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lunes, 27 de abril de 2026

EL LABERINTO DE LA MEMORIA: ENTRE EL DOGMA Y LA LIBERTAD





Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Bienvenidos nuevamente a este espacio de análisis y reflexión. Hoy abordo una cuestión que atraviesa no solo el debate político contingente, sino también los fundamentos de toda democracia: La relación entre la memoria histórica, la coherencia en la aplicación de principios y la legitimidad de determinadas tradiciones ideológicas en contextos democráticos.

    Percibo que la salud de una democracia no se mide únicamente por la regularidad de sus elecciones, sino por su capacidad para reconocer y procesar tensiones internas que no son evidentes a primera vista. Una de ellas es particularmente incómoda, se trata de la convivencia entre el pluralismo democrático y corrientes ideológicas que, en su formulación histórica, han cuestionado o buscado superar ese mismo orden.

En el Chile actual, esta tensión ha dejado de ser abstracta.

    Declaraciones recientes del presidente del partido comunista de Chile Lautaro Carmona, no dejan espacio para la ambigüedad: la reafirmación del carácter leninista del partido y la reivindicación del marxismo como “herramienta científica para transformar la realidad”, ambas constituyen definiciones explícitas dentro de un sistema democrático.

    Estas afirmaciones no operan en el vacío, coexisten, y lo hacen dentro del mismo ecosistema político, con corrientes aún más radicales como la encabezada por Eduardo Artés, que han reivindicado figuras como Stalin. No se trata de equiparar actores con distinto peso político, sino de reconocer la existencia de un continuo ideológico que va desde formulaciones teóricas hasta defensas abiertas de experiencias autoritarias del siglo XX.

    La pregunta, entonces, no es de simple retórica: ¿puede una democracia liberal integrar sin fricción proyectos cuya tradición doctrinaria ha tendido a concentrar poder y a relativizar el pluralismo político?

    Esta tensión se vuelve más visible en contextos electorales. La candidatura de Jeannette Jara evidenció un fenómeno digno de análisis, aquello fue la adopción de un lenguaje y posicionamiento más cercano a la socialdemocracia, en contraste con la tradición marxista-leninista declarada por su propio partido.

    El punto relevante que pretendo exponer no es cuestionar la evolución estratégica —algo legítimo en política—, sino la falta de claridad hacia el electorado respecto de esa transición. Cuando existe una distancia perceptible entre la identidad ideológica de una organización y el discurso presentado en campaña, lo que emerge no es necesariamente moderación, sino una interrogante sobre coherencia y transparencia.

    En democracia, la competencia política no solo exige mayorías; exige también honestidad intelectual respecto de los proyectos que se proponen.

    Cuando hurgamos en búsqueda de evidencia histórica y patrones recurrentes, la implementación de modelos inspirados en el marxismo-leninismo durante el siglo XX dejó un registro ampliamente documentado de concentración de poder, restricción de libertades políticas y crisis humanitarias de gran escala visibles hasta el día de hoy, no tan lejos nuestro.

    Figuras como Mao Zedong, Josep Stalin y Pol Pot lideraron procesos cuyos costos humanos, según estimaciones académicas que hasta hoy son debatidas, se sitúan en decenas de millones de víctimas, pero, más allá de la discusión sobre cifras exactas, el patrón es consistente, es decir, cuando desaparecen los contrapesos institucionales, el poder tiende a concentrarse y el pluralismo a erosionarse.

    El argumento que expongo no es determinista, pero sí histórico: existe una tensión estructural entre estos modelos y los principios de una democracia liberal.

        Giremos un poco hacia un elemento que desde mi punto de vista no puede ser excluido de este análisis, me refiero a la formación ciudadana, el eslabón más vulnerable.

    A mi juicio, esta discusión no se agota en la política institucional, también se juega en los espacios donde se forman los criterios con los que los ciudadanos interpretan la realidad, más concretamente me refiero a la escuela y la familia.

    El rol de la educación formal no es transmitir una visión única del mundo, sino entregar herramientas para analizarlo críticamente. Cuando ese equilibrio se pierde —no necesariamente por diseño, sino por sesgos, omisiones o simplificaciones— el resultado no es educación, sino formación incompleta. Y una formación incompleta es terreno fértil para que las personas adopten ideas sin cuestionarlas, especialmente cuando esas ideas se presentan como explicaciones totales. Ahí es donde el problema deja de ser educativo y pasa a ser terreno fértil para que las personas acepten ideas sin cuestionarlas. Cuando eso ocurre, la educación deja de formar criterio y empieza a facilitar procesos de ideologización.

    Por su parte, la familia cumple una función insustituible como primer espacio de formación de criterio, referencia afectiva y contraste frente a narrativas externas. Cuando ese rol se debilita, ya sea por delegación total en instituciones o por fragmentación social, se genera un vacío que otros actores, legítimos o no, tienden a ocupar. El punto no es atribuir intencionalidad sistemática ni construir teorías de conspiración, es algo más simple y más incómodo y es que: una sociedad con déficits en la formación crítica de sus ciudadanos se vuelve más permeable a discursos que prometen explicaciones totales para problemas complejos.

