen remuneraciones brutas de 19 millones, superando incluso al Presidente de la República.

    Todavía resuenan en mi memoria afirmaciones del año 2014, cuando en el marco de la tramitación de la ley que puso fin al sistema binominal, modificando la composición de la Cámara de Diputados de 120 a 155 escaños y el Senado de 38 a 50 integrantes, defendieron públicamente la célebre frase de que la reforma electoral tendría un "costo adicional cero" o que "no generaría costos adicionales", fueron Álvaro Elizalde en su rol de ministro vocero de Gobierno, que defendió reiteradamente en medios de comunicación que “el incremento de legisladores iba a funcionar con los mismos recursos, que se iban a reasignar", por otra parte Rodrigo Peñailillo como ministro del Interior, insistió ante los informes técnicos que proyectaban un gasto millonario que, si bien la logística conllevaba recursos, para el Estado el impacto neto sería "igual a cero" debido a ajustes internos en el presupuesto del Congreso. Quizás 12 años hayan mermado la memoria de muchos, pero para otros sigue presente como si hubiera ocurrido ayer.

    Este escenario se vuelve violento al compararlo con la vieja tradición republicana del expresidente don Jorge Alessandri Rodríguez, quien caminaba desde su departamento en calle Phillips hacia La Moneda como un ciudadano común, convencido de que a la vida pública se va a servir y no a recibir honores ni beneficios. Hoy, esa mística ha sido asesinada por una casta que se cree aristocracia, rodeada de autos de lujo y choferes pagados por quienes apenas llegan a fin de mes.

     Incluso el Poder Judicial, que debería ser la reserva ética de la nación, se encuentra sumido en investigaciones por influencias indebidas y conductas que provocan "vergüenza y conmoción". El descrédito no es solo por la corrupción de turno, sino por una historia de fallos que han recurrido a "ficciones jurídicas" para imponer sesgos ideológicos por sobre la aplicación imparcial de la ley. Cuando el sistema judicial deja de inspirar respeto para generar sospechas, la República pierde su cimiento moral.

     Sin embargo, el diagnóstico más punzante apunta a nosotros, me refiero a usted y a mí, al llamado "soberano". Es patético ver a una sociedad que derrocha indignación en redes sociales pero que frente a la urna, valida con su indiferencia a quienes deberían estar desterrados de la vida pública por su ineptitud. El soberano hace el ridículo cuando permite que miembros de los tres Poderes del Estado y sus instituciones anexas, sean los grandes ausentes en cualquier medida de austeridad, mientras permite que sumisamente se financie esta fiesta con impuestos cada vez mayores. Validamos un sistema donde el privilegio del funcionario público es intocable, mientras el trabajador privado asume en solitario los costos de la crisis.

     La democracia tiene muchas virtudes, pero también tiene una exigencia ineludible y es que obliga a asumir las consecuencias de las decisiones colectivas. Ningún político llega solo al poder, ningún parlamentario se elige solo, ningún sistema se perpetúa sin consentimiento. Por eso el problema no puede reducirse únicamente a la conducta de quienes gobiernan, debe necesariamente incluir a quienes observan, se indignan, critican y finalmente vuelven a validar las mismas prácticas mediante la indiferencia, la resignación o el voto desinformado, peor aún, asumiendo en una multa la desidia de no votar - pudiendo hacerlo -, como si el pago de esa multa los eximiera de su responsabilidad.

     El actual intento de "sinceramiento" económico y las medidas de shock para frenar el déficit estructural son esfuerzos necesarios y a la vez decisiones forzosamente duras para un país que lleva décadas golpeado por la irresponsabilidad e incluso ineptitud fiscal, pero serán estériles todas aquellas medidas si no reconocemos que el sistema en su conjunto ha perdido su brújula moral.

     Un Estado obeso puede corregirse, una economía golpeada puede recuperarse, las instituciones pueden reformarse, pero ninguna transformación será duradera mientras la sociedad continúe exigiendo responsabilidad a otros, excepto a sí misma, porque al final, la pregunta decisiva no es cuánto está dispuesto a cambiar el Estado, la pregunta es cuánto está dispuesta a cambiar una ciudadanía que durante demasiado tiempo ha tolerado lo que dice condenar.

