En otra entrega anterior creé una reflexión comparativa desde el punto de vista del análisis de una teoría politológica, lo de hoy respecto de lo mismo, una visión ciudadana.
Lo que estamos presenciando no es una discusión jurídica honesta, es una escenificación moral selectiva.
Durante casi treinta años, Venezuela fue sometida a un proceso sistemático de demolición institucional con persecución política, presos de conciencia, tortura documentada, ejecuciones extrajudiciales, hambre utilizada como mecanismo de control social, exilio forzado de millones y una economía criminalizada hasta los cimientos. Todo eso NO OCURRIÓ EN LA OSCURIDAD, ocurrió con informes, con cifras, con testimonios, con cadáveres, ocurrió ante las cámaras y ocurrió, sobre todo, con un silencio cómplice sencillamente ensordecedor.
Entonces aparece la pregunta incómoda, esa que hoy muchos prefieren evitar:
¿Cuándo el derecho internacional pasó a ser más sagrado que los derechos humanos concretos de millones de personas?
El derecho internacional no es un dogma teológico, es un instrumento. Se supone que existe para proteger a los seres humanos, no para blindar a tiranos cuando ya han destruido todo lo que ese mismo derecho dice defender.
Cuando el derecho se convierte en coartada para la inacción, deja de ser justicia y pasa a ser burocracia moralizada.
Aquí es justamente donde la hipocresía se vuelve obscena.
Durante décadas, ONU y OEA produjeron comunicados, misiones exploratorias, expresiones de preocupación, resoluciones sin consecuencias, informes solicitados a la alta comisionada para los DD.HH. El régimen entendió el mensaje con absoluta claridad, pueden seguir...y siguieron, porque nadie les puso freno ni asignó un costo real.
Hoy, cuando se discute una acción directa contra el responsable máximo de esa maquinaria criminal, súbitamente el mundo se llena de juristas televisivos, de guardianes del orden internacional, de líderes que descubren, bastante tarde y con absurdo dramatismo, que las normas existen, vaya descubrimiento milagroso que han hecho, justo cuando el abusador se encamina a perder el poder.
En términos ciudadanos comunes, no en trincheras politológicas ni aulas de universidad, la pregunta correcta no es si una acción así tensiona el derecho internacional.
La pregunta correcta a mi juicio es: ¿Qué legitimidad conserva un orden internacional que toleró durante décadas una narcodictadura a plena luz del día?
Porque sepan que hay una verdad que incomoda a los salones diplomáticos y es que cuando el sistema internacional falla de manera prolongada, otros actores llenan el vacío, no por altruismo, sino porque el mundo real no se congela esperando consensos imposibles.
No se confundan con mis palabras, esto no es una apología del unilateralismo ni del “todo vale”, esto es algo más incómodo todavía, es reconocer que la neutralidad frente al crimen también es una toma de partido, también determina una posición.
Sepan que mirar para el costado mientras se destruye un país no es prudencia, es abandono. Sepan que la legalidad sin justicia termina siendo solo una forma elegante de cobardía.
¿Dónde estaban ONU y OEA cuando el hambre se volvió política pública?
¿Dónde estaban cuando la migración venezolana forzada se transformó en la mayor tragedia humanitaria del continente?
¿Dónde estaban cuando los informes se acumulaban y nadie actuaba?
Llegaron tarde y ahora pretenden darnos lecciones.
El problema no es que hoy se hable de derecho internacional, el problema es que sólo se hable cuando el verdugo corre peligro, nunca cuando la víctima grita.
Eso, eso es mucho más que una discusión legal, es un fracaso moral.
Se trata de un influyente politólogo estadounidense y profesor distinguido en la Universidad de Chicago, en su obra "The Tragedy of Great Power Politics", un libro cautivante, él argumenta que el conflicto entre potencias es inevitable debido a la falta de un gobierno mundial y la imposibilidad de conocer las verdaderas intenciones de otros Estados. Su visión contrasta en interesantes debates - que pueden buscar - con otros autores liberales como Robert Keohane o Lisa Martin; en mi caso me quedo con la teoría que plantea el profesor Mearsheimer.
Aquí entonces un breve análisis utilizando su teoría y mi interpretación, para explicar lo que la administración del presidente Trump ha hecho al capturar a Nicolás Maduro, vamos por partes.
Primero, no hay un árbitro supremo en el mundo, tampoco un juez que haga sonar el silbato cuando un Estado cruza la línea, lo que hay son discursos, tratados, etc., pero no hay árbitro, eso es lo primero que el profesor Mearsheimer pone sobre la mesa.
El escenario internacional no es una corte; es un campo abierto donde cada actor cuida su supervivencia.
Segundo, en ese mundo, afirma Mearsheimer, ningún Estado puede permitirse creer en las buenas intenciones del otro, las intenciones cambian, los gobiernos pasan, los discursos mutan, lo único constante es el poder y, quien no lo acumula, lo pierde, así de simple. Por eso las grandes potencias no se limitan a defenderse: avanzan, no esperan el golpe; lo neutralizan antes de que exista.
Ahí nace el realismo ofensivo, no como una ideología, sino como una descripción incómoda de cómo se comportan los que mandan de verdad.
Bien, ahora imaginemos a Estados Unidos mirando su entorno inmediato, el hemisferio que históricamente ha considerado vital para su seguridad. En ese mapa aparece Venezuela: un Estado fracturado, atravesado por redes de narcotráfico, con vínculos abiertos con potencias rivales, convertido en plataforma de desorden regional. Desde el lenguaje del derecho internacional, eso es “soberanía”, desde el lenguaje de Mearsheimer, eso es una amenaza latente.
En ese contexto entra el presidente Donald J. Trump, no como personaje moral, sino como decisor. La pregunta no es si capturar a Nicolás Maduro es legal. Esa pregunta, en este marco, es secundaria. La pregunta real es otra: ¿conviene? ¿Reduce riesgos futuros? ¿Elimina un foco de inestabilidad? ¿El costo político y estratégico es menor que el costo de dejarlo intacto?
Si la respuesta es sí, la acción deja de ser escandalosa y pasa a ser racional.
Entonces, ¿Qué sucede?, el derecho internacional, en este relato, no desaparece, simplemente llega tarde, ¿Por qué?
Primero ocurre el hecho, después llegan los comunicados, las resoluciones, las condenas simbólicas y, si la operación resulta exitosa, con el tiempo, la historia se encarga de reescribirla como “necesaria”, “inevitable” o “excepcional”.