    Existe, además, una asimetría en la forma en que las sociedades procesan su memoria histórica. Mientras ciertos símbolos del siglo XX generan una condena inmediata, otros son objeto de reinterpretaciones más flexibles.

    El problema no es equiparar ideologías distintas, sino la inconsistencia en el juicio crítico. Una democracia madura no selecciona qué tragedias recordar según conveniencia; establece estándares éticos coherentes frente a cualquier experiencia que haya implicado la negación sistemática de derechos fundamentales.

    Al cierre de este análisis y crítica reflexiva, la pregunta de fondo ya no puede seguir postergándose: ¿debe una democracia tolerarlo todo, incluso aquello que históricamente ha socavado sus propios fundamentos?

    Se me ocurre que el punto no es restringir ideas, sino comprender sus implicancias. La reafirmación del carácter leninista por parte de actores políticos en Chile no es un gesto simbólico menor, ello remite a una tradición que, en su aplicación histórica, ha privilegiado la concentración del poder por sobre el pluralismo político. Y esto que menciono no es un juicio ideológico, es una constatación histórica.

    La evidencia acumulada del siglo XX muestra un patrón difícil de ignorar, cada vez que estos modelos han operado sin contrapesos efectivos, las libertades individuales han sido desplazadas en nombre de proyectos totalizantes. No se trata de afirmar que la historia se repite mecánicamente, pero sí de reconocer que ignorar sus lecciones tiene costos.

    Por eso, en mi forma de ver los hechos, el desafío no es la coexistencia de ideas, sino la calidad del juicio crítico con que una sociedad las evalúa. Cuando la memoria histórica se vuelve selectiva, el debate público se empobrece y la democracia pierde una de sus defensas más importantes, me refiero con esto a la pérdida de conciencia de sus propios límites.

    En ese contexto, lo que advierto como verdadero riesgo no es la presencia de estas doctrinas, sino la indiferencia frente a lo que representan, porque una democracia no se debilita solo por lo que enfrenta, sino también por lo que decide no examinar.

Cuando esa renuncia ocurre, el problema ya no es teórico, es político.

¿Y usted qué opinión tiene? - Deje sus comentarios y abramos un espacio de debate responsable, serio y respetuoso.

jueves, 5 de febrero de 2026

CAMINAR Y MASCAR CHICLE: EL DELIRIO MESIÁNICO DE UNA VOCERA SIN PUDOR


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Cuando un gobierno pierde el respaldo ciudadano de manera categórica, lo esperable es silencio prudente, autocrítica mínima y una retirada ordenada. Lo que no corresponde, bajo ninguna lógica republicana, es la insolencia pedagógica de quienes, tras un fracaso evidente, pretenden instruir al presidente electo sobre cómo gobernar.

    Eso fue exactamente lo que hizo Camila Vallejo al afirmar, sin rubor alguno, que José Antonio Kast deberá “caminar y mascar chicle” para enfrentar los desafíos que, según ella, deja como herencia el gobierno de Gabriel Boric. La frase no solo es de baja estofa, por no decir derechamente ordinaria, impropia de una vocera de Estado y francamente infantil; es, sobre todo, una expresión transparente de arrogancia ideológica y delirio mesiánico.

    Porque Vallejo no habla desde la humildad de quien reconoce errores, habla desde la superioridad moral autoproclamada, esa que su sector político ha exhibido desde hace más de una década, convencidos de que gobiernan no por mandato ciudadano, sino por una supuesta iluminación histórica. No se trata de una simple torpeza verbal ni de ignorancia accidental, no nos confundamos, lo suyo es libreto, ensayado, provocador y perfectamente coherente con una visión política que desprecia la alternancia, relativiza la democracia liberal y concibe el poder como patrimonio moral propio.

    La frase “caminar y mascar chicle” no es casual. Es un gesto de desdén. Es decirle al presidente electo, y por extensión a quienes votaron por él, que gobernar Chile después de Boric será una prueba de suficiencia intelectual básica, como si el país hubiese alcanzado un nivel tan elevado de gestión, sofisticación y progreso, que ahora el nuevo gobierno apenas deberá demostrar que es capaz de hacer dos cosas a la vez; sin embargo, la realidad es brutalmente distinta.

    El gobierno que Vallejo defiende con entusiasmo casi religioso deja desorden fiscal, escándalos de corrupción sin aclarar, deterioro institucional, crisis de inversión, colapso en áreas sensibles del Estado y una política exterior errática que dañó la imagen de Chile, nada de eso aparece en su relato, porque el problema nunca fue la realidad, sino el control del relato y ahí está la clave.

    Vallejo no se ofende cuando se le señala la incompetencia de su sector, pero sí cuando se la define como comunista. No porque la palabra sea incorrecta, ella misma ha rendido homenajes explícitos a dictaduras comunistas y ha peregrinado ideológicamente a Cuba, ese paraíso retórico donde no hay elecciones libres, prensa independiente ni libertades básicas, sino porque en su esquema mental el comunismo no es una ideología más: es una fe, una identidad moral superior que no admite cuestionamientos.

