Artículo escrito por: A PASO FIRME
Chile tiene aproximadamente el treinta por ciento de las reservas mundiales de litio, treinta por ciento, un número que suena a poder, a ventaja estratégica, a futuro asegurado; sin embargo, mientras discutimos cómo administrar esa riqueza, el mundo tecnológico ya está trabajando, silenciosamente en alternativas que podrían relativizar ese dominio.
La historia económica no premia al que tiene el recurso, premia al que entiende el momento.
Durante años, el litio fue el rey indiscutido del almacenamiento energético: alta densidad, eficiencia, versatilidad; se trata de la columna vertebral de los vehículos eléctricos y de la transición energética global, pero el litio no es perfecto.
Su extracción en salares requiere enormes volúmenes de agua, particularmente sensibles en zonas como el norte de Chile. El proceso de reciclaje es tanto complejo como costoso y las baterías contienen elementos críticos como cobalto y níquel, que agregan desafíos ambientales y sociales.
Nada de esto lo invalida, pero sí lo relativiza.
Mientras tanto, el sodio, un elemento abundante, presente en la sal común y en el océano, comienza a ganar terreno.
Las baterías de sodio no tienen la misma densidad energética que las de litio, es decir, pesan más para almacenar lo mismo, pero ofrecen ventajas relevantes, por ejemplo, menor costo, materias primas ampliamente disponibles, menor presión geopolítica, menor toxicidad, mayor facilidad de reciclaje, mejor tolerancia a temperaturas extremas. En aplicaciones de almacenamiento estacionario como redes eléctricas, el sodio puede ser perfectamente competitivo.
Aquí es donde aparece el dato estratégico, empresas como BYD ya han anunciado avances tanto en baterías de sodio como en baterías de estado sólido, con planes de producción hacia 2027. China no está apostando todo a una sola carta química, está diversificando, está investigando, está anticipando.
Mientras tanto, en Chile, el debate público gira en torno a cómo administrar la renta del litio …y cómo cubrir déficits fiscales inmediatos, he aquí donde el análisis se vuelve incómodo, porque tener el recurso no equivale a dominar la tecnología, tener reservas no equivale a tener industria, tener ventaja natural no equivale a tener estrategia. Chile podría estar invirtiendo agresivamente en investigación aplicada, fabricación de celdas, desarrollo de reciclaje avanzado, formación de capital humano especializado y diversificación hacia nuevas químicas como el sodio.
Pero el foco, el foco sigue estando, una vez más, en la extracción primaria.
Entonces, conviene mirar hacia atrás.
A comienzos del siglo XX, Chile era el principal productor mundial de salitre natural; el salitre era nuestro oro blanco, financiaba al Estado, sostenía la economía y parecía una fuente inagotable de recursos ...hasta que la ciencia hizo su trabajo.
En 1909, el químico alemán Fritz Haber, junto a Carl Bosch, desarrollaron el proceso que permitió sintetizar amoníaco a partir del nitrógeno del aire, el famoso proceso Haber-Bosch, ¿el resultado? Fertilizantes sintéticos, ¿el impacto? Devastador para la industria salitrera chilena.
No fue una guerra, no fue un bloqueo, no fue una conspiración, fue ciencia, innovación, conocimiento aplicado y, en pocos años, la riqueza que parecía eterna se evaporó. Las oficinas salitreras quedaron abandonadas en el desierto, pueblos completos desaparecieron, la economía chilena entró en una crisis profunda.
La pregunta es inevitable, ¿Aprendimos algo? Porque hoy volvemos a escuchar el mismo relato: “Tenemos el recurso estratégico del siglo XXI.” y puede ser cierto, pero también puede ser parcialmente cierto.
Si el mundo avanza hacia baterías de sodio, estado sólido u otras químicas emergentes …si la densidad energética mejora …si los costos bajan …si el reciclaje se simplifica…
¿El litio seguirá siendo importante? Sí, pero no necesariamente hegemónico y depender exclusivamente de su renta podría ser, otra vez, un error histórico.
La experiencia del salitre debería formar parte de la memoria colectiva de Chile, porque no fue la política la que reemplazó al salitre, fue la ciencia; no fue un decreto, fue conocimiento aplicado con disciplina y visión de largo plazo.
La pregunta final es incómoda, pero necesaria, ¿Estamos usando el litio para construir futuro tecnológico …o para financiar presente político? Porque si la respuesta es lo segundo, la historia podría repetirse.
La porfía de anteponer la política al conocimiento no es una experiencia heredable, es una experiencia repetible y Chile, Chile ya sabe cómo termina esa historia.