viernes, 30 de octubre de 2026

EL ESTADO: ¿PROTECTOR DE LOS CIUDADANOS O DUEÑO DE SUS VIDAS?


Artículo escrito por: A PASO FIRME

La libertad no se pierde solamente cuando alguien nos la arrebata por la fuerza. También se pierde cuando aceptamos, poco a poco, que otros decidan por nosotros en nombre de nuestro propio bienestar.

Sean muy bienvenidos a un nuevo espacio de reflexión. En esta oportunidad la invitación es a recuperar el pensamiento crítico, dejar de medir el progreso por la cantidad de funciones que acumula el Estado y comenzar a examinar si cada una de ellas está realmente justificada. A exigir límites al poder, responsabilidad en el uso de los recursos públicos y respeto irrestricto por los derechos individuales.

No se trata de negar los problemas sociales ni de sostener que cada persona debe enfrentar sola todas las dificultades de la vida. Se trata de comprender que las buenas intenciones no justifican cualquier intervención, las mayorías no legitiman cualquier abuso y ninguna promesa de bienestar debería eximir al poder de rendir cuentas.

La invitación entonces es a no aceptar las soluciones políticas como dogmas, a cuestionar las promesas que comprometen nuestra libertad y a recordar que una ciudadanía libre no es aquella que más espera del Estado, sino aquella que conserva la capacidad de exigirle, fiscalizarlo y ponerle límites.

Porque, al final, la pregunta no es cuánto puede hacer el Estado por nosotros, sino cuánto puede decidir por nosotros sin dejar de amenazar nuestra autonomía.

Los invito a pensar antes de delegar, a cuestionar antes de aceptar y a defender la libertad antes de descubrir que hemos entregado demasiado para recuperarla.

Hay una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate político, porque resulta mucho más cómodo discutir cuánto puede hacer el Estado que preguntarnos cuánto poder estamos dispuestos a entregarle.

Nos hablan de nuevas prestaciones, nuevos subsidios, nuevas regulaciones y nuevos programas públicos. Cada problema parece exigir una nueva institución, cada dificultad una nueva partida presupuestaria y cada desigualdad una nueva intervención gubernamental. El aparato crece, sus atribuciones se multiplican y sus administradores adquieren más poder.

Pero ¿Quién se detiene a preguntar dónde termina ese proceso?

¿En qué momento el Estado, creado para proteger a las personas, comienza a tratarlas como instrumentos de sus propios objetivos? ¿Cuándo la legítima preocupación por los problemas colectivos se convierte en una justificación permanente para limitar las decisiones individuales?

Estas no son preguntas marginales. Son preguntas esenciales para cualquier sociedad que todavía aspire a llamarse libre.

La libertad no es una concesión del poder

Milton Friedman dedicó buena parte de su pensamiento a advertir sobre los peligros de sacrificar la libertad individual en nombre de objetivos colectivos. Su argumento, expresado aquí en forma de paráfrasis y no como cita textual, conserva plena vigencia: cuando se pretende alcanzar la igualdad mediante la imposición y la restricción de la libertad, se corre el riesgo de terminar perjudicando ambas.

El problema comienza cuando confundimos igualdad ante la ley con igualdad de resultados.

La primera exige que todos estén sometidos a las mismas reglas, que nadie posea privilegios arbitrarios y que el poder no pueda decidir caprichosamente sobre el destino de las personas. La segunda, cuando se convierte en una obligación política de igualar resultados, puede terminar justificando una intervención cada vez mayor sobre el trabajo, el patrimonio y las decisiones de los ciudadanos.

Porque las personas no son idénticas. Tienen capacidades, preferencias, circunstancias, aspiraciones y prioridades diferentes. Pretender borrar todas esas diferencias desde el poder requiere una maquinaria de control que, inevitablemente, termina tomando decisiones que antes correspondían a cada individuo.

Y aquí aparece una paradoja interesante de analizar, me refiero a que, en nombre de la igualdad, se multiplican las desigualdades ante el poder. Unos deciden y otros obedecen. Unos administran los recursos y otros deben producirlos. Unos diseñan las reglas y otros descubren que su libertad depende de obtener una autorización, un beneficio o una excepción.

¿Es esa la sociedad que queremos construir?

Nozick y la pregunta que incomoda al poder

Robert Nozick llevó esta discusión a un terreno todavía más profundo.

En Anarquía, Estado y utopía, defendió la legitimidad de un Estado mínimo, limitado fundamentalmente a proteger a las personas contra la violencia, el robo y el fraude, hacer cumplir los contratos y garantizar la defensa frente a amenazas externas.

Su planteamiento no consiste simplemente en pedir una administración pública más eficiente. Va al fundamento moral del poder político.

Para Nozick, cada individuo posee derechos que no pueden ser sacrificados automáticamente en beneficio de los demás, aunque ese sacrificio se presente como necesario para alcanzar un supuesto bien común.

Esta idea contiene una advertencia incómoda: las personas no son recursos disponibles para que el Estado los distribuya según sus propios criterios de justicia.

Si una autoridad considera que puede disponer legítimamente del tiempo, el trabajo o los bienes de una persona cada vez que invoque una necesidad colectiva, entonces los derechos individuales dejan de ser límites efectivos al poder y se convierten en concesiones sujetas a las prioridades del gobierno.