    Desde esa lógica, la crítica no es legítima: es reacción. El adversario no piensa distinto: está equivocado, por lo tanto quien llega al poder por una vía distinta no es un gobernante electo, es alguien que debe ser tutelado, advertido e instruido. Ese es el verdadero trasfondo del comentario. No la ordinariez, que ya sería grave. No la falta de elegancia institucional, que también lo es. Sino la incapacidad estructural de esta generación política para aceptar que perdió, que su proyecto fue rechazado y que no deja una obra admirable, sino un país cansado de la soberbia.

    El mesianismo de Vallejo no es individual. Es colectivo, es el mismo que llevó a su sector a creer que tenían una “moral distinta”, que venían a reemplazar a una élite corrupta, y que terminaron replicando, cuando no superando por lejos, en desorden, nepotismo, incompetencia y doble estándar. Es el mismo que hoy intenta instalar la idea de que Boric fue un gran estadista incomprendido y, que el verdadero desafío será estar a su altura.

    No. El verdadero desafío del próximo gobierno será reparar los daños, ordenar la casa y devolverle al país algo tan básico como la seriedad, y eso, justamente, es lo que más irrita a quienes confundieron el poder con un púlpito y el gobierno con una asamblea universitaria permanente.

    Camila Vallejo no habló como vocera de un gobierno que se va. Habló como custodia de un dogma, incapaz de entender que en democracia nadie hereda el país como si fuera un legado sagrado. Mucho menos quienes lo administraron mal.

    Porque al final, caminar y mascar chicle no era el problema, el problema fue creer que recitar bastaba para gobernar.

miércoles, 21 de enero de 2026

EL GABINETE TÉCNICO Y EL LLANTO DE LOS MEDIOCRES

    

Artículo escrito por: A PASO FIRME

    No han pasado 24 horas desde que el propio presidente electo José Antonio Kast anunció lo que será su gabinete y ahí están, el coro de siempre con los clásicos agoreros profesionales, los jinetes del apocalipsis de las redes sociales, opinólogos de teclado corto y ego como esperando que nada resulte; muchos repitiendo el mismo mantra pobre: “no tienen calle”, “no tienen experiencia política”, “son muy técnicos”, claro, como si el país se hubiera incendiado por exceso de técnica y no, precisamente, por su ausencia.

 

    Resulta curioso, más bien bastante patético, que quienes durante años justificaron la improvisación, el amateurismo y la militancia como si fueran virtudes republicanas, hoy descubran repentinamente la importancia de la “experiencia”. ¿Experiencia en qué exactamente? ¿En destruir instituciones, relativizar la ley, administrar el Estado como asamblea universitaria y convertir el poder en trinchera ideológica? Si esa es la experiencia que añoran, convendría recordarles un detalle incómodo: los sacaron de La Moneda, democráticamente, sin excusas, vayan a llorar a la iglesia y de preferencia en silencio.

 

    El nuevo gabinete es técnico, sí. Y justamente ahí está el pecado imperdonable para cierta fauna política y comunicacional, gente que sabe, que estudió, que gestionó, que trabajó fuera del circuito de favores partidarios; personas que no necesitan gritar consignas para sentirse relevantes ni convertir la ignorancia en identidad política, gente que no necesita levantar y empuñar la mano para hacer su trabajo. Para muchos opinantes seriales, eso es una amenaza existencial.

 

    Los idiotas de siempre que hablan de “falta de calle”, esos, los mismos que probablemente jamás administraron algo más complejo que su cuenta de Facebook, Twitter, Instagram o peor aún la de Tiktok. Se burlan de la “tecnocracia” quienes confundieron gobernar con declamar, al mismo tiempo acusan “desconexión”, así es, los mismos que vivieron cuatro años encapsulados en su superioridad moral, convencidos de que la izquierda era sinónimo automático de inteligencia, probidad y virtud. Si eso fuera cierto, Chile no estaría pagando hoy la cuenta.

     Gran parte de estas críticas no nacen del análisis, sino de algo mucho más básico, me refiero a la ignorancia sin costo y envidia con micrófono. Ignorancia, porque critican sin información, sin leer trayectorias, sin entender roles. Envidia, porque el poder, esta vez, no cayó en manos de su tribu. El anonimato digital hace el resto, una impunidad perfecta para la arrogancia.

    Chile no necesita más “políticos con calle” que aprendieron a sobrevivir sin resolver nada, necesita gestión, orden, profesionalismo, responsabilidad y eso, aunque les pese a los de siempre, no se improvisa ni se aprende en una asamblea universitaria con 1 metro cuadrado de chelas y un par de pitos con mala hierba, se construye con formación, experiencia real y criterio.

    Los mismos que hoy anuncian el desastre son los que ayer juraban que íbamos directo al paraíso, fallaron, así de simple, tampoco pidieron perdón, menos hicieron alguna autocrítica, sin embargo, ahora pretenden dar cátedra.

     Lo de la izquierda miserable de siempre y los vagos de las redes sociales no es crítica, es un berrinche producto de la desilusión propia de quienes perdieron, pierden y seguirán perdiendo.

    Lo de esta gente no es preocupación por Chile, es la nostalgia por un poder que ya no les pertenece.

    El gabinete sólo ha sido nominado, recién comenzará a trabajar el 11 de marzo de 2026, son la gestión y los resultados los que hablarán de lo logrado e incluso lo no logrado.