     Creer que el silencio nos exime de culpa o que la inacción es un refugio neutral es la mayor de nuestras ficciones modernas. Quien decide restarse de las decisiones comunes, argumentando hastío o una falsa superioridad moral, no hace más que firmar un cheque en blanco a la injusticia. No existe la inocencia en la omisión, porque el abandono de la responsabilidad cívica es en sí mismo, un voto activo en favor de la decadencia. Olvidamos —o fingimos olvidar— que esta cobardía disfrazada de prudencia ya fue juzgada y condenada hace milenios: quien puede evitar la ruina de los suyos y elige callar, no es un ciudadano libre, sino el más peligroso de los desertores.

     Chile ya no resiste más promesas; necesita que el soberano recupere la decencia o que, al menos, tenga el valor de aceptar que es el arquitecto de su propio colapso.

viernes, 12 de junio de 2026

ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL - La sanción que no sanciona


 

Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Bienvenidos nuevamente a este espacio de análisis y reflexión, hoy quiero poner la atención en una herramienta que en los últimos años ha sido bastante controvertida.

    Hay instituciones que nacen para proteger la República y terminan convertidas en una representación de sí mismas. La acusación constitucional en Chile corre cada vez más ese riesgo.

    Su propósito original es claro, se trata de establecer la responsabilidad política de autoridades que han incurrido en conductas graves incompatibles con el cargo que ejercen y, la sanción máxima que contempla es la destitución y la inhabilitación para ejercer cargos públicos por cinco años, sobre el papel parece una sanción severa, sin embargo y en la práctica, muchas veces parece una reprimenda temporal.

    El caso del exministro de Hacienda Nicolás Grau vuelve a poner esta contradicción sobre la mesa; quienes impulsan la acusación sostienen que existieron graves errores en la conducción de las finanzas públicas, con consecuencias relevantes sobre el déficit fiscal, el endeudamiento y la situación presupuestaria del Estado. En ese sentido, la sanción que buscan es la máxima contemplada por la Constitución, vale decir, cinco años de inhabilitación para ejercer funciones públicas.

    Aquí es donde surge una pregunta incómoda, ¿Qué significa realmente esa sanción?, si una persona deja de ser ministro y regresa a la academia, al sector privado, a la consultoría o a cualquier actividad profesional fuera del aparato estatal, la inhabilitación no le impide trabajar, generar ingresos ni desarrollar una carrera. Lo que la sanción le prohíbe es únicamente ocupar cargos públicos durante un período determinado, nada más.

    Nuestra historia reciente ofrece un ejemplo revelador, en 2008 Yasna Provoste fue destituida como ministra de Educación e inhabilitada para ejercer cargos públicos por cinco años, cumplido ese plazo ella regresó campante a la política, fue elegida parlamentaria, llegó al Senado y terminó convirtiéndose en Presidenta de la Cámara Alta. La sanción más grave que contempla la Constitución no le cerró definitivamente ninguna puerta, apenas retrasó su regreso, le dio un respiro, un descanso.

    Aquí es donde aparece la paradoja, una persona puede ser considerada lo suficientemente negligente o responsable de actos lo suficientemente graves como para merecer la máxima sanción política disponible, pero una vez transcurridos cinco años puede volver a ocupar exactamente los mismos cargos o incluso aspirar a otros superiores, podría llegar a ser ministra nuevamente, podría presidir el Senado, podría incluso convertirse en Presidente de la República.

    En este punto es donde surge una pregunta fundamental, si una conducta es tan grave como para justificar una acusación constitucional, ¿por qué la consecuencia práctica termina siendo tan limitada?, pero existe una pregunta aún más incómoda, si las conductas imputadas son tan graves para justificar una acusación constitucional, ¿por qué nadie parece interesado en determinar si existe algo más que una mera responsabilidad política?

    Cuando miles de millones de dólares en compromisos fiscales quedan fuera de los registros de un ejercicio presupuestario y son trasladados al siguiente; cuando las estimaciones de ingresos resultan profundamente equivocadas; cuando el déficit se amplía; cuando la deuda pública continúa creciendo; cuando un gobierno, a semanas de abandonar el poder, compromete recursos que deberá administrar la siguiente administración, la discusión deja de ser exclusivamente técnica.