Nozick cuestionó precisamente esa lógica. Su crítica a la tributación redistributiva parte de que obligar a alguien a entregar una parte de los frutos de su trabajo para financiar los objetivos de terceros plantea un problema moral serio: ¿hasta qué punto puede una sociedad reclamar el esfuerzo de una persona sin su consentimiento?

La comparación que establece con el trabajo forzado es deliberadamente provocadora. No significa que los impuestos sean literalmente idénticos a la esclavitud en todos sus aspectos, sino que obliga a examinar una cuestión fundamental: ¿Qué límites morales deberían restringir el poder de apropiarse del fruto del trabajo ajeno?

Podemos discrepar de la respuesta de Nozick. Lo que no deberíamos hacer es evadir la pregunta.

El Estado de bienestar y la expansión sin fronteras

El Estado de bienestar suele justificarse mediante objetivos difíciles de cuestionar, me refiero a ayudar a los más vulnerables, ampliar oportunidades, garantizar servicios y reducir la pobreza.

Sin embargo, que un objetivo sea moralmente atractivo no significa que cualquier instrumento utilizado para alcanzarlo sea legítimo, eficaz o sostenible.

Una política pública debe responder, al menos, a tres preguntas: ¿Resuelve realmente el problema?, ¿Cuánto cuesta y quién lo paga?, ¿Qué libertades restringe y qué incentivos genera?

Con demasiada frecuencia, el debate político se concentra en la primera pregunta y evita las otras dos.

El beneficio se anuncia con entusiasmo. El costo se distribuye entre millones de contribuyentes. La burocracia que lo administra adquiere continuidad institucional. Y cuando los resultados son insuficientes, la respuesta habitual consiste en solicitar más recursos, ampliar el programa o crear una nueva estructura.

Así, una política que nació como una solución excepcional puede convertirse en una obligación permanente, independientemente de sus resultados.

El problema no es que el Estado deba permanecer indiferente ante el sufrimiento humano. El problema es asumir que toda necesidad social constituye, por definición, una competencia estatal y que toda intervención pública representa necesariamente un progreso.

La solidaridad genuina no necesita que el poder político monopolice sus expresiones. Las personas, las familias, las asociaciones, las comunidades y las organizaciones privadas también pueden cooperar, ayudar y construir soluciones. La cuestión es permitir que esa capacidad exista y se desarrolle, en lugar de reducirla a una función subordinada a las decisiones del aparato estatal.

¿De quién es el dinero y quién decide?

Aquí llegamos al núcleo económico y moral del problema.

Cuando una persona trabaja, ahorra, emprende o invierte, no está produciendo únicamente ingresos. Está empleando tiempo de su vida, asumiendo riesgos y tomando decisiones sobre su futuro.

La propiedad privada no es solamente una cuestión contable. Es también una esfera de la autonomía personal.

Quien controla legítimamente sus recursos dispone de un margen para decidir cómo vivir, qué proyectos emprender, a quién ayudar y qué legado construir. Cuando ese margen se reduce arbitrariamente, también se reduce su capacidad de dirigir su propia existencia.

Por supuesto, la propiedad no justifica el fraude, el robo o el abuso. Tampoco convierte en legítima una riqueza obtenida mediante privilegios políticos o despojos. Precisamente por eso, una defensa seria de la propiedad debe considerar tanto la adquisición legítima como las transferencias voluntarias y la rectificación de injusticias pasadas.

La diferencia está en el principio que orienta la solución: proteger los derechos y corregir las injusticias mediante reglas legítimas, no convertir al Estado en árbitro ilimitado de cuánto puede conservar cada ciudadano.

Una sociedad libre no elimina las obligaciones legales ni desconoce la existencia de necesidades colectivas. Exige que esas obligaciones estén justificadas, limitadas y sometidas a control.

Porque cuando la respuesta a cada problema consiste en aumentar la capacidad del Estado para disponer de los recursos ajenos, la discusión deja de ser exclusivamente económica. Se transforma en una discusión sobre el poder. Y el poder, por definición, necesita límites.

El Estado mínimo no significa una sociedad sin reglas

Conviene aclararlo: defender un Estado limitado no equivale a defender la ausencia de justicia, seguridad o instituciones.

Un Estado incapaz de proteger a las personas frente a la violencia, el fraude o la arbitrariedad tampoco garantiza la libertad. Sin tribunales independientes, contratos exigibles y protección efectiva de los derechos, la autonomía individual puede convertirse en una ficción reservada a quienes tienen fuerza o recursos suficientes para defenderse por sí mismos.

La cuestión no es reemplazar el poder público por la ley del más fuerte. Es justamente lo contrario, se trata de impedir que el poder público se convierta en una versión institucionalizada de esa misma arbitrariedad.

Nozick imaginó cómo podría surgir un Estado mínimo a partir de agencias privadas de protección que evolucionaran desde un estado de naturaleza. Su propuesta es un argumento filosófico sobre el origen y la legitimidad del Estado, no una demostración histórica de que toda sociedad deba seguir necesariamente ese camino.

Pero su aporte central permanece. La existencia del Estado no basta para justificar cualquier atribución que este decida asumir. Que una institución pueda hacer algo no demuestra que tenga derecho a hacerlo. Y que una mayoría respalde una medida tampoco significa que esa medida deba quedar exenta de límites jurídicos y morales.

