Artículo escrito por: A PASO FIRME
Cuando un gobierno pierde el respaldo ciudadano de manera categórica, lo esperable es silencio prudente, autocrítica mínima y una retirada ordenada. Lo que no corresponde, bajo ninguna lógica republicana, es la insolencia pedagógica de quienes, tras un fracaso evidente, pretenden instruir al presidente electo sobre cómo gobernar.
Eso fue exactamente lo que hizo Camila Vallejo al afirmar, sin rubor alguno, que José Antonio Kast deberá “caminar y mascar chicle” para enfrentar los desafíos que, según ella, deja como herencia el gobierno de Gabriel Boric. La frase no solo es de baja estofa, por no decir derechamente ordinaria, impropia de una vocera de Estado y francamente infantil; es, sobre todo, una expresión transparente de arrogancia ideológica y delirio mesiánico.
Porque Vallejo no habla desde la humildad de quien reconoce errores, habla desde la superioridad moral autoproclamada, esa que su sector político ha exhibido desde hace más de una década, convencidos de que gobiernan no por mandato ciudadano, sino por una supuesta iluminación histórica. No se trata de una simple torpeza verbal ni de ignorancia accidental, no nos confundamos, lo suyo es libreto, ensayado, provocador y perfectamente coherente con una visión política que desprecia la alternancia, relativiza la democracia liberal y concibe el poder como patrimonio moral propio.
La frase “caminar y mascar chicle” no es casual. Es un gesto de desdén. Es decirle al presidente electo, y por extensión a quienes votaron por él, que gobernar Chile después de Boric será una prueba de suficiencia intelectual básica, como si el país hubiese alcanzado un nivel tan elevado de gestión, sofisticación y progreso, que ahora el nuevo gobierno apenas deberá demostrar que es capaz de hacer dos cosas a la vez; sin embargo, la realidad es brutalmente distinta.
El gobierno que Vallejo defiende con entusiasmo casi religioso deja desorden fiscal, escándalos de corrupción sin aclarar, deterioro institucional, crisis de inversión, colapso en áreas sensibles del Estado y una política exterior errática que dañó la imagen de Chile, nada de eso aparece en su relato, porque el problema nunca fue la realidad, sino el control del relato y ahí está la clave.
Vallejo no se ofende cuando se le señala la incompetencia de su sector, pero sí cuando se la define como comunista. No porque la palabra sea incorrecta, ella misma ha rendido homenajes explícitos a dictaduras comunistas y ha peregrinado ideológicamente a Cuba, ese paraíso retórico donde no hay elecciones libres, prensa independiente ni libertades básicas, sino porque en su esquema mental el comunismo no es una ideología más: es una fe, una identidad moral superior que no admite cuestionamientos.
Desde esa lógica, la crítica no es legítima: es reacción. El adversario no piensa distinto: está equivocado, por lo tanto quien llega al poder por una vía distinta no es un gobernante electo, es alguien que debe ser tutelado, advertido e instruido. Ese es el verdadero trasfondo del comentario. No la ordinariez, que ya sería grave. No la falta de elegancia institucional, que también lo es. Sino la incapacidad estructural de esta generación política para aceptar que perdió, que su proyecto fue rechazado y que no deja una obra admirable, sino un país cansado de la soberbia.
El mesianismo de Vallejo no es individual. Es colectivo, es el mismo que llevó a su sector a creer que tenían una “moral distinta”, que venían a reemplazar a una élite corrupta, y que terminaron replicando, cuando no superando por lejos, en desorden, nepotismo, incompetencia y doble estándar. Es el mismo que hoy intenta instalar la idea de que Boric fue un gran estadista incomprendido y, que el verdadero desafío será estar a su altura.
No. El verdadero desafío del próximo gobierno será reparar los daños, ordenar la casa y devolverle al país algo tan básico como la seriedad, y eso, justamente, es lo que más irrita a quienes confundieron el poder con un púlpito y el gobierno con una asamblea universitaria permanente.
Camila Vallejo no habló como vocera de un gobierno que se va. Habló como custodia de un dogma, incapaz de entender que en democracia nadie hereda el país como si fuera un legado sagrado. Mucho menos quienes lo administraron mal.
Porque al final, caminar y mascar chicle no era el problema, el problema fue creer que recitar bastaba para gobernar.
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