    Vuelvo nuevamente con otra pregunta inevitable y en este caso es otra más difícil e incómoda de hacer y responder, ¿Estamos frente a simples errores?, porque si fueron simples errores, la acusación constitucional parece excesiva, pero si no fueron simples errores, entonces la acusación constitucional parece insuficiente.

Este es el dilema que gran parte de la clase política parece querer evitar a propósito, intencionalmente.

    La ciudadanía escucha hablar de "responsabilidad política" como si se tratara de una categoría abstracta, desconectada de cualquier consecuencia real, sin embargo, detrás de cada error presupuestario existen recursos públicos, programas sociales, inversiones postergadas, deuda que deberán pagar futuras generaciones y restricciones que terminarán soportando millones de contribuyentes.

    Por eso resulta legítimo preguntarse por qué el debate parece terminar siempre en la misma estación, una acusación constitucional, algunos discursos encendidos, mucha cobertura mediática en prensa y redes sociales, luego una votación parlamentaria y una eventual inhabilitación temporal, nada más, no hay más!.

    Ya en este punto emerge una sospecha que erosiona la confianza pública, me refiero a la percepción de que el sistema político ha construido mecanismos suficientemente severos para producir titulares, pero no necesariamente para producir consecuencias, gobiernos de distintos signos ideológicos se suceden unos a otros, oficialismos se convierten en oposiciones y oposiciones se convierten en oficialismos. Todos saben que tarde o temprano ocuparán el lugar del adversario y, cuando eso ocurre, la tentación de moderar las sanciones contra quienes hoy están al frente se vuelve evidente, no es necesario demostrar un pacto entre los que buscan sancionar y los que protegen al que se quiere sancionar, basta con observar el resultado.

    Las responsabilidades políticas suelen terminar exactamente donde comienzan las responsabilidades verdaderamente incómodas. La acusación constitucional concebida como una herramienta excepcional para proteger las instituciones, corre así el riesgo de convertirse en una válvula de escape lo suficientemente estridente para aparentar control, pero demasiado limitada para alterar realmente el destino de quienes son sancionados, las cifras ayudan a entender el problema.

    Durante los últimos cuatro gobiernos completos, las acusaciones constitucionales aprobadas contra ministros y autoridades han sido excepcionales frente al total de libelos presentados. En el gobierno del presidente Boric, nueve acusaciones fueron rechazadas, en los gobiernos anteriores al de Boric, la regla general también ha sido el fracaso de estos procesos o la aplicación extremadamente excepcional de sanciones, al final del día mucho ruido, pocas, escasas y más bien nulas consecuencias  y, cuando alguna sanción finalmente prospera, la experiencia demuestra que cinco años pasan bastante rápido y con una buena rentabilidad, más rápido aún cuando la memoria cívica es corta.

    Al final de esta triste columna, quizás el verdadero problema no sea Nicolás Grau, tampoco lo sea Yasna Provoste, ni ningún nombre en particular. El verdadero problema es un sistema que parece incapaz de decidir qué considera realmente grave.

    Entendámonos bien, si comprometer seriamente las finanzas públicas, administrar deficientemente recursos que pertenecen a todos los chilenos o adoptar decisiones que condicionan a gobiernos futuros constituye una falta menor, entonces la acusación constitucional sobra, pero si esas conductas son realmente tan graves como se afirma en cada conferencia de prensa y en cada discurso parlamentario, entonces la pregunta se vuelve ásperamente inevitable, ¿Por qué la máxima sanción política de la República termina pareciéndose tanto a una suspensión temporal con fecha de vencimiento?

    Cuando la sanción más severa que contempla el sistema puede convertirse apenas en una pausa antes del regreso a la vida pública, el problema deja de ser la conducta del acusado, el problema pasa a ser la credibilidad de la propia sanción y peor aún, los que la promueven.

    Una República que pierde la capacidad de sancionar con seriedad termina enviando un mensaje peligroso y es que, los errores graves se pagan poco, que las responsabilidades se diluyen con el tiempo y que, al final, siempre existe una segunda oportunidad para quienes ejercieron mal el poder, aunque las consecuencias de sus decisiones las sigan pagando otros.