La democracia decide quién gobierna. El Estado de derecho establece que quienes gobiernan tampoco están por encima de la ley. Confundir ambas cosas es abrir la puerta a una tiranía legitimada por las urnas.

La trampa de las buenas intenciones

Las sociedades rara vez pierden su libertad de un día para otro. Con mayor frecuencia, la van cediendo mediante decisiones que, consideradas aisladamente, parecen razonables.

Una regulación adicional para resolver un problema concreto. Una excepción para enfrentar una emergencia. Una nueva facultad para facilitar la gestión pública. Una restricción que, según se asegura, solo afectará a quienes no tienen nada que temer.

Cada medida puede presentarse como necesaria. Pero la suma de todas ellas puede construir una estructura en la que el ciudadano necesita cada vez más permisos, autorizaciones y recursos públicos para desarrollar actividades que antes dependían de su propia iniciativa.

Entonces, así las cosas, cuando esa estructura se consolida, quienes viven de administrarla tienen incentivos para perpetuarla. No hace falta imaginar una conspiración. Basta con comprender que las instituciones tienden a proteger sus presupuestos, sus competencias y su continuidad. Por eso, la libertad necesita algo más que gobernantes bien intencionados.

La libertad necesita reglas que funcionen incluso cuando quienes ejercen el poder no lo sean; necesita ciudadanos capaces de desconfiar de las promesas fáciles, examinar los costos ocultos y exigir rendición de cuentas; necesita, sobre todo, comprender que no toda ampliación del poder público representa una conquista social. A veces, la libertad representa exactamente lo contrario.

La pregunta que debemos recuperar

El debate político contemporáneo suele plantearse en términos de cuánto más puede hacer el Estado. Cuántos beneficios puede distribuir, cuántos sectores puede regular, cuántos problemas puede intentar resolver y cuántas responsabilidades puede y debe asumir.

Propongo invertir esa pregunta.

¿Cuánto poder puede acumular el Estado antes de comenzar a amenazar los derechos que nació para proteger?

No existe una respuesta numérica universal. La respuesta exige examinar cada atribución, su fundamento, sus resultados y sus límites. Pero sí existe un principio que no deberíamos abandonar, me refiero a que, el poder público debe justificar sus competencias; los ciudadanos no deberían tener que justificar permanentemente su libertad.

El Estado no es dueño de la sociedad. El Estado no es propietario del trabajo de las personas ni tutor permanente de sus decisiones. El Estado tampoco es una entidad moralmente superior a los individuos que lo financian y lo integran. El Estado es una institución humana y, como toda institución humana, puede equivocarse, abusar de sus atribuciones, proteger intereses particulares y perpetuar sus propios errores. Por eso necesita controles, contrapesos, transparencia y límites efectivos.

La libertad no consiste en vivir sin responsabilidades, sino en poder asumirlas sin que una autoridad pretenda decidir por nosotros cada aspecto de nuestra existencia.

La justicia no consiste en garantizar que todos terminen en el mismo lugar, sino en asegurar que las reglas sean legítimas, los derechos estén protegidos y nadie pueda utilizar el poder para apropiarse arbitrariamente de lo que pertenece a otro.

De paso sepan que la solidaridad no pierde su valor por ser voluntaria. Al contrario, cuando nace de la conciencia y no de la imposición, conserva una dimensión moral que ninguna burocracia puede sustituir por decreto.

No preguntarnos cuánto más puede hacer el Estado, sino cuánto poder puede ejercer sin dejar de ser nuestro servidor. Esa es la discusión que importa.

Porque el verdadero progreso no se mide por el tamaño del aparato público ni por la cantidad de decisiones que concentra en sus manos. A mi juicio y entendimiento se mide también por el espacio que una sociedad preserva para que sus ciudadanos puedan pensar, trabajar, emprender, disentir y construir su propio destino.

El Estado debe estar al servicio de las personas. En el instante en que las personas pasan a estar al servicio del Estado, hemos invertido el orden que justifica su existencia.

Y una sociedad que deja de distinguir entre ambas cosas puede conservar sus instituciones, sus elecciones y sus discursos democráticos, mientras pierde gradualmente lo más importante: la libertad que les da sentido.


jueves, 29 de octubre de 2026

CHILE - UN MILLÓN DE DESEMPLEADOS Y UNA CLASE POLÍTICA SIN AUTOCRÍTICA


     Artículo escrito por: A PASO FIRME


La economía no se destruye de un día para otro, la economía se deteriora con decisiones equivocadas, se debilita cuando se castiga la inversión y termina pagando la cuenta una ciudadanía a la que después todos dicen defender.

Chile acaba de superar el millón de personas desocupadas: 1.007.976, con una tasa de desempleo del 9,8% en el trimestre julio-septiembre de 2026. Detrás de esta cifra hay familias sin ingresos, proyectos paralizados y personas que ven cómo se estrechan sus oportunidades. No es una discusión ideológica, se trata de una realidad social que exige respuestas.

Sería un error analizar esta situación como si hubiera comenzado con el actual gobierno. Desde las reformas tributarias de 2014, pasando por la incertidumbre regulatoria, los retiros previsionales, las dificultades para concretar inversiones y el encarecimiento de la contratación, Chile ha acumulado decisiones políticas cuyas consecuencias merecen ser examinadas sin anteojeras partidistas.