    Para superar los desafíos que Chile tiene por delante se necesitará incluso de esta gente que hasta ahora sólo demuestra saber vociferar, se necesitará de ellos un aporte positivo y real o sencillamente su silencio.

    Finalmente aclarar que esta columna no pretende una defensa irrestricta de lo anunciado por José Antonio Kast, aquello sería intelectualmente deshonesto, no hay duda que será el tiempo, implacable, incómodo y ajeno a la propaganda, el que determine si cada nombramiento y cada decisión ministerial fueron, efectivamente, lo que Chile necesitaba en este momento de su historia.

    Pero justamente por eso, antes de vociferar, de caricaturizar y de disparar consignas al vacío, corresponde algo mucho más simple y mucho más exigente, observar los resultados.

    La gente de bien siempre apostará por eso, por hechos, no por relatos; por gestión, no por histrionismo; por responsabilidad, no por el placer adolescente de destruir. Y sí, existen también aquellos que preferirían ver arder el mundo con tal de tener razón, aunque el país se queme con ellos dentro, a esos no los necesitamos, en realidad Chile nunca los necesitó.

    Esta columna no ha sido escrita para buscar aplausos ni para mendigar aprobación, tampoco para temerle a la crítica fácil, esto es simplemente la mirada de quien ha comprendido algo esencial, me refiero al valor del tiempo. Ese tiempo que desnuda la improvisación, pone en su lugar a los gritones y, tarde o temprano, separa la consigna del resultado.

  

lunes, 14 de julio de 2025

2025: ENTRE LOS FANTASMAS DEL PASADO Y LA MISERIA DEL PRESENTE


 

Escrito por: A PASO FIRME

El mundo está ardiendo y no es una metáfora, es la escena literal de un planeta descompuesto: guerras que se multiplican como plagas, economías fracturadas, oleadas de migrantes que huyen de todo menos de la desesperanza, y una élite global que juega ajedrez sobre un tablero de ruinas. Mientras tanto, en Chile, seguimos discutiendo a Allende y a Pinochet como si aún estuvieran vivos. Y quizás lo están, no en cuerpo, pero sí en espíritu: los extremos los han resucitado para seguir desgarrándonos por dentro.

A más de medio siglo del quiebre institucional de 1973, no hemos aprendido nada. Absolutamente nada. Ni del socialismo mesiánico que prometía el paraíso sin tener pan, ni del gobierno cívico-militar que trajo orden al precio de la sangre. No hay superación, no hay madurez política. Sólo hay una disputa obscena por ver quién manipula mejor el trauma nacional.

Hoy nuestro país se enfrenta a una nueva encrucijada, y no es menos peligrosa que la de entonces. La polarización no es una amenaza futura: es la realidad presente. Lo más triste es que no se debe a las ideas, sino a la falta de ellas. Los discursos se repiten como letanías de odio: unos prometiendo que vendrá el hambre de la UP si gana la izquierda; otros advirtiendo que sin una mano firme y dura como la del general Pinochet no hay futuro posible. ¿Ese es el debate que nos merecemos en 2025?

Y el “centro”, ese supuesto espacio de moderación no existe. No tiene rostro, ni voz, ni alma. Fue devorado por su cobardía, por su falta de convicciones, por su terror al conflicto. Ya nadie cree en los acuerdos, porque nadie los encarna. El centro político no es opción: es un fantasma que recorre pasillos del Congreso sin decir nada, sin hacer nada, sin representar a nadie.

Y cuando creíamos que el cinismo había tocado techo, aparece ChileVamos. Esa pseudo derecha que ahora nos pide a gritos unidad para enfrentar al comunismo, como si recién lo hubieran descubierto. Como si no hubieran sido ellos quienes lo alimentaron, le abrieron las puertas y entregaron cuotas de poder. ¿O acaso no empoderaron a Jeannette Jara, hoy presidenciable del PC, sin el menor pudor? Ahora nos llaman a “cerrar filas” para impedir su triunfo, como si fuéramos idiotas, como si no fuera evidente el doble juego, el plan burdo: levantar al monstruo, y luego llegar como salvadores. Es como si un pirómano se quejara del incendio que él mismo provocó; es una bofetada a la inteligencia del electorado y, lo que es peor: es una burla a la historia.

Hoy la política chilena es un mercado de apariencias: no importa lo que haces, sino a quién logras culpar. Los partidos tradicionales ya no existen para proponer un país, sino para sostener sus propios privilegios. Se han enquistado en una sociedad apática, desconectada de la política y alejada de cualquier noción de responsabilidad cívica. Esa misma anomia, esa renuncia colectiva a involucrarse, nos ha sumido en un caos valórico profundo. Hemos perdido el ethos que alguna vez nos cohesionó, ese sentido compartido de propósito y pertenencia que, con todos sus defectos, nos permitió avanzar hacia la prosperidad. Una prosperidad que no supimos valorar ni cuidar. Pagamos el precio por despreciar todo lo que no fuera nuestro metro cuadrado, por abandonar la idea de nación en favor del confort individual. Hoy no hay estrategia, no hay proyecto, no hay misión ni visión de país. Sólo hay cuotas, hay listas, hay cocinas políticas y operadores reciclados, en cambio, hay un pueblo que grita por lo más básico: vivir sin miedo, caminar sin ser violentado, que el asesino no salga libre y que el corrupto pague caro su osadía, que la frontera exista para mantenernos alejados de las redes de narcotráfico y los indeseados, que el sueldo alcance y que la justicia funcione. Nada más. Nada más.