El profesor Mearsheimer no se escandaliza por eso, tampoco lo celebra, lo describe, dice sin rodeos que las grandes potencias no obedecen al sistema: lo moldean. Las normas pesan mientras no estorben, entonces, cuando estorban, se doblan. Y si no se doblan, se rompen.
Así, la captura de Maduro, más allá de tratados, tribunales y comunicados, no sería una aberración del orden mundial, sería su funcionamiento normal. El mismo patrón que ya se ha visto antes: primero Noriega, después Bin Laden, luego Soleimani. Distintos contextos, misma lógica.
El realismo ofensivo no pregunta si algo es justo, pregunta si es útil.
En el mundo que describe el profesor Mearsheimer, esa pregunta es la única que realmente importa.
En palabras simples, en política internacional no mandan las leyes: manda el poder que se atreve a ejercerlas cuando dejan de servirle.
En este espacio
de pensamiento crítico, los invito a internarnos en una reflexión diferente de
las habituales, esta vez los invito a navegar por ideas y reflexiones donde lo
políticamente correcto lo dejaremos en la puerta, para ingresar descalzos en el
terreno incómodo de las preguntas que casi nadie quiere hacer, con respuestas
que pocos quieren oír. Sin tratarse ni pretender de instalar una verdad, lo que
propongo es sentido común, el cada vez más escaso de los sentidos.
Occidente está
enfermo, no de una gripe pasajera, sino de un mal crónico que mezcla decadencia
política, corrupción moral y un espejismo de progreso; fuimos advertidos que toda
civilización vive su “ocaso” – al igual que sucedió con los grandes imperios,
donde todo comenzó con el nacimiento o conquista, para llegar a la consolidación y con
ello alcanzar su apogeo, para continuar posteriormente hasta su estancamiento,
devenir en decadencia y terminar viviendo el ocaso y caída –, pero aquí no
estamos en un museo: vivimos en carne propia una decadencia descrita por tantos
a lo largo de cada uno de los ciclos de nuestra historia.
Hagamos el
ejercicio de observar cómo esa caída libre ocurre frente a nuestros ojos, desde
gobiernos que prometieron seguridad a cambio de libertad, hasta potencias que
antes eran faros de democracia y ahora parecen caricaturas de sí mismas.
En un pequeño
país de centro-américa el miedo fue el combustible para la obediencia; durante
décadas las pandillas convirtieron las calles en cementerios a cielo abierto, entonces,
apareció un mesías político con un mensaje simple: “yo acabaré con ellos”. Y
cumplió. Hoy las cárceles rebalsan, la criminalidad se desplomó y el ciudadano
común, exhausto de funerales, aplaude la mano dura, así es como hoy lucen
orgullosos más de 1.000 días sin homicidios.
Ahí, el sacrificio,
a mi juicio, fue otro: el estado de derecho se convirtió en un lujo secundario.
El sospechoso ya no es inocente hasta probar lo contrario, sino culpable hasta
que la autoridad lo absuelva, por tanto, aunque los aplausos suenen fuertes, la
pregunta no es si este sacrificio traerá paz, sino si devolverá la democracia plena, más
lejos aún, ¿aporta y mejora la democracia en una sociedad que ha tocado fondo y
por tanto ha debido renunciar a mucho para recuperar la paz interna?, la
pregunta no parece baladí, más bien, parece bastante razonable para los tiempos
que vivimos. Dicho diferente, ¿están ahí las condiciones para una democracia que les permita avanzar sin ir de la mano de un gobierno que limita libertades a cambio de seguridad interna?
Disculpe que sea redundante; en tiempos
antiguos, un pensador escribió que, el pueblo cansado de la anarquía siempre
está dispuesto a entregar su libertad al soberano absoluto que promete orden.
Esa advertencia no era teoría: era premonición y aquí la vemos cumplirse, no en
los libros, sino en la carne viva de un pueblo que escogió seguridad a
cualquier precio.
Más al norte,
el imperio que alguna vez fue faro de libertad y progreso ha caído en la
paradoja de librar batallas contra sus propios aliados. En nombre del interés nacional,
se levantan muros arancelarios incluso frente a quienes fueron socios
estratégicos durante un siglo. El discurso es claro: “primero nosotros,
después… nadie”. El problema es que este imperio vive de su red de alianzas, no
de su aislamiento. El cemento que mantenía unida a la comunidad occidental se
está resquebrajando y lo irónico es que, al mismo tiempo que proclama grandeza,
se encierra en sí mismo, debilitando precisamente lo que lo convirtió en grande;
concedámosle sin embargo y por ahora el beneficio de la duda al liderazgo validado por una
abrumadora mayoría, donde la actual política encarna una reacción nacionalista
y proteccionista contra el globalismo liberal imperante, con un discurso
disruptivo que alteró el orden internacional establecido tras la Guerra Fría y que parecía ya superado.
Su política exterior hoy luce más como un reality show que una estrategia de
largo plazo. Da la impresión de que el coloso se debate entre querer ser
guardián del orden mundial o ser una rutilante estrella de televisión. Mientras
entretiene a las masas con frases altisonantes, el tablero geopolítico parece
moverse en su contra o al menos en otra dirección.
En el corazón
de Europa, al menos tres naciones que alguna vez fueron emblemas de cultura, filosofía y
modernidad atraviesan una crisis silenciosa pero profunda.
En una, la
locomotora industrial se encuentra oxidada: la energía cara, la industria en
retirada y una política más preocupada de la corrección ideológica que de la
productividad real. En otra, una isla orgullosa de su independencia se enredó
en una separación que prometía soberanía y terminó dejando cicatrices
económicas y sociales; finalmente en la patria de la “libertad, igualdad y
fraternidad”, los suburbios arden cada cierto tiempo, no solo por protestas
sociales, sino por un choque cultural que amenaza con fragmentar la identidad
misma de un país que cada día luce más irreconociblemente pálido respecto de la
grandeza y brillo que lo vio florecer.