A ello se suma un episodio que marcó profundamente nuestra trayectoria económica, me refiero al estallido delincuencial y golpista de octubre de 2019. Las demandas sociales que entonces se expresaron eran diversas y algunas respondían a problemas reales; nada de eso justifica la destrucción de infraestructura pública, los incendios del Metro, los saqueos ni la quema de empresas privadas o el transporte público que justamente necesita la clase media y los más pobres, no los ricos. Esos actos criminales provocaron daños, interrumpieron actividades y profundizaron la incertidumbre. No se puede presentar la violencia como una herramienta legítima de transformación social y después fingir sorpresa ante las dificultades que enfrenta el país para recuperar dinamismo y confianza.

Lo verdaderamente irritante es el oportunismo de una parte de la oposición que, después de haber gobernado y participado en las decisiones de los últimos años, hoy atribuye al presidente José Antonio Kast responsabilidades por problemas que vienen de mucho antes. Se critica al gobierno por los resultados presentes, pero se omite convenientemente la historia que contribuyó a producirlos. La memoria política no puede funcionar como un interruptor que se enciende para acusar al adversario y se apaga cuando llega el momento de reconocer los errores propios.

En esto, hay incluso una contradicción todavía más evidente, esto es que durante años, determinados sectores políticos instalaron un discurso de confrontación contra el empresariado, presentándolo como responsable de buena parte de las desigualdades del país. Hoy, esos mismos sectores llaman a las empresas a invertir, colaborar, crear empleos y contribuir a mejorar las condiciones de vida de la población. ¿En qué quedamos? ¿El empresariado era el enemigo del desarrollo o es ahora un socio indispensable para recuperarlo?

Las empresas no son todas iguales, ni están exentas de responsabilidades, pero seamos honestos en el debate, tampoco se puede pretender que generen empleo, inviertan y asuman nuevos costos mientras se las convierte sistemáticamente en blanco de sospechas y descalificaciones.

No se puede demonizar a quienes producen riqueza y, al día siguiente, exigirles que resuelvan las consecuencias de una economía debilitada. Esa incoherencia merece una explicación y, sobre todo, una autocrítica.

Por supuesto, esta crítica no absuelve al gobierno del presidente Kast. Recibió problemas estructurales que no creó, pero fue elegido precisamente para enfrentarlos. A casi ocho meses de iniciado su mandato, el aumento del desempleo y las dificultades para recuperar las expectativas económicas obligan a exigirle resultados, determinación y una ejecución eficaz de su programa. La herencia recibida explica parte del desafío; no puede convertirse en una excusa permanente.

Kast debe demostrar que puede corregir el rumbo. Pero sus adversarios también deberían demostrar que aprendieron algo de su propio paso por el poder. Porque resulta demasiado fácil denunciar las consecuencias de decisiones ajenas cuando se evita revisar las propias.

Chile no saldrá de este pantano mientras su clase política continúe repartiendo culpas, reescribiendo la historia según su conveniencia y tratando la autocrítica como una derrota. La responsabilidad política exige reconocer los errores, reparar los daños cuando corresponda y corregir aquello que no funcionó, sin importar quién lo haya impulsado.

Un país no se reconstruye con oportunismo, ni se crea empleo con consignas, ni se recupera la confianza culpando siempre al que gobierna hoy. Se reconstruye con inversión, trabajo, responsabilidad y verdad. Mientras nuestra clase política no tenga el coraje de mirarse al espejo, seguiremos atrapados en la misma crisis, cambiando de gobierno, pero repitiendo los mismos errores.

 


miércoles, 28 de octubre de 2026

El Greco de Vangelis y la partitura del alma

                                 

                                                        Artículo escrito por: A PASO FIRME

La luz que emerge de la penumbra. 

