Artículo escrito por: A PASO FIRME
Sean muy bienvenidos nuevamente. En esta oportunidad los invitaré a reflexionar racionalmente sobre un tema que está dando mucho que hablar y no es sencillo ni trivial de abordar, me refiero a la idea de legislar una reforma constitucional para enfrentar los temas de seguridad que Chile necesita.
Hay momentos en la trayectoria de un país donde las discusiones abstractas de salón chocan de frente con la urgencia de la calle. Chile vive hoy uno de esos momentos definitorios. La pregunta inmediata que devora la agenda es evidente: ¿Cómo recuperamos la seguridad en nuestro territorio? Pero de inmediato, casi como una sombra inevitable, surge otra interrogante mucho más incómoda: ¿Cuánto poder real estamos dispuestos a entregarle al Estado con la promesa de conseguirla? Y una tercera: ¿Es viable reconstruir la paz social sin erosionar nuestras libertades?
Este episodio no pretende ofrecer respuestas empaquetadas ni resolver una disyuntiva que hoy divide a analistas y legisladores. Al contrario, esta reflexión busca convocarnos a mirar de frente las tensiones operativas, constitucionales y políticas que sacuden el tablero nacional.
Comencemos por reconocer el punto de partida. El gobierno del presidente José Antonio Kast asumió el control con la seguridad pública como su principal viga maestra. No se trataba de una propuesta accesoria; era el corazón de su proyecto político. El diagnóstico era severo: un país enfrentado a un crimen organizado transnacional con rasgos inéditos para nuestra historia reciente, que abarcaba sicariato, secuestros extorsivos, control carcelario y narcotráfico de mayor escala.
Los datos empíricos nos muestran una realidad compleja. Durante el año 2025 se registraron 1.091 víctimas de homicidio, marcando un descenso del 11,5% en comparación con el año anterior, tendencia que continuó con una reducción del 13% en el primer semestre de 2026, sin embargo, la percepción pública habita otra frecuencia y con eso me refiero a la encuesta ENUSC 2025, esta encuesta reveló que un abrumador 82,9% de los chilenos percibe que la delincuencia ha aumentado, mientras que el 37,7% de los hogares declaró haber sido víctima de algún delito. Al mismo tiempo, Europol advierte que el crimen organizado global no es una masa estática, sino una red flexible, transnacional y sofisticada orientada a la infiltración económica. ¿Estamos combatiendo este enemigo del siglo XXI con las herramientas correctas, o nos limitamos a reaccionar ante la urgencia de la estadística diaria?
Gobernar es la administración de la realidad. Por lo tanto, en ese entendido, la realidad estatal ha mostrado tempranas señales de fragilidad operativa. El paso fugaz de Trinidad Steinert por el Ministerio de Seguridad —una exfiscal con credenciales sólidas en crimen organizado que duró apenas 69 días antes de que se le solicitara la renuncia— puso de manifiesto que el tránsito de la retórica electoral a la conducción gubernamental es un camino empinado. A pesar de haber estructurado tres ejes estratégicos razonables —control de fronteras, eficiencia policial y combate financiero al crimen organizado—, su salida forzada expuso la inmensa dificultad de coordinar de manera ágil a Carabineros, la PDI y los servicios de inteligencia.
Si la dificultad radica en el propio diseño de gestión del Estado, ¿Basta con cambiar rostros en el gabinete?
La respuesta del Ejecutivo ante este nudo ciego ha sido proponer una profunda reforma constitucional. La iniciativa busca crear un nuevo Estado de Excepción Constitucional de Seguridad Pública para combatir al terrorismo y al crimen organizado. Lo controversial reside en la envergadura de sus herramientas: un régimen excepcional que podría extenderse de forma extraordinaria hasta por 240 días, otorgando al Ejecutivo la facultad de restringir libertades tan esenciales como la locomoción, la reunión y la asociación.