Los países
nórdicos, tradicionalmente admirados por sus altos estándares de libertad,
igualdad y desarrollo social, comienzan a mostrar signos de retroceso frente al
desafío de sostener su vasto estado de bienestar. El costo de mantener tan
amplios derechos sociales para una población cada vez más diversa, se ha visto
tensionado por políticas de inmigración muy abiertas, que, si bien buscaban
integración y solidaridad, han generado dificultades en la cohesión cultural y
en la sostenibilidad del sistema. A ello se suma un debate moral interno:
sociedades de gran probidad y ética cívica, pero que, en su apertura, han
impulsado transformaciones en torno a temas de sexualidad y género que no todos
perciben como progreso, sino como una forma de libertinaje que debilita los
valores tradicionales. En este cruce de tensiones —entre inclusión,
sostenibilidad y moral social— se refleja el ocaso parcial de un modelo que
alguna vez fue visto como el ideal del estado moderno.
El Viejo
Continente, que alguna vez dictó las reglas del mundo, hoy se consume en
debates internos sobre identidad, migración, género y memoria histórica. Como
escribió un pensador francés en el siglo XIX, “los pueblos no mueren de hambre,
mueren de aburrimiento”. Hoy Europa parece morir, lentamente, de un exceso de
relativismo.
Si hay un
continente que ha convertido la política en tragicomedia, es el nuestro. Así es
como tenemos un país austral, ejemplo durante décadas de estabilidad y
progreso, que llegó a ser el oasis de Latinoamérica pero que sin embargo ardió
en octubre de 2019. Jóvenes iluminados, al calor de barricadas y adoquines,
prometieron refundar la nación desde sus cimientos. Hoy, apenas unos años
después, esos mismos gobiernan con la torpeza de adolescentes que confunden
consignas con políticas públicas. El resultado: una economía estancada,
inseguridad, cesantía, más un descontrol migratorio inducido bajo el eslogan de
“migrar es un derecho”, ahora desborda la paciencia ciudadana y relega las
necesidades más básicas a los nacidos de esa tierra, para poner primeros en la
fila a aquellos que sin importar si ingresaron por la puerta o la ventana, hoy
copan los servicios que el resto les financia.
Cruzando la
cordillera, otro país intenta dinamitar más de 70 años de un modelo populista
que destruyó lo que alguna vez fue la joya económica de América. Su líder de
turno habla de motosierra y libertad, pero la carga del pasado es pesada:
corrupción enquistada, deudas impagables y una sociedad fragmentada. Así y
todo, los avances superan incluso las expectativas que ellos mismos tenían, sin
embargo, ya comienzan a batirse tambores que hablan de corrupción, ¿propaganda
o realidad?, aquello está por verse.
Más al norte, en
el mismo continente, el socialismo convertido en narcoestado devoró a una de
las naciones petroleras más ricas del planeta, la más rica del barrio en algún
momento, hoy saqueada por ideologías perversas al amparo de una sociedad que no
comprendió el valor de la responsabilidad cívica y la libertad. Luego, tenemos una
isla que fue potencia azucarera, pero que hoy compite con otra isla, sólo al
nivel de determinar dónde hay más miseria. Por otra parte un país que hasta hace pocos años tuvo un
caudillo cocalero que destrozó la economía de su nación andina y hoy con nuevas
y renovadas luces, pronto intentará recuperar décadas de división y corrupción a
efectos de volver a insertarse alejados del eje del mal. Siguiendo en este
viaje por el continente, un ex guerrillero convertido en presidente que llegó
al poder para demostrar que la violencia del pasado no era un error, sino un
camino, el mismo que cubierto de sombras intenta zafarse de la autoría de
crímenes contra sus opositores que luchan para convertirse en una alternativa
real al proyecto de decadencia y corrupción imperante; situación muy similar a
otro país en Centroamérica, con un gobernante tan siniestro como el recién
descrito, dueño de un autoritarismo populista que sostiene el control absoluto
de las instituciones, la represión de opositores y el debilitamiento de la
democracia bajo el discurso de revolución y soberanía nacional, donde por
cierto, también suscribe la política de aniquilar a sus adversarios políticos.
Párrafo aparte
merece el gigante de Sudamérica, el que vive una paradoja que erosiona
gravemente su prestigio democrático: el retorno al poder de un expresidente que
había sido condenado por corrupción, liberado en un proceso judicial cargado de
controversias y cuestionamientos de legitimidad. Esta decisión abrió la puerta
a que un líder con cuentas pendientes frente a la ciudadanía volviera a
gobernar, mientras al mismo tiempo se desplegaba una ofensiva judicial
implacable contra su principal adversario político, acusado y procesado bajo
sospechas que muchos consideran más políticas que jurídicas. Todo ello agravado
por el rol de un Tribunal Supremo cuya imparcialidad y credenciales
democráticas son ampliamente debatidas, lo que alimenta la percepción de que la
justicia ha dejado de ser un poder neutral para convertirse en un actor
político decisivo. Así, una nación con el potencial de encabezar el desarrollo
regional se ve atrapada en un laberinto de polarización y desconfianza
institucional, donde la justicia se percibe más como instrumento de poder que
como un garante de derechos.
En suma, la
región se ha vuelto un museo de fracasos: dictaduras perpetuas, presidentes
encarcelados, suicidios políticos y democracias frágiles, lo más grave:
sociedades resignadas a sobrevivir entre cinismo y corrupción, como si nada
mejor fuera posible. Sociedades que viven los efectos de un péndulo que oscila
entre dosis de libertades versus totalitarismos aniquilantes, sin encontrar un
equilibrio que otorgue sustento a largo plazo.
Entre tanta
decadencia, en el viejo mundo, en pequeños países surgen poderosas ideas que
nadan contra la corriente. No todos ellos son potencias tradicionales, sin
embargo, entendieron que ceder soberanía a burócratas globales es perder
identidad. Defienden fronteras, familia, tradiciones y fe, aunque se les tache
de autoritarios o reaccionarios, ellos evidentemente promueven un nacionalismo
que lucha por recuperar el valor de la familia y tradiciones arraigadas por
siglos, estos pequeños gigantes parecen ser los que al menos en esta etapa del
ciclo, intentan con mayor fuerza mantener encendido el faro que conduce a reconstruir
robustamente los pilares básicos de la sociedad occidental, me refiero a derechos
humanos más relevantes como el derecho a la vida, la libertad de decidir sobre
sí mismos sin violar los derechos de los demás y el derecho a la propiedad
privada.
Alguna vez
alguien afirmó que “el verdadero progreso es dar la vuelta atrás cuando se ha
equivocado de camino”. Eso hacen hoy esas sociedades: no buscan ser aplaudidas
en foros internacionales, sino proteger lo que aún consideran sagrado, incluso
cuando grupos poderosos los miren con desprecio, quizás allí, en esas verdaderas
islas de resistencia, esté el germen de un renacimiento.