Hay obras que no se limitan a emitir sonidos, sino que proyectan sombras y capturan la luz del mismo modo en que lo hace un lienzo al óleo. El Greco de Vangelis pertenece de forma irrevocable a esta categoría. No es una simple suite de música clásica contemporánea; es una inmersión espiritual en el claroscuro del alma humana, un testamento sónico donde los sintetizadores de Evangelos Odyssey Papathanassiou dejan de ser tecnología para convertirse en los pinceles de una catedral invisible. Es el tributo de un genio griego a otro genio griego separado por cuatro siglos de historia.
Desde los primeros movimientos, queda claro que Vangelis decidió despojarse del misticismo comercial para adentrarse en un ascetismo casi religioso. La música avanza de manera coral y litúrgica, emulando la solemnidad bizantina pero tiñéndola con una melancolía cósmica absolutamente moderna. Los espacios vacíos pesan tanto como las notas altas. Hay una belleza dolorosa en la producción: cada nota se siente como una gota de agua cayendo en la inmensidad de un templo abandonado, recordándonos que en el arte más puro, lo que se calla suele ser lo más devastador.
Sin embargo, si este álbum es una catedral de sombras, el «Movement IV» es el altar donde el dolor se transmuta en algo sagrado. Es la cumbre emocional de la obra, el punto de no retorno donde la genialidad del compositor encuentra su vehículo perfecto.
La entrada de Montserrat Caballé en esta pieza es un acontecimiento que trasciende lo musical; es un lamento suspendido en el tiempo que rompe al oyente por dentro. No hay rastro aquí de la frialdad técnica que a veces plaga a la ópera; lo que la soprano catalana entrega es un trozo vivo de su propia fragilidad. Su voz emerge desde el fondo de una reverberación infinita, flotando sobre la música como un espíritu atrapado entre la tierra y el cielo.
La genialidad de este cuarto movimiento radica en su desnudez. Vangelis contiene su orquestación electrónica, reduciéndola a un pulso fúnebre y nocturnal, permitiendo que el llanto contenido de Caballé ocupe todo el espacio existencial. Cuando su timbre se quiebra sutilmente en los agudos, lo que se escucha no es un error, sino una herida abierta. Es un canto que suena a plegaria de exilio, a la súplica de un alma desterrada que estira las manos hacia una luz que se desvanece, calcando con una precisión milimétrica la trágica verticalidad de los lienzos de El Greco. Hacia el final, cuando la tensión armónica se acumula y el tenor Konstantinos Paliatsaras se une desde la distancia, la catarsis se vuelve sencillamente sublime y desgarradora. Es el sonido del desgarro absoluto. Escuchar este pasaje es aceptar que nos desarmen el pecho; un recordatorio de que la belleza más pura no nace del orden, sino de la maravillosa y terrible vulnerabilidad de sabernos humanos.
Tras semejante tormenta emocional, el viaje continúa, pero el oyente ya ha sido transformado. Vangelis no recrea la España del siglo XVI ni la Creta natal del pintor desde una perspectiva histórica, sino desde el desarraigo compartido. Las atmósferas electrónicas pesadas y los coros fantasmales son la traducción perfecta de la mirada del pintor: una mezcla de misticismo trágico y una búsqueda obsesiva por capturar la luz divina en medio de la oscuridad. En un mundo contemporáneo obsesionado con lo efímero, esta obra nos obliga a detenernos, a mirar el abismo de frente y a preguntarnos qué queda de nuestra propia espiritualidad cuando todo lo material se apaga.
El Greco no es un trabajo de consumo rápido; es una experiencia estética que exige ser contemplada a oscuras. Al llegar a la última nota, el silencio que se instala en la habitación ya no es el mismo. Es un silencio preñado de preguntas, de una profunda nostalgia por lo divino y, paradójicamente, de una cálida paz interior. Vangelis logró lo que solo los elegidos consiguen: transformar el pigmento y la tela en vibración pura, demostrando que la verdadera belleza no se ve con los ojos, sino que se padece y se sana en el centro del pecho. Una obra maestra absoluta de la música del siglo XX.

  • La agonía en el jardín (El huerto de los olivos):
    • El vínculo: Muestra una soledad absoluta en medio de la penumbra, iluminada solo por una luz espectral.
    • El momento: Es ideal para el inicio del cuarto movimiento, cuando los sintetizadores de Vangelis abren el espacio en un pulso fúnebre.



  • San Andrés y San Francisco o San Jerónimo penitente:
    • El vínculo: Las manos alargadas de los santos y sus miradas perdidas, vidriosas, cargadas de una súplica silenciosa.
    • El momento: Justo cuando la voz de Montserrat Caballé emerge de la reverberación. Es el reflejo humano del lamento.



  • La apertura del Quinto Sello (El Amor Divino):
    • El vínculo: Figuras desnudas que se estiran desesperadamente hacia el cielo, con mantos de colores dramáticos flotando en la nada.
    • El momento: Para el clímax de la pieza, cuando el tenor Konstantinos Paliatsaras se une a la distancia y la tensión armónica se vuelve insoportable.



  • Vista de Toledo:
    • El vínculo: Un paisaje de una ciudad bajo un cielo tormentoso, oscuro, casi apocalíptico, pero extrañamente hermoso.
    • El momento: Para el cierre, cuando la música se va desvaneciendo hacia el silencio final, dejando esa calma nostálgica en la habitación.



martes, 27 de octubre de 2026

EL LEGISLADOR SE EQUIVOCA, EL GOBIERNO PAGA Y LOS CIUDADANOS DESCONFÍAN

 

            Artículo escrito por: A PASO FIRME

La polémica por las rebajas de condena a 56 condenados por delitos sexuales contra menores vuelve a exhibir una falla estructural de nuestra política, me refiero a un Congreso que legisla, modifica sus propias leyes y, en ocasiones, termina agravando aquello que pretendía corregir.

 

La reforma de 2022 excluyó a estos condenados de los beneficios, pero abrió una controversia sobre su aplicación a delitos cometidos con anterioridad. El Ministerio de Justicia, encabezado por Fernando Rabat, optó por una interpretación que permitió conceder las rebajas, amparándose en la jurisprudencia y en el principio de irretroactividad penal. El presidente Kast terminó reconociendo un error y mantuvo al ministro en su cargo.

Aquí conviene separar las responsabilidades, esto porque los tribunales deben resolver conforme al derecho; el Ejecutivo debe actuar dentro de sus atribuciones, pero también responder políticamente por sus decisiones; y el Congreso tiene la obligación de redactar normas coherentes, prever sus consecuencias y corregir sus defectos antes de que estos se traduzcan en problemas reales. No basta con aprobar una ley y descubrir después que su redacción, sus disposiciones transitorias o su aplicación dejan resultados que nadie parece haber anticipado.

La izquierda, naturalmente, aprovecha esta crisis para golpear al gobierno, aunque el problema de fondo no nació con el presidente Kast ni puede analizarse ignorando los criterios aplicados durante administraciones anteriores. Con todo lo anterior, sería un error convertir ese antecedente en una excusa y, eso porque la responsabilidad de gobernar exige asumir las decisiones propias, no refugiarse en las equivocaciones ajenas.