Pero ni eso pueden ofrecer.

No se equivoquen: este hartazgo no es de derecha ni de izquierda, es de sentido común. Es el clamor de esa mayoría silenciosa que no quiere volver al 73, pero que tampoco quiere aceptar que 2026 empiece a parecerse. Esa mayoría no quiere discursos con olor a naftalina, ni líderes de utilería fabricados para la coyuntura. No quiere apretones de mano falsos ni abrazos cínicos. Lo que exige es claro: seguridad, orden y justicia. Y eso no debería encontrarse en los extremos, no deberíamos vernos forzados a repetir historias con finales tristes. Sin embargo, aquí estamos otra vez, mirando hacia un extremo de la misma cuerda, el único que parece ofrecer algo parecido a coraje, aunque haya sido convenientemente tergiversado por quienes necesitan siempre que elijamos entre democracia o caos, como si no existiera otra salida.

No nos perdamos en esa trampa. No hay ni habrá posibilidad alguna de reeditar los casi 17 años del gobierno cívico-militar, y no por moralismo, sino por una razón muy simple: no podemos seguir creyendo que las Fuerzas Armadas resolverán lo que el poder civil no ha tenido el coraje de enfrentar. Porque cuando los políticos fallan, cuando no asumen sus errores, lanzan a otros al fuego para salvarse ellos. Y lo peor es que muchos de esos mismos siguen hoy circulando por los pasillos del poder, impunes, vendiendo recetas fracasadas que aún encuentran compradores. Compradores no por convicción, sino por falta de agallas.

Pero esta crisis no es obra exclusiva de los corruptos, de los ambiciosos ni de los fanáticos, no nos perdamos en aquello, también es fruto del silencio de quienes miran para otro lado, de los que se acostumbraron al deterioro, de los que prefieren callar para no incomodarse. Las grandes ruinas de las naciones no se levantan sólo por la acción decidida de quienes hacen el mal, sino también por la pasividad de quienes, pudiendo impedirlo, optan por no hacerlo. Cada vez que renunciamos a involucrarnos, a exigir, a pensar críticamente, abrimos una grieta más en el edificio de nuestra república. Y cuando finalmente se venga abajo, no podremos decir que no lo vimos venir, porque lo vimos y sencillamente lo dejamos pasar.

El precio de mirar hacia el lado no es sólo la pérdida de la libertad: es tener que vivir bajo el dominio de quienes jamás debieron gobernar y, eso es algo que las generaciones actuales parecen no comprender, porque no lo han experimentado como nosotros. Al fin y al cabo, nadie puede hablar del sabor del jugo de naranjas si nunca lo ha probado, pero la pregunta es otra: ¿Es necesario beber cicuta para entender que puede matarnos? Porque si no despertamos a tiempo, serán precisamente los indiferentes, los porfiados, los corruptos o los peores quienes decidan, con su pasividad o su obstinación, condenarnos a repetir la historia que tanto costó escribir… y aún más, superar.

La historia no va a absolver a nadie y menos a los cobardes. Chile ya no necesita más mártires ni caudillos: necesita adultos, adultos responsables.

miércoles, 9 de julio de 2025

EL ECO DEL OLVIDO

 






Escrito por: A PASO FIRME

 

    Han pasado más de cincuenta años desde que Chile, dividido por ideologías irreconciliables, casi se desangra a sí mismo. No fue un terremoto, ni una guerra extranjera, sino una destrucción interna, una implosión provocada por el afán de imponer un régimen socialista radical, liderado por Salvador Allende, que fracturó al país, destruyó la economía, desató violencia y llevó a enfrentar a chilenos contra chilenos.

    Hoy, medio siglo después, cuando ya se creía que esas lecciones estaban aprendidas, Chile se encuentra nuevamente frente al mismo abismo, esta vez disfrazado de democracia, con la posibilidad real de elegir presidenta a una comunista: Jeannette Jara.

¿Cómo se llega a esto? ¿Qué debe pasar en una sociedad para querer revivir su propia tragedia?

    La respuesta no está en el presente. Está - a mi juicio - en las décadas de abandono, en una batalla cultural que se perdió en silencio. Mientras la política se reordenaba en los 90’s tras la recuperación democrática, se cometió un acto que pasaría inadvertido, pero que sería decisivo: la eliminación de la asignatura de Educación Cívica. No hubo debate, no hubo alerta, no hubo resistencia y, con ese acto, se arrancó de raíz el deber ciudadano de conocer la historia, de entender las instituciones, de saber cómo funciona y se protege una democracia.

    Mientras tanto, los que perdieron en el plano político —los derrotados del proyecto de la UP— ganaron en el terreno de las ideas, de los símbolos, del lenguaje, del relato. Y nadie se los impidió. Contaron la historia como quisieron, como si hubieran sido víctimas inocentes de una tragedia sin causa, como si la violencia, el quiebre institucional y la insurrección no hubiesen existido.