Mientras
tanto, en Oriente se consolida un gigante que no necesita elecciones para
legitimar su poder. Su fuerza radica en disciplina, producción y estrategia a
largo plazo. Mientras Occidente discute pronombres, este gigante diseña
satélites y los pone en órbita, controla minerales y expande su influencia por
el globo.
Este gigante
desafía los moldes de la democracia liberal: sin elecciones libres ni
pluralismo político ha encontrado en la disciplina social, la producción masiva
y la estrategia de largo plazo la base de su legitimidad. Su modelo se sostiene
en la eficacia antes que, en la libertad, sacrificando la propiedad privada, el
pensamiento crítico y la expresión ciudadana en nombre de la estabilidad y el
progreso colectivo, el control social está a la orden del día y rige el destino
de millones en las grandes ciudades y en el resto del planeta cuando se les
permite invertir fuera de sus fronteras. Mientras Occidente debate sobre
consensos y derechos, ellos avanzan con un proyecto centralizado que convierte
al individuo en engranaje de una maquinaria nacional, demostrando que el poder
no siempre necesita votos para consolidarse, sino resultados tangibles que
alimenten el orgullo y la obediencia de millones.
Lo que ocurre ahí
no es exactamente una paradoja entre democracia y totalitarismo, porque aquel régimen
no se define como democrático en el sentido occidental de elecciones
competitivas, separación de poderes y libertad de expresión. Más bien, es un
modelo de autoritarismo con legitimidad de desempeño, es decir, el partido gobernante
no obtiene su poder de las urnas, sino de los resultados que ofrece
—crecimiento económico, aparente estabilidad social, proyección internacional y
control—. La paradoja, en todo caso, surge en la percepción externa: mientras
para Occidente el progreso debe sustentarse en derechos individuales y
participación política, para este gigante de Oriente se justifica el control
férreo del Estado como precio a pagar por la prosperidad colectiva. Podría
decirse que no es una mezcla de democracia y totalitarismo, sino un
totalitarismo pragmático, que sacrifica libertades a cambio de orden y
desarrollo, cuya eficacia pone en entredicho la supuesta superioridad
incuestionable de la democracia liberal.
Sobre Europa
hace ya tiempo se cierne otra sombra: la expansión de una corriente ideológica
de raíz religiosa y profundamente expansionista que no se conforma con
coexistir. No hablamos de fe sincera, sino de un proyecto ideológico que busca
hegemonía. Sus templos se multiplican, los barrios se transforman, las
protestas ondean banderas que insisto con fuerza, no llaman a convivir, sino a
someter. Lo que en principio se presentó como multiculturalismo se acerca
peligrosamente a un poder hegemónicamente monocultural, la caída del imperio
Otomano no significó abandonar una aspiración propia del origen de ese imperio
y que era la supremacía y control de los infieles, es decir, de todos aquellos que
profesan una fe diferente a la de ellos, por el contrario, primero silenciosamente
y hoy de forma abierta, se abren paso a este control ideológico de raíz
religiosa.
Con todo lo
anterior, cuando uno mira a Occidente hoy, es inevitable sentir una mezcla de
orgullo y tristeza. Por un lado, orgullo por lo que alguna vez fuimos capaces de
construir: democracias fuertes, sociedades vibrantes, pletórica de reales
pensadores, con arte, ciencia, progreso. Tristeza en el lado opuesto, porque lo
que vemos en el espejo actual no se parece mucho a los sueños que teníamos
cuando éramos niños. Quizás Calderón de la Barca tenía razón al afirmar que
“los sueños, sueños son”, sin embargo, me niego a pensar que aquello pueda ser
aplicado a nuestras aspiraciones de mundo y sociedad que pretendemos.
¿Recuerda? De
pequeños, con inocencia, cerrábamos los ojos mientras nos decían que el futuro
sería luminoso: imaginábamos autos que volarían, ciudades inteligentes, paz
mundial, un planeta unido por la razón y la justicia. Nos hicieron creer que
todo lo bueno estaba por venir, nos hablaban de un siglo XXI en el que nuestras
necesidades estarían satisfechas producto del desarrollo de nuestro esfuerzo intelectual,
creatividad, disciplina y perseverancia, hoy sin embargo, miramos atrás con
nostalgia y de alguna forma quisiéramos volver a algún punto de nuestro pasado,
volver quizás para esta vez darnos el tiempo de disfrutar lo que teníamos comprendiendo
en profundidad su valor intrínseco, o quizás volver para darnos la oportunidad utópica
de corregir y reescribir desde ahí el futuro, ambas situaciones verdaderamente
imposibles, porque al volver a abrir los ojos, terminamos aterrizando en la
dura realidad que significa aceptar que, aquí estamos: discutiendo no cómo
conquistar las estrellas, sino cómo sobrevivir a la corrupción, la violencia y
el miedo.
Entre lo
posible y lo ideal se abrió un abismo. Lo posible nos muestra gobiernos que nos
ofrecen seguridad a cambio de libertad, sociedades que ceden ante la comodidad,
pueblos enteros que aceptan la mentira porque la verdad resulta demasiado
dolorosa e incómoda. Lo ideal en cambio, sigue ahí, intacto, como un faro
lejano que todavía ilumina, aunque cada vez más débilmente.
Quizás nos
hemos vuelto adultos demasiado pronto, cansados y conformistas. Hoy nos
preguntamos si acaso ese futuro murió antes de nacer, o si aún late, escondido,
esperando que lo reclamemos. Lo cierto es que la confusión está ahí: ¿debemos
aceptar lo que hay, resignarnos a este mundo decadente, o atrevernos a
perseguir lo que soñamos alguna vez? Entre esas dos orillas navegamos, y a
veces pareciera que Occidente ha decidido dejarse llevar por la corriente, sin
remar, sin voluntad, esperando que otro decida por nosotros.
Todavía nos
queda una certeza: el presente. Aunque frágil y convulso, sigue siendo nuestro.
Quizás ha llegado el momento de comprender que avanzar requiere gestos de autentica
generosidad, capaces de desprendernos de egos, egoísmos y vanidades. Solo así
podremos construir un futuro sostenible y sustentable, entregándolo todo en ese
efímero instante que nos pertenece: el ahora.