    ¿Cuándo aprenderemos la lección?, me refiero al soberano, porque los otros al igual que los bueyes, nunca se dan cornadas entre ellos.

martes, 12 de mayo de 2026

LA TRAGEDIA DE UNA DEMOCRACIA SIN CIUDADANOS



Artículo escrito por: A Paso Firme 

 Bienvenidos nuevamente a este espacio de análisis y reflexión. Hoy abordo un tema respecto del que quiero que nos detengamos un momento a pensar y, es algo sobre lo que solemos dar por sentado. Siempre nos han dicho que la mayor virtud de la democracia es que todos tenemos voz. Pero, ¿se han puesto a pensar en su verdadera tragedia? No es que todos hablen, sino que, frente a una urna, el peso de una idea brillante y el peso de la más profunda ignorancia valen exactamente lo mismo.

La democracia libera una fuerza numérica inmensa, la de las mayorías. El problema es que, cuando esas mayorías dejan de ser ciudadanos que reflexionan y se convierten en masas movidas solo por la emoción o la manipulación, el sistema empieza a pudrirse desde adentro. Y es que la democracia no nos garantiza sabiduría; nos garantiza participación, y son dos cosas radicalmente distintas.

Si miramos la historia, las sociedades rara vez caen por enemigos externos; se erosionan por dentro cuando olvidan qué es lo que las sostiene. Chile no es la excepción. Nuestra crisis actual nace de ahí: de décadas donde la política dejó de formar ciudadanos para dedicarse a fabricar consumidores de ideologías.

Quienes nacimos en los años 60 recordamos un país distinto. No digo que fuera perfecto ni libre de conflictos, pero había estructuras. Había respeto por el profesor, por la autoridad, un sentido del deber y una disciplina que hoy parecen de otro mundo. En ese entonces, la educación cívica nos enseñaba que la democracia no era solo un catálogo de derechos para exigir, sino una obligación moral de participar con responsabilidad.

Luego, algo se rompió. Las consignas reemplazaron a las ideas y la emoción le ganó a la reflexión. La política descubrió que era más rentable agitar resentimientos que formar conciencias. Esa polarización nos llevó al quiebre de 1973 y a diecisiete años sin democracia. Sé que muchos, por comodidad o conveniencia, prefieren ver ese periodo como una caricatura: o pura estabilidad o solo oscuridad. Pero la historia honesta es compleja. Hubo una ausencia de pluralismo y libertades, sí, pero también una disciplina social, un respeto institucional y una continuidad económica que muchos percibían a diario y que terminaron moldeando el Chile moderno. Mirar esto sin fanatismo es, simplemente, honestidad intelectual.

Lo irónico es que esos años nos entregaron una sociedad, en muchos sentidos, más estructurada para volver a la democracia. Había límites claros y el esfuerzo aún tenía prestigio. Pero la democracia que recuperamos en los 90, en lugar de fortalecer esos cimientos, empezó a desmontarlos. La educación cívica salió de las salas de clases. La autoridad del profesor se erosionó hasta lo impensable. De pronto, lo que antes era falta de respeto se celebró como rebeldía política. ¿Recuerdan aquel jarro de agua lanzado a una ministra? Fue un símbolo devastador: degradar la autoridad ya no daba vergüenza, daba capital político.

Mientras tanto, la clase política se encerró en su propio ecosistema, lejos de la gente común. La democracia, que debía limitar el poder, terminó creando élites que viven del conflicto eterno. Les dimos nuestro voto y ellos lo usaron para cavar trincheras ideológicas y proteger sus privilegios. La pirámide se invirtió: ahora somos nosotros los que trabajamos para sostener estructuras políticas que solo parecen existir para perpetuarse a sí mismas.

Hoy, esas consecuencias han dejado de ser teoría para volverse nuestra realidad cotidiana. Lo vemos cuando la violencia física reemplaza a la palabra, como en esa agresión a puños y patadas contra un parlamentario en un club deportivo, un síntoma brutal de que ya no hay espacios sagrados para el respeto. Lo vemos cuando se llama a “rodear” el Congreso para imponer exigencias por la fuerza, o cuando se bloquean debates antes de que siquiera comiencen, restando votos para la discusión inicial solo por cálculo político.