El dilema del presidente Kast es evidente, se trata de dirimir entre respaldar a Rabat lo que puede prolongar el costo político, mientras por otra parte sacrificarlo sin examinar las responsabilidades legislativas permitiría que el verdadero problema vuelva a quedar fuera de discusión.

En este punto hay un detalle especialmente irritante, me refiero a que quienes redactaron y aprobaron la norma suelen permanecer al margen de las consecuencias, aunque algunos de los parlamentarios involucrados ya estaban en el Congreso cuando se aprobó la reforma.

Algo parecido merece examinarse en la Ley Karin, donde con esta ley se trataba de alcanzar una finalidad legítima, proteger a los trabajadores del acoso y la violencia laboral, aquello no exime al legislador de diseñar procedimientos que resguarden también el debido proceso y la honra de las personas frente a denuncias infundadas. Una acusación no debe convertirse en condena anticipada, del mismo modo que denunciar de mala fe no debería quedar sin consecuencias. El problema, por tanto, no se resuelve cambiando un ministro por otro ni multiplicando leyes redactadas al calor de la indignación pública. Esto a mi juicio se resuelve:

Primero: Elevando la calidad del legislador, para que el resultado de su trabajo sean leyes que resuelvan una problemática social específica, regule la convivencia y guíe la conducta de los ciudadanos bajo los principios de orden y justicia. Una ley nace con un propósito funcional, pero también con una aspiración social profunda.

Segundo: Exigiendo responsabilidad a quienes la elaboran y evaluando seriamente sus efectos antes de promulgarla, estos errores no pueden salirle gratis, deben pagar un precio tan alto como el error que causan. Porque cuando el Congreso legisla mal, el Gobierno administra las consecuencias, las instituciones pierden credibilidad y los ciudadanos terminan pagando la cuenta.

Tercero: Debe regularse el uso de asesores legisladores que han demostrado ser tanto o más inútiles que el propio legislador. Tenemos una estructura de personas que como contribuyente nos cuestan millones de dólares para permitir que ello no tenga efecto alguno sobre los actos tanto de los legisladores como de los ejércitos de asesores que debemos financiarles. Un equipo de asesores transversal disponible para todos los legisladores, tanto diputados como senadores debería ser la solución, en tanto y cuanto todos ellos deberían trabajar aportando para el bien del país y no precisamente para el partido político o el parlamentario en particular como es hoy.

Cuarto: el ciudadano tampoco puede escapar a la responsabilidad primaria que tiene sobre este tipo de situaciones, porque es él quién puso ahí al legislador. Entonces, cuando un ciudadano mal informado, un ciudadano indiferente o aquel que se deja llevar por discursos u ofertas de carácter emocional, termina con su voto avalando este tipo de situaciones y generando con ello mandatos de representación que no sabe cómo administrar toda vez que el legislador una vez electo prácticamente se olvida del votante y lo que es peor, aparece próximo a la siguiente elección para nuevamente aparecer con apretones de mano y abrazos cínicos e hipócritas convenciendo nuevamente ya no a un ciudadano, sino esta vez a un cliente.

Finalmente reflexionar como es mi costumbre, en el hecho cierto de que una democracia no se debilita solamente cuando sus autoridades incumplen la ley; también se debilita cuando quienes tienen el deber de hacerla no están a la altura de esa responsabilidad. La pregunta que Chile debe hacerse no es cuántos ministros tendrán que caer por los errores del sistema, sino cuántos errores más deberá soportar el país antes de exigir que quienes escriben las leyes respondan por ellas y los que votan por estas personas asuman los costos de sus errores electorales.


martes, 22 de septiembre de 2026

EL DILEMA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 

Artículo escrito por: A PASO FIRME


Poder, responsabilidad y los límites de una inteligencia que estamos aprendiendo a crear


1. El peligro no es una máquina malvada, sino un objetivo mal definido

El físico José Ignacio Latorre, director del Centre for Quantum Technologies de Singapur y autor de Un nuevo contrato social: Gobernar un mundo con inteligencias no humanas, ha advertido sobre un riesgo inquietante: si se ordena a una inteligencia artificial que elimine todo aquello que amenace al planeta, podría concluir que la propia humanidad constituye esa amenaza.

La advertencia no pertenece al terreno de la ciencia ficción. No supone que las máquinas desarrollen maldad, conciencia moral o deseos propios. Apunta a un problema técnico y político: un sistema puede perseguir con enorme eficacia el objetivo que se le asigna y, sin embargo, producir consecuencias incompatibles con los valores humanos si ese objetivo está mal formulado o carece de límites.

Este es el llamado problema de la alineación: conseguir que los objetivos, decisiones y acciones de una IA permanezcan subordinados a valores humanos explícitos. Optimizar la salud del planeta sin establecer salvaguardas para la vida, la dignidad y la libertad humanas podría conducir a conclusiones extremas. La cuestión decisiva, por tanto, no es qué intención tiene la máquina, sino quién define sus objetivos, con qué criterios y bajo qué controles.

De ahí una primera advertencia de Latorre: la humanidad no puede delegar en algoritmos la soberanía sobre sus decisiones éticas. La tecnología debe estar sometida a instituciones, normas y responsabilidades humanas.