    Se impuso su versión en las aulas, en la cultura, en los medios y, lo que es peor, en la conciencia de los más jóvenes, los mismos que más tarde se convertirían en la generación de reemplazo de una sociedad que había decidido esconder la fractura en vez de trabajar por sanarla. Mientras el país retomaba su rumbo democrático, se perdió una oportunidad histórica: la de contar con verdad y por dolorosa que resultara, con matices y sin eufemismos, lo que realmente ocurrió durante los años de la Unidad Popular y sus consecuencias. Padres que callaron por temor o cansancio, profesores que optaron por la comodidad ideológica o el adoctrinamiento, una prensa más preocupada de los símbolos que del fondo y, una clase política que eligió el consenso artificial por sobre la pedagogía cívica, todos fueron parte del pacto tácito de silencio o de distorsión.

    En vez de abrir espacios de diálogo intergeneracional donde el dolor, la responsabilidad compartida y las lecciones del pasado sirvieran como cimiento de una democracia robusta y madura, se optó por reescribir la historia en blanco y negro, con héroes y villanos definidos por conveniencia, no por hechos. Así, los jóvenes crecieron sin comprender realmente qué fue lo que sus padres y abuelos vivieron, sin dimensionar las causas reales del quiebre institucional y, mucho menos el peligro de repetir ese mismo error con otras palabras y rostros nuevos. El resultado fue una generación desconectada de su raíz histórica, más emocional que racional, convencida de que todo lo anterior fue oscuridad y represión, y que lo nuevo —aunque radical— representa dignidad y justicia.

    Ese fue el triunfo más silencioso, pero más profundo, de una batalla cultural que nunca se quiso dar: la entrega del relato nacional a quienes fueron derrotados políticamente, pero que supieron ganar en el terreno de las conciencias.

    Chile abandonó la responsabilidad y abrazó la comodidad. Se dejó de hablar de deberes, de esfuerzo, de sacrificio. Se exaltaron los derechos como si fueran eternos, automáticos, desvinculados de cualquier compromiso. La prosperidad alcanzada gracias al trabajo de millones fue vista no como una conquista, sino como una deuda pendiente. La meritocracia fue reemplazada por la victimización; la libertad por la igualdad forzada; la superación personal por el resentimiento.

    Y así, generación tras generación, se incubó una cultura que desprecia el trabajo como camino a la libertad. A los jóvenes se les enseñó que el trabajo es una forma de opresión, que esforzarse es someterse, que enriquecerse por medios propios es ser cómplice de un sistema injusto. La narrativa marxista se filtró en las rendijas de la democracia, no con armas, sino con eslóganes, con frases bonitas, con canciones de moda y con profesores adoctrinados.

    Se instaló la idea perversa de que el trabajo enriquece al rico y empobrece al pobre. Que el esfuerzo es explotación. Que merecer la felicidad no depende de ganársela, sino de exigirla como derecho. Y así, el joven chileno dejó de mirar al futuro como un desafío, y comenzó a mirarlo como una promesa que otro le debe cumplir.

    La batalla cultural se perdió porque nadie la quiso dar. Porque los que sabían, callaron. Porque los que gobernaban, transaron. Porque los que se enriquecieron con el modelo, jamás lo defendieron. Y porque una sociedad que solo quiere ser feliz, pero no responsable, está condenada a ser esclava de quienes sí tienen un proyecto claro… aunque sea totalitario.

¿Qué ocurrió adicionalmente? ¿Cómo una sociedad que vivió en carne propia los efectos de un experimento ideológico puede hoy, sin mayor resistencia, abrirle nuevamente la puerta?

La respuesta es compleja, pero dolorosamente clara: falló la memoria colectiva.

    Chile, como tantas otras sociedades, cometió el error de pensar que el paso del tiempo cura todas las heridas. Pero no basta con el tiempo; se necesita conciencia, educación, verdad y valentía para enfrentar lo que fue. En vez de enseñar la historia reciente con honestidad, se la escondió, se la minimizó o, peor aún, se la reinterpretó con fines ideológicos. En los colegios, universidades y medios de comunicación, se borraron matices, se idealizó al pasado y se demonizó selectivamente al adversario.

    Las nuevas generaciones que nunca necesitaron hacer una fila indigna y forzada para obtener un trozo de pan, han sido criadas con una visión parcial, superficial, a veces romántica, del socialismo revolucionario. Se les ha hablado de "luchas sociales", de "resistencias populares", de "dignidad arrebatada", pero no se les ha contado que en nombre de esas luchas también se sembró el caos, se intentó subvertir el orden democrático, y se arrinconó al menos a medio país.

    La falla de la sociedad no fue el conflicto, sino el silencio posterior. Nos volvimos cómodos. Los que vivieron aquellos días prefirieron callar, por dolor, por miedo, por cansancio. Y las instituciones —los partidos, los medios, la educación— no cumplieron con su deber de preservar la memoria crítica.