Aquí donde la política chilena entra en una zona de alta turbulencia. Al constatar la seria dificultad de alcanzar el quórum de cuatro séptimos (4/7) en la sala del Senado para aprobar la reforma en general, y ante la amenaza inminente de que el proyecto sea archivado sin posibilidad de legislar sobre la materia por un año completo, una idea disruptiva comenzó a rondar los pasillos de La Moneda: convocar a un plebiscito ciudadano.
El origen de esta alternativa se remonta a las declaraciones del ministro de Seguridad, Martín Arrau, quien planteó que frente al resquemor de los sectores garantistas, se le debería "preguntar a la gente si está de acuerdo o no en que haya más fuerza por parte de las fuerzas de orden y seguridad". La respuesta oficial no tardó en llegar. El presidente del Partido Republicano, Arturo Squella, defendió que el referéndum "es una opción que no se puede descartar" bajo el argumento de ajustar el ordenamiento jurídico a la exigencia de la ciudadanía.
Sin embargo, plantear la vía del plebiscito en el Chile actual despierta fantasmas muy difíciles de ignorar. El país arrastra la fatiga de procesos constitucionales recientes y extenuantes. Sectores políticos, incluso dentro del oficialismo, advierten de forma explícita sobre los riesgos de esta fórmula. El senador de Renovación Nacional, Miguel Ángel Becker, manifestó abiertamente su aprensión: "Espero que no sea necesario llegar a un plebiscito... ya tuvimos suficientes cosas los últimos años, es probable que la gente no quiera tener, con respecto a eso, más votaciones". Su advertencia va al hueso de la estabilidad: la medida "vuelve a dividir al país", por lo que exhorta a resolver las diferencias en el Parlamento.
Por su parte, el diputado Diego Schalper fue aún más tajante al calificar la propuesta como una "caricatura" y pedir que se dejen de "hablar tonteras", recordando que los plebiscitos en Chile están estrictamente regulados por el artículo 128 de la Constitución, requiriendo mayorías extraordinarias de dos tercios si el Congreso insiste a contrapelo del Presidente. Para Schalper, la grandilocuencia estéril desvía el foco de lo urgente: "Cada día que pasa, el único que gana es el Tren de Aragua".
Frente a tales escenarios comienzan a surgir en mí las preguntas: ¿Nos encontramos ante una genuina búsqueda de legitimidad democrática o frente a una peligrosa maniobra de oportunismo político? El intento de resolver el debate legislativo mediante una consulta popular abre interrogantes severas sobre la gobernabilidad. Si el oficialismo opta por revivir la vía plebiscitaria, tensionando el sistema para destrabar su agenda, ¿qué impide que las fuerzas opositoras negocien intereses particulares a cambio de gobernabilidad? ¿Qué ocurre con la confianza de los inversionistas a largo plazo si la estabilidad social y política del país pende permanentemente del resultado de una nueva polarización electoral?
La lección internacional de naciones que enfrentaron amenazas estructurales similares —como Italia, el Reino Unido y el modelo integral que promueve Europol— indica que el éxito no reside en el espectáculo de la confrontación política o electoral, sino en el fortalecimiento silencioso de los sistemas de inteligencia fiscal, la desarticulación financiera de las bandas y la persecución de quienes lavan el dinero.
La pregunta de fondo, por lo tanto, sigue abierta y nos desafía a todos de manera racional: ¿Queremos un Estado capaz de investigar con sofisticación y eficacia operativa, o preferimos delegar un poder excepcional sin contrapesos claros bajo la promesa de un orden rápido? ¿Estamos dispuestos a arriesgarnos a un nuevo ciclo de división social mediante plebiscitos con tal de destrabar una reforma legislativa? y, finalmente, la interrogante de la que nadie puede escapar: ¿Aceptaríamos con la misma tranquilidad estas severas reglas de excepción constitucional si las llaves del Estado estuvieran mañana en manos de nuestros adversarios políticos más enconados?
El debate sobre la seguridad y la libertad de nuestra República apenas comienza, para tales interrogantes, la respuesta no admite eslóganes.
El debate queda abierto para enfrentarlo con responsabilidad cívica, política y visión de Estado a largo plazo.
Nada más, pero tampoco nada menos.