Incluso vemos grupos parlamentarios dedicados a presentar miles de indicaciones, no con el afán de mejorar una ley, sino con el objetivo mezquino de paralizar al gobierno de turno. Pero debemos entender algo: el resultado final no es solo un gobierno estancado; el verdadero resultado es un país que ha extraviado el valor del diálogo. Al dejar de reconocer al otro como un rival legítimo, hemos permitido que el espíritu de nuestra democracia se vacíe de contenido, dejando atrás solo instituciones de cartón.

Votar no basta. Una urna no convierte mágicamente a alguien en un ciudadano consciente. Podemos seguir teniendo elecciones mientras nos hundimos en el populismo, la dependencia y el resentimiento. El daño más profundo ha sido cambiar el deber por el derecho. Se nos enseñó a exigir, pero no a contribuir. Se habló de derechos, pero se olvidó la responsabilidad, el mérito y el autocontrol, entonces, lo que tenemos como resultado es una sociedad de masas hipersensibles y líderes oportunistas, donde cualquier límite se siente como opresión.

En este “modelo de democracia”, el premio se lo lleva el que grita más fuerte, el que simplifica lo complejo y el que alimenta las emociones más básicas. Decir la verdad o pensar demasiado hoy cuesta votos y popularidad. Por eso, los peores ascienden y los prudentes callan para evitar ser destruidos.

Pero no nos equivoquemos, el problema no es solo la democracia, el problema es una sociedad que olvidó cómo sostenerla. Las democracias no solo mueren por golpes militares; mueren cuando los ciudadanos dejan de actuar como tales. Mueren cuando la familia no transmite respeto, mueren cuando la autoridad es ridiculizada y mueren cuando la verdad se percibe como una agresión personal.

Al final, la pregunta más inquietante no es si la democracia fracasó. La verdadera pregunta es si todavía somos una sociedad con la madurez suficiente para merecerla.

CHILE NO COMENZÓ EL 11 DE SEPTIEMBRE

Artículo escrito por: A PASO FIRME


Bienvenidos nuevamente a este espacio de análisis y reflexión. Hoy abordo un tema del que llevamos más de 50 años intentando conciliar y es comprender que Chile no comenzó el 11 de septiembre de 1973.

Nací en la década de los 60 y fui testigo de uno de los períodos más complejos y dolorosos de la historia de Chile. No aprendí sobre 1973 en redes sociales ni en documentales producidos muchos años después; lo viví junto a mi familia, junto a millones de chilenos que experimentaron la polarización, el miedo, la escasez, la violencia política y el quiebre institucional.

En mi hogar, como en muchos otros, la intervención militar fue vista como una respuesta necesaria frente a un país que parecía avanzar hacia el caos y la confrontación total. Esa fue la percepción de una gran parte de Chile en ese momento, aunque con el tiempo muchos hayan preferido silenciarlo o simplificarlo.

Este podcast no nace desde la neutralidad artificial ni desde consignas ideológicas. Nace desde la experiencia, desde la memoria y desde la convicción de que la historia de Chile no comenzó el 11 de septiembre de 1973. Mucho ocurrió antes, y entenderlo es indispensable si realmente queremos comprender lo que pasó después.

Chile vive desde hace más de cincuenta años una fractura histórica, política y emocional que sigue condicionando la forma en que distintas generaciones comprenden el pasado. El problema no radica únicamente en los hechos ocurridos entre 1970 y 1990, sino también en la manera en que esos hechos han sido relatados, interpretados y utilizados políticamente.

Durante décadas se ha intentado instalar la idea de que la historia chilena comienza el 11 de septiembre de 1973, como si el quiebre institucional hubiese surgido espontáneamente, desconectado de los acontecimientos previos. Sin embargo, cualquier análisis serio exige comprender el contexto completo: la crisis política, económica e institucional del gobierno de la Unidad Popular, la radicalización ideológica propia de la Guerra Fría, la existencia de grupos armados revolucionarios, la polarización extrema de la sociedad chilena y la posterior intervención militar.