Tal vez el
desafío no sea recuperar lo que fuimos, sino atrevernos a recordar lo que
soñamos, tal vez el camino no sea escoger entre seguridad y libertad, sino
preguntarnos qué sociedad queremos dejarle a quienes aún creen que el futuro
puede ser un lugar aceptable.
No estamos
ante un accidente, sino ante el resultado de incontables décadas de decisiones
erradas, de valores diluidos, de comodidad disfrazada de progreso. Quizás, como
dijo un pensador alemán, la historia se repite dos veces: Una vez como
tragedia, otra como farsa.
La farsa está
aquí. La tragedia aún puede evitarse.
Quizás
Occidente aún tenga la oportunidad de renacer, pero no será con aplausos
fáciles ni con promesas de falsa seguridad: será con sacrificio, con coraje y
con una memoria que se niegue a olvidar quiénes fuimos y qué valores nos
hicieron grandes.
Varias
preguntas me golpean con fuerza al final de esta reflexión, ¿estamos dispuestos
a resignarnos, o todavía tenemos el valor de luchar por el mañana que alguna
vez imaginamos con los ojos inocentes de un niño?, ¿podrá Occidente resistir o
más bien, querrá resistir?, dicho de otra forma, más brutal, más incisiva y más directa,
siento que ya no se trata de si podemos salvarnos, a mi juicio se trata de si todavía
queremos hacerlo, para qué y a partir de cuándo.
El mundo está ardiendo y no es una metáfora, es la escena literal de
un planeta descompuesto: guerras que se multiplican como plagas, economías
fracturadas, oleadas de migrantes que huyen de todo menos de la desesperanza, y
una élite global que juega ajedrez sobre un tablero de ruinas. Mientras tanto,
en Chile, seguimos discutiendo a Allende y a Pinochet como si aún estuvieran
vivos. Y quizás lo están, no en cuerpo, pero sí en espíritu: los extremos los
han resucitado para seguir desgarrándonos por dentro.
A más de medio siglo del quiebre institucional de 1973, no hemos
aprendido nada. Absolutamente nada. Ni del socialismo mesiánico que
prometía el paraíso sin tener pan, ni del gobierno cívico-militar que trajo
orden al precio de la sangre. No hay superación, no hay madurez política. Sólo
hay una disputa obscena por ver quién manipula mejor el trauma nacional.
Hoy nuestro país se enfrenta a una nueva encrucijada, y no es menos
peligrosa que la de entonces. La polarización no es una amenaza futura: es
la realidad presente. Lo más triste es que no se debe a las ideas, sino a
la falta de ellas. Los discursos se repiten como letanías de odio: unos
prometiendo que vendrá el hambre de la UP si gana la izquierda; otros
advirtiendo que sin una mano firme y dura como la del general Pinochet no hay
futuro posible. ¿Ese es el debate que nos merecemos en 2025?
Y el “centro”, ese supuesto espacio de moderación no existe. No
tiene rostro, ni voz, ni alma. Fue devorado por su cobardía, por su falta de
convicciones, por su terror al conflicto. Ya nadie cree en los acuerdos, porque
nadie los encarna. El centro político no es opción: es un fantasma que recorre
pasillos del Congreso sin decir nada, sin hacer nada, sin representar a nadie.
Y cuando creíamos que el cinismo había tocado techo, aparece ChileVamos.
Esa pseudo derecha que ahora nos pide a gritos unidad para enfrentar al
comunismo, como si recién lo hubieran descubierto. Como si no hubieran sido
ellos quienes lo alimentaron, le abrieron las puertas y entregaron cuotas de
poder. ¿O acaso no empoderaron a Jeannette Jara, hoy presidenciable del PC, sin
el menor pudor? Ahora nos llaman a “cerrar filas” para impedir su triunfo, como
si fuéramos idiotas, como si no fuera evidente el doble juego, el plan burdo:
levantar al monstruo, y luego llegar como salvadores. Es como si un pirómano se
quejara del incendio que él mismo provocó; es una bofetada a la inteligencia
del electorado y, lo que es peor: es una burla a la historia.
Hoy la política chilena es un mercado de apariencias: no importa lo
que haces, sino a quién logras culpar. Los partidos tradicionales ya no existen
para proponer un país, sino para sostener sus propios privilegios. Se han
enquistado en una sociedad apática, desconectada de la política y alejada de
cualquier noción de responsabilidad cívica. Esa misma anomia, esa renuncia
colectiva a involucrarse, nos ha sumido en un caos valórico profundo. Hemos
perdido el ethos que alguna vez nos cohesionó, ese sentido compartido de
propósito y pertenencia que, con todos sus defectos, nos permitió avanzar hacia
la prosperidad. Una prosperidad que no supimos valorar ni cuidar. Pagamos el
precio por despreciar todo lo que no fuera nuestro metro cuadrado, por
abandonar la idea de nación en favor del confort individual. Hoy no hay
estrategia, no hay proyecto, no hay misión ni visión de país. Sólo hay cuotas,
hay listas, hay cocinas políticas y operadores reciclados, en cambio, hay un
pueblo que grita por lo más básico: vivir sin miedo, caminar sin ser violentado,
que el asesino no salga libre y que el corrupto pague caro su osadía, que la
frontera exista para mantenernos alejados de las redes de narcotráfico y los
indeseados, que el sueldo alcance y que la justicia funcione. Nada más. Nada
más.
Pero ni eso
pueden ofrecer.
No se equivoquen: este hartazgo no es de derecha ni de izquierda, es
de sentido común. Es el clamor de esa mayoría silenciosa que no quiere
volver al 73, pero que tampoco quiere aceptar que 2026 empiece a parecerse. Esa
mayoría no quiere discursos con olor a naftalina, ni líderes de utilería
fabricados para la coyuntura. No quiere apretones de mano falsos ni abrazos
cínicos. Lo que exige es claro: seguridad, orden y justicia. Y eso no
debería encontrarse en los extremos, no deberíamos vernos forzados a repetir
historias con finales tristes. Sin embargo, aquí estamos otra vez, mirando
hacia un extremo de la misma cuerda, el único que parece ofrecer algo parecido
a coraje, aunque haya sido convenientemente tergiversado por quienes necesitan siempre
que elijamos entre democracia o caos, como si no existiera otra salida.
No nos
perdamos en esa trampa. No hay ni habrá posibilidad alguna de reeditar los
casi 17 años del gobierno cívico-militar, y no por moralismo, sino por una
razón muy simple: no podemos seguir creyendo que las Fuerzas Armadas
resolverán lo que el poder civil no ha tenido el coraje de enfrentar.