¿Será que el tiempo nos juega en contra? Sin duda. El tiempo, cuando no se acompaña de memoria, es un cómplice del olvido. Y el olvido es el terreno fértil para repetir errores. La juventud de hoy no recuerda, porque no vivió. Y muchos adultos tampoco enseñaron, porque no supieron cómo hacerlo o no quisieron remover viejas heridas.

    Hoy vemos cómo las promesas del populismo vuelven a encantar: derechos para todos, justicia social, enemigos comunes, refundaciones. Pero lo que se oculta —como ayer— es el precio: la libertad, la institucionalidad, el respeto al otro, la paz.

    Chile está a punto de tropezar con la misma piedra, no por ignorancia, sino por negligencia moral. Porque una sociedad que no protege su historia, que no defiende su verdad, que no se reconoce en sus propios errores para no repetirlos, está condenada a revivirlos. Y esta vez, el costo podría ser aún mayor.

    Hoy Chile no está al borde de repetir su historia. Ya comenzó a hacerlo. El olvido, el abandono de los valores republicanos, la confusión moral, el desprecio por el mérito y el adoctrinamiento disfrazado de justicia social han pavimentado este camino.

    Y si no se despierta pronto, si no se recupera la memoria, si no se defiende la verdad, será demasiado tarde. No por culpa de un partido ni de una candidata, sino por culpa de todos nosotros.


jueves, 12 de junio de 2025

RESERVA INVESTIGATIVA Y DERECHO A LA INFORMACIÓN: UN ANÁLISIS PSEUDO FILOSÓFICO Y ÉTICO

 


Escrito por: A PASO FIRME


    A propósito de una iniciativa parlamentaria que apareció estos días en las noticias y, que busca sancionar con cárcel a quienes difundan investigaciones penales en casos que estén como reservados por la justicia y que lo han llamado “moción de protección de antecedentes en proceso penal”, ha surgido mi interés de darle una vuelta respecto de las implicancias de esta iniciativa, para ello me valí de la experiencia de lecturas previas, consulté otras de estudiosos sobre el tema y si bien no soy filósofo — y mucho menos un modelo de virtud —, me atreveré a abordar este tema con una óptica filosófica, ética e incluso moral, con la humildad de quien sabe que razona desde sus propias contradicciones… como todo buen ser humano que se respete.

    La reserva del caso, una figura procesal común en los sistemas de justicia penal se establece para proteger la eficacia de las investigaciones, resguardar los derechos de las partes involucradas y evitar la contaminación de pruebas o la fuga de sospechosos. En Chile, como en otros países, el Ministerio Público puede decretar la reserva para restringir la difusión de información durante etapas sensibles del proceso investigativo. No obstante, esta medida entra en tensión con el derecho a la información y la libertad de prensa, pilares fundamentales en una democracia. Este breve análisis y reflexión en función de lecturas previas sobre el tema, más mi propio entendimiento basado en lo que comprendo por sentido común, explora estas tensiones a la luz de las reflexiones de pensadores clave de la filosofía política, ética y del derecho, proponiendo dos líneas argumentativas: una que condena la transgresión de la reserva, y otra que la justifica bajo ciertos principios democráticos.

 

    Desde una perspectiva que privilegia el orden, la seguridad y la integridad institucional, la reserva del caso cumple un rol fundamental. Thomas Hobbes, en Leviatán, argumenta que el Estado debe garantizar la paz y el orden, y que los ciudadanos deben ceder parte de su libertad para asegurar estos bienes comunes, yendo un poco más allá, Hobbes trata en este libro sobre la justificación del poder absoluto del Estado como garantía de paz y seguridad y argumenta que, sin un gobierno fuerte, los humanos vivirían en un estado de guerra constante, por lo que es necesario un soberano con poder total para mantener el orden social, claro que ahí podríamos desviarnos un poco del tema y estar yendo demasiado lejos, sin embargo, desde esta óptica, divulgar información, según Hobbes, reservada socava la autoridad legítima del Estado y puede generar caos o frustrar la administración de justicia.

    Immanuel Kant, en su Metafísica de las costumbres, enfatiza la necesidad de respetar el deber y las normas como imperativos categóricos. Filtrar información en contra de una orden judicial o fiscal representa, en este marco, una falta grave al deber cívico y moral. La transgresión implica instrumentalizar a otros (los investigados, las víctimas, la sociedad) con fines posiblemente ajenos al deber moral, lo que para Kant es éticamente inaceptable.

    John Rawls, en su Teoría de la justicia, podría respaldar la reserva como parte de un sistema jurídico justo. Según Rawls, las instituciones deben operar bajo principios que todos aceptarían desde una "posición original" de equidad. La reserva protege la imparcialidad del proceso judicial, y su transgresión podría minar la justicia procedimental, afectando la confianza en el sistema.

    Por el contrario, desde una perspectiva que prioriza la libertad individual, el escrutinio público y el control del poder, se puede defender la filtración como un acto legítimo, incluso necesario. John Stuart Mill, en Sobre la libertad, sostiene que la libertad de expresión y de prensa son fundamentales para evitar la tiranía y permitir la corrección de errores institucionales. Desde su lógica utilitarista, si la filtración sirve al bien público y revela prácticas indebidas, su valor moral puede superar su carácter ilegal.