Comprender ese contexto no implica negar ni relativizar lo que pueden ser considerados abusos cometidos posteriormente bajo el gobierno cívico-militar. Del mismo modo, reconocer violaciones a los derechos humanos no obliga a omitir la existencia de una crisis institucional profunda ni la violencia revolucionaria impulsada desde sectores de izquierda.

La historia de Chile no puede entenderse desde relatos absolutos ni desde consignas ideológicas. Requiere aceptar simultáneamente hechos incómodos para todos los sectores.


El contexto político previo al 11 de septiembre de 1973

Salvador Allende llegó al poder en 1970 obteniendo la primera mayoría relativa, pero no mayoría absoluta. Conforme a la Constitución vigente, correspondía al Congreso Pleno decidir entre las dos primeras mayorías presidenciales.

La Democracia Cristiana, liderada por Eduardo Frei Montalva, terminó facilitando la ratificación de Allende mediante un acuerdo político sustentado en el denominado Estatuto de Garantías Constitucionales.

Este punto resulta fundamental porque demuestra que el acceso de Allende al poder no respondió a una mayoría nacional clara, sino a un mecanismo institucional válido dentro del sistema político chileno de la época.


Chile en el contexto de la Guerra Fría

El conflicto chileno no ocurrió aislado del mundo. Chile se encontraba en medio de la Guerra Fría, escenario donde Estados Unidos y Unión Soviética disputaban influencia ideológica, política y estratégica en América Latina.

La revolución cubana y el liderazgo de Fidel Castro impulsaban activamente proyectos revolucionarios en la región. La extensa visita de Castro a Chile durante el gobierno de Allende fue percibida por amplios sectores políticos y sociales como una señal de creciente alineamiento ideológico con Cuba y el bloque soviético.

Documentos desclasificados posteriores confirmaron tanto la intervención estadounidense para impedir la consolidación de la Unidad Popular como la colaboración política e ideológica existente entre Cuba y sectores revolucionarios latinoamericanos.


La crisis institucional y económica

Durante el gobierno de la Unidad Popular el país experimentó:

l Inflación descontrolada

l Desabastecimiento

l Paralización productiva

l Tomas de industrias y fundos

l Expropiaciones masivas

l Debilitamiento institucional

l Creciente violencia política

l Fragmentación social y política

Amplios sectores de la población comenzaron a percibir que el gobierno intentaba avanzar hacia un modelo revolucionario inspirado en el marxismo-leninismo.

El acuerdo de la Cámara de Diputados de Chile del 22 de agosto de 1973 acusó formalmente al gobierno de Allende de infringir gravemente la Constitución y quebrantar el Estado de Derecho.

Ese documento constituye una de las pruebas políticas más importantes para comprender que el conflicto no era exclusivamente militar, sino también institucional y parlamentario.


La radicalización política y las organizaciones armadas

La violencia política no fue patrimonio exclusivo de un sector. Existieron organizaciones armadas de izquierda como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, laVanguardia Organizada del Pueblo, el GAP vinculado a la protección presidencial y, posteriormente el Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

Estas organizaciones promovían abiertamente la vía armada revolucionaria, realizaron entrenamientos militares, internación de armas, asaltos, secuestros y atentados políticos.

El asesinato de Edmundo Pérez Zujovic por el VOP en 1971 constituye uno de los casos más emblemáticos de violencia política previa al pronunciamiento militar.

Posteriormente, el FPMR ejecutó internación masiva de armas en Carrizal Bajo y realizó el atentado contra el presidente Augusto Pinochet en 1986.

Del mismo modo, existieron organizaciones de derecha como Patria y Libertad, involucradas en sabotajes, enfrentamientos y acciones violentas contra el gobierno de Allende.

Por tanto, describir el período como completamente pacífico antes de la intervención militar constituye una distorsión histórica.


La carta de Eduardo Frei Montalva a Mariano Rumor

Uno de los documentos más relevantes para comprender el clima político de la época es la carta enviada por Eduardo Frei Montalva a Mariano Rumor tras el 11 de septiembre de 1973.

En ella, Frei responsabiliza directamente al gobierno de la Unidad Popular del quiebre institucional y denuncia:

l Destrucción del orden constitucional

l Creación de estructuras paralelas de poder

l Internación de armas

l Influencia cubana

l Preparación revolucionaria armada

La carta demuestra que la percepción de una amenaza totalitaria no era exclusiva de las Fuerzas Armadas ni de sectores de extrema derecha, sino también de parte importante del mundo democrático civil chileno.