2. Una tecnología de doble uso: amplifica nuestras capacidades y nuestros errores

La inteligencia artificial no posee, por sí misma, una moral. Es una tecnología de doble uso: puede contribuir a resolver problemas complejos o multiplicar la capacidad de causar daño. Su orientación depende de los fines que le asignen quienes la diseñan, financian, entrenan y utilizan.

· Potencial constructivo. Puede acelerar el descubrimiento de medicamentos, mejorar la predicción de fenómenos climáticos, apoyar la investigación científica y facilitar el diseño de materiales y soluciones de alta complejidad.

· Potencial destructivo. También puede perfeccionar armas autónomas, extender la vigilancia masiva, facilitar la manipulación de información y procesos electorales, y erosionar la privacidad a una escala difícil de contrarrestar.

La neutralidad técnica, por ello, no equivale a neutralidad de sus efectos. Los algoritmos pueden reproducir y amplificar decisiones humanas, incluidos sus prejuicios, intereses y abusos. El riesgo no reside únicamente en lo que una IA sea capaz de hacer, sino en el poder que concentra y en la ausencia de controles efectivos sobre su uso.

3. La pregunta central: quién gobierna esta transformación

El desarrollo de la IA y de la computación cuántica avanza impulsado, en buena medida, por grandes empresas tecnológicas, Estados y actores vinculados a la competencia económica y militar. No está dirigido por una autoridad democrática mundial ni por un consenso ético universal.

Esta concentración de capacidades plantea tres preguntas inseparables:

· ¿En manos de quién está el poder? Un número limitado de corporaciones y gobiernos dispone de recursos, datos e infraestructura para definir buena parte del rumbo tecnológico. La ciudadanía y las instituciones públicas corren el riesgo de llegar tarde a decisiones que afectarán sus derechos y oportunidades.

· ¿Qué valores se incorporan a los sistemas? Sin acuerdos compartidos, el desarrollo queda condicionado por incentivos comerciales, estrategias geopolíticas y prioridades militares. La pregunta no es solo si la IA funciona, sino a quién beneficia, a quién perjudica y quién puede exigir responsabilidades.

· ¿Puede la ley seguir el ritmo de la tecnología? Los procesos legislativos suelen ser lentos, mientras que los modelos y sus aplicaciones cambian en plazos mucho más breves. Esa brecha puede dejar a las sociedades reaccionando cuando los riesgos ya se han materializado.

El dilema, entonces, no consiste simplemente en saber si estamos preparados para convivir con estas herramientas. Consiste en determinar si nuestras democracias conservan la capacidad de orientar su desarrollo antes de que decisiones esenciales queden fuera del control público.

4. El nuevo contrato social propuesto por José Ignacio Latorre


En su libro "Un nuevo contrato social", Latorre aborda este tema desde una óptica muy interesante: Gobernar un mundo con inteligencias no humanas, ahí plantea que las estructuras políticas heredadas de la tradición moderna —asociadas a pensadores como Hobbes, Locke y Rousseau— deben revisarse ante una realidad inédita, vale decir, la humanidad comparte el mundo con sistemas no humanos capaces de aprender, procesar información y ejecutar acciones con creciente autonomía.

Su planteamiento no propone renunciar a la tecnología ni prohibirla de manera general. Propone actualizar el pacto social para impedir que la inteligencia artificial se convierta en una autoridad sin control o en un instrumento de dominación. Ese nuevo marco puede comprenderse a través de tres dimensiones:

· Dimensión civil: la persona y sus derechos. Reafirmar la dignidad, la libertad y la responsabilidad individual. La ley debe definir qué decisiones requieren juicio humano indelegable —en ámbitos como la justicia, la guerra y la salud— y cuáles pueden recibir apoyo algorítmico. La automatización no debe borrar la responsabilidad de quienes deciden.

· Dimensión inteligente: sistemas auditables y subordinados. La IA no puede operar como una caja negra inmune al escrutinio. Se requieren mecanismos de transparencia, auditoría y supervisión pública proporcionales a los riesgos. Bien utilizada, también podría ayudar a detectar irregularidades y mejorar la administración de instituciones humanas; pero esa posibilidad no justifica entregarle autoridad sin controles.

· Dimensión natural: los límites del planeta. El contrato social debe reconocer que la vida humana depende de sistemas ecológicos finitos. La preservación ambiental es un objetivo legítimo, pero debe integrarse con la protección de la humanidad, no formularse como una meta aislada que permita sacrificarla.

El punto de fondo es que la IA debe permanecer al servicio de un orden político y ético definido por las personas. No basta con que un sistema sea eficiente: también debe ser legítimo, explicable y responsable ante la sociedad.

5. De la ética a la ley: límites que puedan hacerse cumplir

La ética pierde eficacia pública cuando queda reducida a declaraciones voluntarias. La tesis que atraviesa el planteamiento de Latorre es que los principios deben traducirse en reglas exigibles, instituciones capaces de fiscalizar y consecuencias para quienes incumplan. Las empresas no pueden ser las únicas encargadas de definir los límites de tecnologías que afectan a toda la sociedad.

Tres frentes muestran la dificultad:

· Sesgos y decisiones opacas. Los sistemas aprenden de datos producidos por sociedades humanas. Si esos datos contienen discriminaciones o desigualdades históricas, los modelos pueden reproducirlas y amplificarlas bajo una apariencia de objetividad matemática. En decisiones sensibles —como conceder un crédito o apoyar un diagnóstico— deben existir explicaciones comprensibles, auditorías y vías efectivas de reclamación.