    Hannah Arendt, quién fue una filósofa y teórica política germano-estadounidense, conocida por sus estudios sobre el totalitarismo, el poder, la libertad y la naturaleza del mal, aporta otra clave en su trabajo Verdad y política, ahí se discute el valor de la verdad factual en la vida pública. Arendt critica la manipulación de la información por parte de los poderes del Estado y sostiene que la ocultación sistemática erosiona la confianza ciudadana. En contextos donde la reserva se usa para encubrir negligencia o abuso, la filtración se convierte en un acto político legítimo.

Michel Foucault, filósofo francés, en sus estudios sobre poder y saber (Vigilar y castigar, La verdad y las formas jurídicas), argumenta que el conocimiento es inseparable del poder. Para Foucault, controlar la información es una forma de gobernar. Filtrar datos reservados puede ser un modo de resistir la concentración opaca del poder, visibilizando prácticas que de otro modo permanecerían en la sombra. Desde esta mirada, el secreto judicial no es siempre neutral: puede ser una “tecnología de control”.

    El debate entre secreto investigativo y libertad informativa no tiene una solución universal. La ética contemporánea invita a analizar caso a caso. La filósofa Martha Nussbaum, desde una perspectiva de ética de las capacidades, sugiere que debemos evaluar qué capacidades humanas se ven afectadas. Si el secreto perjudica gravemente la agencia moral de los ciudadanos, podría estar justificada su ruptura.

    Jürgen Habermas, otro filósofo y sociólogo alemán, con su teoría de la acción comunicativa, plantea que la legitimidad democrática surge del consenso racional en el espacio público. Si la reserva de un caso impide deliberaciones fundamentales sobre el poder judicial o político, la transparencia podría ser preferible para sostener la racionalidad democrática.

    En esta encrucijada se ubican los medios de comunicación, actores clave en la mediación entre el poder institucional y la ciudadanía. Su labor de informar tiene un fundamento ético y democrático indiscutible. Sin embargo, cuando se enfrentan a causas judiciales bajo reserva, deben ponderar si divulgar información filtrada cumple una función social o si, por el contrario, entorpece una investigación en curso.

    Desde la óptica de Karl Popper, otro filósofo austriaco-británico, conocido por su teoría de la falsación como criterio de demarcación científica y por su defensa de la sociedad abierta – nos dice que, una sociedad abierta requiere que las instituciones estén bajo constante revisión pública. Los medios, en tanto fiscalizadores, podrían tener la responsabilidad de divulgar información cuando el secreto sirve para proteger intereses oscuros. No obstante, esta función debe ser ejercida con responsabilidad epistémica, es decir, con la capacidad de discernir entre la necesidad de informar y el riesgo de obstruir la justicia.

    Otros autores nos recuerdan que los actos sólo pueden ser evaluados dentro de una tradición moral coherente. Si los medios actúan movidos por el sensacionalismo o intereses económicos, su intervención en casos reservados no puede ser éticamente validada. Pero si actúan como guardianes del interés público, incluso la transgresión puede tener justificación moral.

     Con todo lo anterior, decidir si es correcta o no, moral o éticamente válida alguna o cada una de las diferentes posiciones sobre esta discusión, no es tarea sencilla. La decisión de mantener en reserva una investigación o de divulgarla debe contemplar múltiples dimensiones: legales, éticas, políticas y sociales. Hay fundamentos filosóficos robustos para sostener la necesidad de la reserva como mecanismo de protección institucional. Pero también existen argumentos poderosos que la cuestionan cuando su uso encubre injusticias o cuando el conocimiento público es esencial para el control democrático.

    En este marco, el rol de los medios de comunicación es crucial. Su función de informar puede chocar con las restricciones legales impuestas por la reserva, pero también puede ser una vía de control social frente a abusos de poder. La pregunta clave no es solo si es legal divulgar, sino si es legítimo desde el punto de vista democrático y ético. Los medios deben actuar con prudencia, discernimiento y compromiso con la verdad, asumiendo que en ocasiones el deber de informar puede entrar en tensión con el deber de proteger.

    Esta tensión es inherente a las sociedades abiertas: entre el deber de proteger y el derecho a saber. Su resolución no puede recaer solo en normas formales, sino en la deliberación pública, el juicio ético, la responsabilidad cívica y el rol constructivo y crítico de los medios de comunicación.

    Finalmente, estamos nosotros: los lectores, los ciudadanos de a pie, los consumidores de titulares y revelaciones. Los que, con el desayuno en la mano y el ceño fruncido, decidimos quién es culpable y quién inocente con la misma soltura con la que cambiamos de canal. Quizás —solo quizás— deberíamos detenernos un instante a pensar qué hacemos con la información que recibimos. ¿Nos vuelve más sabios? ¿Más libres? ¿O solo más ansiosos y mejor alimentados de escándalos?

Si Hobbes nos pide orden, Mill nos exige libertad, Foucault nos alerta del poder oculto y Arendt nos recuerda que la verdad también puede ser incómoda, ¿Qué nos exigimos a nosotros mismos como audiencia? Tal vez llegó el momento de que, entre tanto filósofo, también el lector saque su voz. ¿Estamos listos para eso? O, mejor dicho: ¿Nos conviene estarlo?

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