Porque cuando los políticos fallan, cuando no asumen sus errores, lanzan a
otros al fuego para salvarse ellos. Y lo peor es que muchos de esos mismos
siguen hoy circulando por los pasillos del poder, impunes, vendiendo recetas
fracasadas que aún encuentran compradores. Compradores no por convicción, sino
por falta de agallas.
Pero esta crisis no es obra exclusiva de los corruptos, de los
ambiciosos ni de los fanáticos, no nos perdamos en aquello, también es fruto
del silencio de quienes miran para otro lado, de los que se acostumbraron al
deterioro, de los que prefieren callar para no incomodarse. Las grandes
ruinas de las naciones no se levantan sólo por la acción decidida de quienes
hacen el mal, sino también por la pasividad de quienes, pudiendo impedirlo,
optan por no hacerlo. Cada vez que renunciamos a involucrarnos, a exigir, a
pensar críticamente, abrimos una grieta más en el edificio de nuestra
república. Y cuando finalmente se venga abajo, no podremos decir que no lo
vimos venir, porque lo vimos y sencillamente lo dejamos pasar.
El precio de mirar hacia el lado no es sólo la pérdida de la
libertad: es tener que vivir bajo el dominio de quienes jamás debieron gobernar
y, eso es algo que las generaciones actuales parecen no comprender, porque
no lo han experimentado como nosotros. Al fin y al cabo, nadie puede hablar
del sabor del jugo de naranjas si nunca lo ha probado, pero la pregunta es
otra: ¿Es necesario beber cicuta para entender que puede matarnos?
Porque si no despertamos a tiempo, serán precisamente los indiferentes, los
porfiados, los corruptos o los peores quienes decidan, con su pasividad o su
obstinación, condenarnos a repetir la historia que tanto costó escribir… y aún
más, superar.
La historia no va a absolver a nadie y menos a
los cobardes. Chile ya no necesita más mártires ni caudillos: necesita adultos,
adultos responsables.
Han pasado más de cincuenta años
desde que Chile, dividido por ideologías irreconciliables, casi se desangra a
sí mismo. No fue un terremoto, ni una guerra extranjera, sino una destrucción
interna, una implosión provocada por el afán de imponer un régimen socialista
radical, liderado por Salvador Allende, que fracturó al país, destruyó la
economía, desató violencia y llevó a enfrentar a chilenos contra chilenos.
Hoy, medio siglo después, cuando
ya se creía que esas lecciones estaban aprendidas, Chile se encuentra
nuevamente frente al mismo abismo, esta vez disfrazado de democracia, con
la posibilidad real de elegir presidenta a una comunista: Jeannette Jara.
¿Cómo se llega a esto? ¿Qué debe
pasar en una sociedad para querer revivir su propia tragedia?
La respuesta no está en el
presente. Está - a mi juicio - en las décadas de abandono, en una batalla cultural que se
perdió en silencio. Mientras la política se reordenaba en los 90’s tras la
recuperación democrática, se cometió un acto que pasaría inadvertido, pero que sería
decisivo: la eliminación de la asignatura de Educación Cívica. No hubo
debate, no hubo alerta, no hubo resistencia y, con ese acto, se arrancó de
raíz el deber ciudadano de conocer la historia, de entender las instituciones,
de saber cómo funciona y se protege una democracia.
Mientras tanto, los que perdieron
en el plano político —los derrotados del proyecto de la UP— ganaron en el
terreno de las ideas, de los símbolos, del lenguaje, del relato. Y nadie se
los impidió. Contaron la historia como quisieron, como si hubieran sido
víctimas inocentes de una tragedia sin causa, como si la violencia, el quiebre
institucional y la insurrección no hubiesen existido.
Se impuso su versión en las
aulas, en la cultura, en los medios y, lo que es peor, en la conciencia de los
más jóvenes, los mismos que más tarde se convertirían en la generación de
reemplazo de una sociedad que había decidido esconder la fractura en vez de
trabajar por sanarla. Mientras el país retomaba su rumbo democrático, se
perdió una oportunidad histórica: la de contar con verdad y por dolorosa que
resultara, con matices y sin eufemismos, lo que realmente ocurrió durante los
años de la Unidad Popular y sus consecuencias. Padres que callaron por
temor o cansancio, profesores que optaron por la comodidad ideológica o el
adoctrinamiento, una prensa más preocupada de los símbolos que del fondo y, una
clase política que eligió el consenso artificial por sobre la pedagogía cívica,
todos fueron parte del pacto tácito de silencio o de distorsión.
En vez de abrir espacios de
diálogo intergeneracional donde el dolor, la responsabilidad compartida y las
lecciones del pasado sirvieran como cimiento de una democracia robusta y madura,
se optó por reescribir la historia en blanco y negro, con héroes y villanos
definidos por conveniencia, no por hechos. Así, los jóvenes crecieron
sin comprender realmente qué fue lo que sus padres y abuelos vivieron, sin
dimensionar las causas reales del quiebre institucional y, mucho menos el
peligro de repetir ese mismo error con otras palabras y rostros nuevos. El
resultado fue una generación desconectada de su raíz histórica, más emocional
que racional, convencida de que todo lo anterior fue oscuridad y represión, y
que lo nuevo —aunque radical— representa dignidad y justicia.
Ese fue el triunfo más
silencioso, pero más profundo, de una batalla cultural que nunca se quiso dar: la
entrega del relato nacional a quienes fueron derrotados políticamente, pero que
supieron ganar en el terreno de las conciencias.
Chile abandonó la
responsabilidad y abrazó la comodidad. Se dejó de hablar de deberes, de
esfuerzo, de sacrificio. Se exaltaron los derechos como si fueran eternos,
automáticos, desvinculados de cualquier compromiso. La prosperidad alcanzada
gracias al trabajo de millones fue vista no como una conquista, sino como una
deuda pendiente. La meritocracia fue reemplazada por la victimización; la
libertad por la igualdad forzada; la superación personal por el resentimiento.
Y así, generación tras
generación, se incubó una cultura que desprecia el trabajo como camino a la
libertad. A los jóvenes se les enseñó que el trabajo es una forma de
opresión, que esforzarse es someterse, que enriquecerse por medios propios es
ser cómplice de un sistema injusto. La narrativa marxista se filtró en las
rendijas de la democracia, no con armas, sino con eslóganes, con frases
bonitas, con canciones de moda y con profesores adoctrinados.