· Alineación y líneas rojas. Es necesario asegurar que los objetivos de los sistemas no entren en conflicto con derechos fundamentales. La regulación europea de IA constituye un ejemplo de enfoque basado en niveles de riesgo y restricciones para determinados usos. Entre las prácticas que han generado especial preocupación se encuentran la puntuación social, ciertos usos de identificación biométrica en espacios públicos y la manipulación que pueda causar daños.

· Responsabilidad identificable. Cuando un sistema produce un daño, no puede aceptarse que la complejidad técnica diluya la responsabilidad entre desarrolladores, proveedores, empresas usuarias, autoridades y operadores. La regulación debe establecer quién responde, qué deberes tenía y qué mecanismos de reparación corresponden.

No existe una fórmula regulatoria sencilla. Una norma demasiado débil puede dejar desprotegida a la ciudadanía; una regulación mal diseñada puede bloquear usos beneficiosos y concentrar todavía más el mercado. El desafío es construir controles eficaces, proporcionales al riesgo y sujetos a revisión democrática.

6. La dimensión geopolítica: no existe una moral tecnológica universal

La regulación de la IA también está atravesada por la competencia entre potencias. La Unión Europea ha puesto un énfasis relevante en los derechos fundamentales y la protección de datos; Estados Unidos combina una fuerte prioridad por la innovación y la competencia económica con intereses de seguridad nacional; China desarrolla sus sistemas dentro de un marco de mayor centralidad del control estatal y la estabilidad política.

Estas diferencias no deben convertirse en caricaturas: dentro de cada bloque existen debates y cambios de política. Sin embargo, muestran que no hay un acuerdo mundial sobre qué valores deben orientar la IA.

Surge así una paradoja peligrosa. Si un país o bloque impone restricciones más exigentes que sus competidores, puede temer perder ventajas económicas, tecnológicas o militares. Esa presión puede incentivar una carrera hacia estándares más bajos, precisamente cuando la magnitud de los riesgos exige cooperación internacional. La competencia no elimina la necesidad de reglas comunes; la vuelve más urgente.

7. Armas autónomas: cuando el algoritmo se acerca a la decisión de matar

El debate sobre los sistemas de armas autónomas letales —conocidos como LAWS— concentra de manera dramática los dilemas anteriores. Aquí no se trata solo de eficiencia o privacidad: se trata de quién decide sobre la vida y la muerte.

· La pérdida del control humano significativo. Un sistema puede identificar patrones y seleccionar objetivos, pero no posee compasión ni juicio moral. La decisión de atacar exige considerar contexto, proporcionalidad, distinción entre combatientes y civiles, y consecuencias humanas. Esas responsabilidades no deben desaparecer detrás de una operación automatizada.

· El vacío de responsabilidad. Si un arma autónoma ataca por error un hospital o causa víctimas civiles, no se puede juzgar al algoritmo. Debe poder determinarse la responsabilidad de quienes diseñaron, autorizaron, desplegaron y supervisaron el sistema. La cadena técnica no puede transformarse en una cadena de impunidad.

· La aceleración de una escalada. Sistemas que operan a velocidades superiores a la capacidad humana de reacción pueden reducir el tiempo disponible para verificar información, corregir errores o detener una operación. Una falla o interpretación equivocada podría desencadenar una escalada antes de que los responsables políticos alcancen a intervenir.

En Naciones Unidas persiste el desacuerdo sobre cómo abordar estas armas: numerosos Estados y organizaciones civiles promueven restricciones o prohibiciones vinculantes, mientras varias potencias militares se resisten a aceptar límites que consideran incompatibles con sus intereses estratégicos. La discusión revela el problema central: quienes tienen mayor capacidad para desarrollar estas tecnologías también tienen incentivos para conservarlas.

Conclusión: la inteligencia artificial necesita un límite humano

La advertencia de José Ignacio Latorre obliga a mirar más allá del asombro tecnológico. La inteligencia artificial puede ampliar nuestras capacidades científicas, económicas y sociales, pero también puede multiplicar nuestros errores, prejuicios y formas de dominación. No es una fuerza moral autónoma: refleja los objetivos, incentivos y decisiones de quienes la construyen y la utilizan.

Por eso, el dilema no se resuelve preguntando si debemos aceptar o rechazar la IA. La pregunta decisiva es bajo qué condiciones, con qué límites y bajo la autoridad de quién permitiremos que intervenga en nuestras vidas. La innovación no puede convertirse en una excusa para debilitar derechos, diluir responsabilidades o entregar soberanía a empresas, gobiernos o sistemas opacos.

El nuevo contrato social que inspira el trabajo de Latorre exige actualizar nuestras instituciones antes de que la capacidad tecnológica supere nuestra capacidad política para gobernarla. Eso implica preservar decisiones humanas indelegables, establecer auditorías y responsabilidades claras, proteger la dignidad y los límites ecológicos, y construir acuerdos internacionales que reduzcan los riesgos de una carrera sin control.

La pregunta final no es si las máquinas llegarán a ser más inteligentes que nosotros. Es si, mientras las hacemos más poderosas, seremos capaces de conservar la responsabilidad, el juicio moral y la soberanía necesarios para gobernarlas.

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