Al mismo tiempo, Frei sostuvo la necesidad del respeto a los derechos humanos y del retorno a la democracia, reflejando la complejidad política del período.

La carta desmonta así dos simplificaciones históricas, la idea de que no existía amenaza revolucionaria y, la idea de que cualquier acción posterior del régimen militar quedaba automáticamente legitimada.


El 11 de septiembre de 1973

El 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas de Chile intervinieron militarmente y derrocaron al gobierno de Allende.

Amplios sectores civiles apoyaron inicialmente la intervención militar, interpretándola como una respuesta frente al colapso institucional y económico del país.

Para muchos chilenos de la época, el conflicto era percibido como una confrontación existencial entre modelos incompatibles, por un lado una revolución marxista y por otro la preservación del sistema republicano tradicional.

Ese apoyo civil inicial es un hecho histórico frecuentemente minimizado en algunos relatos posteriores.


Régimen militar, crecimiento económico y derechos humanos

El régimen encabezado por el entonces General Augusto Pinochet impulsó profundas reformas estructurales:

l Apertura económica

l Modernización del Estado

l Desarrollo de infraestructura

l Control de la inflación

l Crecimiento económico especialmente desde mediados de los años 80

Muchos consideran que dichas transformaciones sentaron las bases del modelo económico chileno contemporáneo. Sin embargo, no se puede omitir que también se cometieron serias violaciones a los derechos humanos.

La Comisión Rettig y la Comisión Valech documentaron miles de víctimas. Al mismo tiempo, existe un debate persistente respecto de eventuales falsos exonerados, irregularidades en sistemas de reparación, la utilización política de los derechos humanos y diversas controversias judiciales relativas a beneficios estatales asociados al tema. También persiste controversia sobre la figura jurídica del “secuestro permanente” aplicada en numerosos procesos judiciales relacionados con detenidos desaparecidos. Todas estas discusiones continúan generando profundas divisiones políticas y sociales.


Violencia política posterior al retorno democrático

La violencia política no terminó inmediatamente con el fin del régimen cívico-militar. Organizaciones armadas continuaron operando durante los años posteriores, incluyendo acciones terroristas, atentados y asesinatos políticos.

El asesinato del Senador Jaime Guzmán en 1991 por miembros vinculados al FPMR sigue siendo uno de los episodios más traumáticos de la transición democrática.

La persistencia de divisiones ideológicas respecto de estos hechos refleja que la reconciliación nacional continúa siendo incompleta.


La disputa por el relato histórico

Durante décadas, distintos sectores políticos han intentado construir relatos parciales sobre el período.

Un sector ha enfatizado exclusivamente la represión, las violaciones a los derechos humanos y, el carácter dictatorial del régimen cívico-militar. Otro sector ha enfatizado la crisis previa, la amenaza revolucionaria, el apoyo civil al pronunciamiento y, los logros económicos posteriores.

Ambos enfoques suelen omitir elementos incómodos. La historia de Chile exige reconocer simultáneamente la crisis institucional del gobierno de la Unidad Popular, la radicalización ideológica, la existencia de organizaciones armadas, la intervención extranjera, el apoyo civil a la intervención militar, las violaciones a los derechos humanos y, las consecuencias traumáticas posteriores.

Reducir el período a una lucha entre “demócratas” y “monstruos” impide comprender la complejidad real de lo ocurrido.


Reflexión final

Chile continúa enfrentando una herida histórica porque gran parte del debate público sigue atrapado entre relatos incompatibles y memorias enfrentadas.

La reconciliación auténtica no puede construirse negando la crisis previa a 1973, ni relativizando las violaciones a los derechos humanos, ni utilizando el dolor como herramienta política permanente.

Comprender la historia exige abandonar visiones absolutas y aceptar que el país vivió uno de los períodos más complejos, polarizados y también por qué no, violentos de su vida republicana.

Sólo una comprensión completa del contexto histórico permitirá que futuras generaciones estudien este período con mayor equilibrio, lejos de consignas ideológicas y más cerca de la verdad histórica en toda su complejidad.

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