Se instaló la idea perversa de
que el trabajo enriquece al rico y empobrece al pobre. Que el esfuerzo es
explotación. Que merecer la felicidad no depende de ganársela, sino de exigirla
como derecho. Y así, el joven chileno dejó de mirar al futuro como un
desafío, y comenzó a mirarlo como una promesa que otro le debe cumplir.
La batalla cultural se perdió
porque nadie la quiso dar. Porque los que sabían, callaron. Porque los que
gobernaban, transaron. Porque los que se enriquecieron con el modelo, jamás lo
defendieron. Y porque una sociedad que solo quiere ser feliz, pero no
responsable, está condenada a ser esclava de quienes sí tienen un proyecto
claro… aunque sea totalitario.
¿Qué ocurrió adicionalmente?
¿Cómo una sociedad que vivió en carne propia los efectos de un experimento
ideológico puede hoy, sin mayor resistencia, abrirle nuevamente la puerta?
La respuesta es compleja, pero
dolorosamente clara: falló la memoria colectiva.
Chile, como tantas otras
sociedades, cometió el error de pensar que el paso del tiempo cura todas las
heridas. Pero no basta con el tiempo; se necesita conciencia, educación, verdad
y valentía para enfrentar lo que fue. En vez de enseñar la historia reciente
con honestidad, se la escondió, se la minimizó o, peor aún, se la
reinterpretó con fines ideológicos. En los colegios, universidades y medios
de comunicación, se borraron matices, se idealizó al pasado y se demonizó
selectivamente al adversario.
Las nuevas generaciones que nunca
necesitaron hacer una fila indigna y forzada para obtener un trozo de pan, han
sido criadas con una visión parcial, superficial, a veces romántica, del
socialismo revolucionario. Se les ha hablado de "luchas sociales", de
"resistencias populares", de "dignidad arrebatada", pero no
se les ha contado que en nombre de esas luchas también se sembró el caos, se
intentó subvertir el orden democrático, y se arrinconó al menos a medio país.
La falla de la sociedad no fue
el conflicto, sino el silencio posterior. Nos volvimos cómodos. Los que
vivieron aquellos días prefirieron callar, por dolor, por miedo, por cansancio.
Y las instituciones —los partidos, los medios, la educación— no cumplieron con
su deber de preservar la memoria crítica.
¿Será que el tiempo nos juega en
contra? Sin duda. El tiempo, cuando no se acompaña de memoria, es un
cómplice del olvido. Y el olvido es el terreno fértil para repetir errores.
La juventud de hoy no recuerda, porque no vivió. Y muchos adultos tampoco
enseñaron, porque no supieron cómo hacerlo o no quisieron remover viejas
heridas.
Hoy vemos cómo las promesas del
populismo vuelven a encantar: derechos para todos, justicia social, enemigos
comunes, refundaciones. Pero lo que se oculta —como ayer— es el precio: la
libertad, la institucionalidad, el respeto al otro, la paz.
Chile está a punto de tropezar
con la misma piedra, no por ignorancia, sino por negligencia moral. Porque
una sociedad que no protege su historia, que no defiende su verdad, que no se
reconoce en sus propios errores para no repetirlos, está condenada a
revivirlos. Y esta vez, el costo podría ser aún mayor.
Hoy Chile no está al borde de
repetir su historia. Ya comenzó a hacerlo. El olvido, el abandono de los
valores republicanos, la confusión moral, el desprecio por el mérito y el
adoctrinamiento disfrazado de justicia social han pavimentado este camino.
Y si no se despierta pronto, si
no se recupera la memoria, si no se defiende la verdad, será demasiado
tarde. No por culpa de un partido ni de una candidata, sino por culpa de
todos nosotros.
A propósito de una iniciativa
parlamentaria que apareció estos días en
las noticias y, que busca sancionar con cárcel a quienes difundan
investigaciones penales en casos que estén como reservados por la justicia y
que lo han llamado “moción de protección de antecedentes en proceso penal”, ha
surgido mi interés de darle una vuelta respecto de las implicancias de esta
iniciativa, para ello me valí de la experiencia de lecturas previas, consulté
otras de estudiosos sobre el tema y si bien no soy filósofo — y mucho menos un
modelo de virtud —, me atreveré a abordar este tema con una óptica filosófica,
ética e incluso moral, con la humildad de quien sabe que razona desde sus
propias contradicciones… como todo buen ser humano que se respete.
La reserva del caso, una figura
procesal común en los sistemas de justicia penal se establece para proteger la
eficacia de las investigaciones, resguardar los derechos de las partes
involucradas y evitar la contaminación de pruebas o la fuga de sospechosos. En
Chile, como en otros países, el Ministerio Público puede decretar la reserva
para restringir la difusión de información durante etapas sensibles del proceso
investigativo. No obstante, esta medida entra en tensión con el derecho a la
información y la libertad de prensa, pilares fundamentales en una democracia.
Este breve análisis y reflexión en función de lecturas previas sobre el tema,
más mi propio entendimiento basado en lo que comprendo por sentido común,
explora estas tensiones a la luz de las reflexiones de pensadores clave de la
filosofía política, ética y del derecho, proponiendo dos líneas argumentativas:
una que condena la transgresión de la reserva, y otra que la justifica bajo
ciertos principios democráticos.
Desde una perspectiva que
privilegia el orden, la seguridad y la integridad institucional, la reserva del
caso cumple un rol fundamental. Thomas Hobbes, en Leviatán, argumenta
que el Estado debe garantizar la paz y el orden, y que los ciudadanos deben
ceder parte de su libertad para asegurar estos bienes comunes, yendo un poco
más allá, Hobbes trata en este libro sobre la justificación del poder absoluto
del Estado como garantía de paz y seguridad y argumenta que, sin un gobierno
fuerte, los humanos vivirían en un estado de guerra constante, por lo que es
necesario un soberano con poder total para mantener el orden social, claro que
ahí podríamos desviarnos un poco del tema y estar yendo demasiado lejos, sin
embargo, desde esta óptica, divulgar información, según Hobbes, reservada
socava la autoridad legítima del Estado y puede generar caos o frustrar la
administración de justicia.
Immanuel Kant, en su Metafísica
de las costumbres, enfatiza la necesidad de respetar el deber y las normas
como imperativos categóricos. Filtrar información en contra de una orden
judicial o fiscal representa, en este marco, una falta grave al deber cívico y
moral. La transgresión implica instrumentalizar a otros (los investigados, las
víctimas, la sociedad) con fines posiblemente ajenos al deber moral, lo que
para Kant es éticamente inaceptable.
