Artículo escrito por: A PASO FIRME
Un Estado gigante, un ciudadano cada vez más pequeño.
Bienvenidos una vez más a otro podcast reflexivo. Hoy no hablaremos solamente del Estado. Hoy desmenuzaremos sus números, vamos a mirar cuánto cuesta, cuánto crece, en qué se gasta principalmente nuestro dinero y, sobre todo, qué recibimos realmente los ciudadanos a cambio. Porque detrás de cada cifra del presupuesto, hay algo mucho más concreto que una planilla Excel, hay horas de trabajo, impuestos, sacrificios y sobre todo, familias que todos los meses deben hacer rendir su dinero, dinero que cada día alcanza para menos.
Mientras usted paga, alguien cobra. En esta pasada vamos a desmenuzar quién cobra, cuánto cobra y, fundamentalmente, qué recibe usted a cambio.
Hay una violencia silenciosa y cotidiana que recorre las calles de Chile. Es la violencia del ciudadano común que se levanta al alba, enfrenta el transporte público, estira cada peso en el supermercado y se parte el lomo trabajando de sol a sol, cargando sobre sus hombros la angustia de no saber si el sueldo le alcanzará para financiar las necesidades básicas de su familia antes de que acabe el mes. Este chileno, el verdadero sostén del país, vive bajo la dictadura de la incertidumbre. En cambio, el aparato estatal que él financia con su sudor opera bajo una regla completamente opuesta, esta es, la certeza de la abundancia a todo evento, el privilegio blindado y la impunidad frente al fracaso.
Para entender la profundidad de esta perversión, basta hacer un ejercicio de memoria y contrastar el Chile de hoy con el de hace tres décadas. En los años 90, el Estado chileno era una estructura inmensamente más pequeña, que operaba con una fracción mínima de los recursos que hoy administra. Treinta años después, tras sucesivas reformas tributarias y promesas de mayor equidad, el Presupuesto de la Nación para 2026 ha alcanzado la astronómica cifra de $86,2 billones. Hoy el Estado es un gigante dotado de recursos que en aquella época habrían parecido de ciencia ficción.
Sin embargo, el tamaño y la opulencia de la billetera fiscal no dicen relación alguna con la eficiencia o eficacia de sus funciones. Hemos multiplicado el tamaño del aparato, pero hemos dividido su capacidad de responderle a la gente. La gran promesa de que un Estado más grande y con más recursos derivaría automáticamente en mejores prestaciones sociales se ha derrumbado de forma estrepitosa.
Hagamos la pregunta incómoda, esa que la casta evade con eslóganes: ¿Qué es mejor hoy en el servicio público respecto de hace 30 años atrás?
¿Es mejor la salud pública? Para nada; las listas de espera siguen cobrando vidas en el silencio de la negligencia institucional. ¿Es mejor la educación pública? Al contrario; hemos destruido la educación de calidad que permitía la movilidad social, cambiándola por consignas ideológicas y burocracia. ¿Es mejor la calidad de la vivienda social? Las familias vulnerables siguen esperando años en condiciones indignas mientras los recursos se evaporan en el camino. ¿Es mejor la seguridad en nuestros barrios? Hoy el ciudadano vive encerrado por el miedo a perder lo poco que ha construido, mientras las calles son entregadas a la delincuencia sin que el Estado cumpla su deber más básico. ¿Es mejor la justicia? Los tribunales operan con una lentitud exasperante para el ciudadano de a pie, mientras las cúpulas se blindan en el privilegio.
La respuesta asoma de forma devastadora, nada de lo fundamental es mejor. Lo único que ha crecido de manera sustancial es la grasa del Estado, la cantidad de intermediarios, los programas inútiles y las billeteras de quienes viven de la política.
La maquinaria estatal ha crecido bajo la mentira institucionalizada de que todo gasto público es política social. Hemos construido un sistema donde cada problema genera un programa, cada programa una estructura, cada estructura nuevos funcionarios, y cada funcionario un sueldo que financiar con cargo a un presupuesto que tiene un límite, no es infinito. El resultado es un aparato que se expande sin importar si el problema original se soluciona o permanece intacto. Es la burocratización de la miseria.
Mientras el chileno promedio es asfixiado por un 9,4% de desocupación y un 27% de informalidad laboral, es decir, más de una cuarta parte de quienes están ocupados lo hacen en condiciones de informalidad. La clase política y judicial se ha construido un oasis de confort inmune a las crisis que ellos mismos provocan. En palabras muy sencillas de comprender, de una fuerza laboral que bordea los 10 millones de personas en edad de trabajar, casi uno de cada diez chilenos que participa del mercado laboral no encuentra trabajo, mientras más de uno de cada cuatro ocupados lo hace en condiciones de informalidad. Para millones, esto supone sobrevivir entre la desocupación y la precariedad por trabajos informales donde no se cotiza para la vejez y no se cotiza para acceder a salud, aún estando garantizados constitucionalmente ambos beneficios sociales que se obtienen a un costo personal altísimo por una prestación que de dignidad tiene bien poco al momento de ser requerida.