John Rawls, en su Teoría de la
justicia, podría respaldar la reserva como parte de un sistema jurídico
justo. Según Rawls, las instituciones deben operar bajo principios que todos
aceptarían desde una "posición original" de equidad. La reserva
protege la imparcialidad del proceso judicial, y su transgresión podría minar
la justicia procedimental, afectando la confianza en el sistema.
Por el contrario, desde una
perspectiva que prioriza la libertad individual, el escrutinio público y el
control del poder, se puede defender la filtración como un acto legítimo,
incluso necesario. John Stuart Mill, en Sobre la libertad, sostiene que
la libertad de expresión y de prensa son fundamentales para evitar la tiranía y
permitir la corrección de errores institucionales. Desde su lógica
utilitarista, si la filtración sirve al bien público y revela prácticas
indebidas, su valor moral puede superar su carácter ilegal.
Hannah Arendt, quién fue una
filósofa y teórica política germano-estadounidense, conocida por sus estudios
sobre el totalitarismo, el poder, la libertad y la naturaleza del mal, aporta
otra clave en su trabajo Verdad y política, ahí se discute el valor de
la verdad factual en la vida pública. Arendt critica la manipulación de la
información por parte de los poderes del Estado y sostiene que la ocultación
sistemática erosiona la confianza ciudadana. En contextos donde la reserva se
usa para encubrir negligencia o abuso, la filtración se convierte en un acto
político legítimo.
Michel Foucault, filósofo
francés, en sus estudios sobre poder y saber (Vigilar y castigar, La
verdad y las formas jurídicas), argumenta que el conocimiento es
inseparable del poder. Para Foucault, controlar la información es una forma de
gobernar. Filtrar datos reservados puede ser un modo de resistir la
concentración opaca del poder, visibilizando prácticas que de otro modo
permanecerían en la sombra. Desde esta mirada, el secreto judicial no es
siempre neutral: puede ser una “tecnología de control”.
El debate entre secreto
investigativo y libertad informativa no tiene una solución universal. La ética
contemporánea invita a analizar caso a caso. La filósofa Martha Nussbaum, desde
una perspectiva de ética de las capacidades, sugiere que debemos evaluar qué
capacidades humanas se ven afectadas. Si el secreto perjudica gravemente la
agencia moral de los ciudadanos, podría estar justificada su ruptura.
Jürgen Habermas, otro filósofo y sociólogo
alemán, con su teoría de la acción comunicativa, plantea que la legitimidad
democrática surge del consenso racional en el espacio público. Si la reserva de
un caso impide deliberaciones fundamentales sobre el poder judicial o político,
la transparencia podría ser preferible para sostener la racionalidad
democrática.
En esta encrucijada se ubican los
medios de comunicación, actores clave en la mediación entre el poder
institucional y la ciudadanía. Su labor de informar tiene un fundamento ético y
democrático indiscutible. Sin embargo, cuando se enfrentan a causas judiciales
bajo reserva, deben ponderar si divulgar información filtrada cumple una
función social o si, por el contrario, entorpece una investigación en curso.
Desde la óptica de Karl Popper, otro
filósofo austriaco-británico, conocido por su teoría de la falsación como
criterio de demarcación científica y por su defensa de la sociedad abierta –
nos dice que, una sociedad abierta requiere que las instituciones estén bajo
constante revisión pública. Los medios, en tanto fiscalizadores, podrían tener
la responsabilidad de divulgar información cuando el secreto sirve para
proteger intereses oscuros. No obstante, esta función debe ser ejercida con
responsabilidad epistémica, es decir, con la capacidad de discernir entre la
necesidad de informar y el riesgo de obstruir la justicia.
Otros autores nos recuerdan que
los actos sólo pueden ser evaluados dentro de una tradición moral coherente. Si
los medios actúan movidos por el sensacionalismo o intereses económicos, su
intervención en casos reservados no puede ser éticamente validada. Pero si
actúan como guardianes del interés público, incluso la transgresión puede tener
justificación moral.
Con todo lo anterior, decidir si
es correcta o no, moral o éticamente válida alguna o cada una de las diferentes
posiciones sobre esta discusión, no es tarea sencilla. La decisión de mantener
en reserva una investigación o de divulgarla debe contemplar múltiples
dimensiones: legales, éticas, políticas y sociales. Hay fundamentos filosóficos
robustos para sostener la necesidad de la reserva como mecanismo de protección institucional.
Pero también existen argumentos poderosos que la cuestionan cuando su uso encubre
injusticias o cuando el conocimiento público es esencial para el control
democrático.
En este marco, el rol de los
medios de comunicación es crucial. Su función de informar puede chocar con las
restricciones legales impuestas por la reserva, pero también puede ser una vía
de control social frente a abusos de poder. La pregunta clave no es solo si es
legal divulgar, sino si es legítimo desde el punto de vista democrático y
ético. Los medios deben actuar con prudencia, discernimiento y compromiso con
la verdad, asumiendo que en ocasiones el deber de informar puede entrar en
tensión con el deber de proteger.
Esta tensión es inherente a las
sociedades abiertas: entre el deber de proteger y el derecho a saber. Su
resolución no puede recaer solo en normas formales, sino en la deliberación
pública, el juicio ético, la responsabilidad cívica y el rol constructivo y
crítico de los medios de comunicación.
Finalmente, estamos nosotros: los
lectores, los ciudadanos de a pie, los consumidores de titulares y
revelaciones. Los que, con el desayuno en la mano y el ceño fruncido, decidimos
quién es culpable y quién inocente con la misma soltura con la que cambiamos de
canal. Quizás —solo quizás— deberíamos detenernos un instante a pensar qué
hacemos con la información que recibimos. ¿Nos vuelve más sabios? ¿Más libres?
¿O solo más ansiosos y mejor alimentados de escándalos?
Si Hobbes nos pide orden, Mill
nos exige libertad, Foucault nos alerta del poder oculto y Arendt nos recuerda
que la verdad también puede ser incómoda, ¿Qué nos exigimos a nosotros mismos
como audiencia? Tal vez llegó el momento de que, entre tanto filósofo, también
el lector saque su voz. ¿Estamos listos para eso? O, mejor dicho: ¿Nos conviene
estarlo?