La desconexión matemática es francamente pornográfica. Desde marzo de 2026, la dieta parlamentaria mensual está fijada en $8.291.039. Sólo por concepto de dieta, mantener a un senador durante sus ocho años de mandato representa, con la dieta vigente de 2026, casi $796 millones. En el caso de un diputado, la cifra alcanza casi $398 millones durante sus cuatro años. Pero el verdadero escándalo no es la dieta; es el costo de mantener su estructura de poder. Cuando sumamos las asignaciones, el personal de apoyo, las asesorías externas y los gastos operacionales, descubrimos que la Cámara de Diputados gasta la no despreciable suma de $96.379 millones anuales, elevando el costo de cada diputado a un promedio de $2.488 millones por su mandato de 4 años. En el Senado, el presupuesto anual es de $62.509 millones, al prorratearlo por los 50 senadores, esto se traduce en un costo promedio real de $10.001 millones por senador durante sus ocho años de ejercicio. A esta danza de millones se suma el financiamiento estatal de partidos políticos que recibieron en 2025 más de $8.641 millones de pesos públicos, a pesar de que alrededor del 90% de los chilenos declara no confiar en ellos, escuchó bien, 90% no confía en ellos, pero los financia porque está cautivo, no porque voluntariamente quiera hacerlo. ¿Recibe por este gasto faraónico mejores leyes que lo protejan a usted del poder del Estado?, yo pienso que no.
Esta opulencia inunda también las alfombras del Poder Judicial. Mientras miles de familias restringen el uso de sus vehículos por el alza de los combustibles, los 18 ministros de la Corte Suprema gastaron en un solo año (2023) más de $1.200 millones en privilegios corporativos, esto es, casi $60 millones en combustible entregados directamente en efectivo al bolsillo de los ministros, $443 millones en sueldos para sus choferes particulares, $680 millones en secretarios privados, más de $32 millones asignados para pagar su TAG en autopistas concesionadas, y $15,2 millones en pasajes aéreos y viáticos de viaje. Este derroche se conoció en medio de la indignante polémica por su intento de renovar sus autos por lujosos vehículos Lexus, ¿Lo recuerda verdad?. Entonces le pregunto, ¿Recibe usted mejor y más oportuna justicia?, yo pienso que no.
Pero el insulto definitivo al chileno que trabaja es cómo este Estado sobredimensionado se ha convertido en el caldo de cultivo perfecto para el abuso y la corrupción. El informe de la Contraloría reveló una burla de proporciones históricas, así es, 25.078 funcionarios públicos viajaron al extranjero mientras se encontraban bajo reposo médico pagado entre 2023 y 2024, registrando 59.575 movimientos migratorios con licencias financiadas en un 69% por Fonasa. Mientras un trabajador del sector privado teme perder su empleo si se enferma, estos empleados estatales vacacionaban por el mundo con cargo al bolsillo de todos los chilenos y no una vez, en algunos casos, varias veces. Entonces le pregunto, ¿Recibe usted mejor y más oportuno servicio público?, yo pienso que no.
A esto se suma la aberración del "caso Convenios". Mientras las familias en campamentos y villas vulnerables esperan años por una vivienda digna, - qué palabra más manoseada -, la Fiscalía todavía investiga el desvío de más de $89 mil millones de pesos destinados a ayuda social mediante traspasos directos del Ministerio de Vivienda y de gobernadores regionales a 40 fundaciones creadas al alero de partidos de gobierno, partidos políticos que son financiados con nuestros impuestos. Cuando el escándalo estalló, estas fundaciones simplemente declararon la quiebra aduciendo falta de ingresos,¿Cuánto de ese dinero será algún día recuperado?. Esto no es burocracia; es el saqueo organizado de los recursos de la gente.
¿Y qué hace el ciudadano común ante esta realidad aberrante?
Lamentablemente, el ciudadano se ha convertido en el socio del silencio, en el cómplice por excelencia. Nos hemos acostumbrado a agachar la cabeza y normalizar lo que debería resultarnos escandaloso. Hemos aceptado que la pirámide de la República se invierta por completo. En una República sana, el ciudadano es el soberano, el Estado es el instrumento y el funcionario es el servidor. En el Chile de hoy, la estructura se ha invertido, el funcionario se siente el dueño del país, el Estado es el fin en sí mismo, y el ciudadano común es sólo un esclavo tributario que existe únicamente para financiar esta fiesta grotesca.
Aceptamos pagar el IVA de la comida, las patentes, las contribuciones y los impuestos específicos de la más diversa índole para satisfacer y sostener una máquina que cuando nos atiende, nos hace rogar por atención, nos somete a listas de espera interminables y nos obliga a contratar contadores, abogados y gestores sólo para defendernos de su propia ineficiencia. Si un privado quiebra por una mala decisión, asume su pérdida; si un programa estatal fracasa, rara vez verá quebrar a la institución responsable; se modifica el programa, se cambia su nombre, se reasigna presupuesto y la estructura continúa.
Lo perverso del sistema al que hemos sido conducidos, es que nuestro país construyó incentivos institucionales que permiten que quienes administran recursos públicos estén menos expuestos a las consecuencias del fracaso que quienes producen esos recursos.
No me importa solamente cuánto Estado tenemos. Quiero saber qué Estado estamos comprando con el dinero que obligatoriamente entregamos.
Es hora de exigir una regla republicana básica e imponer tres preguntas a cada peso público antes de gastarlo: ¿Para qué? ¿Cuánto cuesta? y ¿Qué resultado produce?. Si no hay respuestas claras y medibles, el programa no debe ejecutarse; y si no funciona, debe cerrarse de inmediato.
Un Estado exitoso debería medirse por cuántas personas dejan de necesitar su ayuda porque han logrado ponerse de pie por sí mismas, no por el tamaño de sus oficinas o la cantidad de dinero que derrocha. En palabras sencillas, el Estado se define como una organización política que posee el monopolio de la coacción física legítima dentro de un territorio, pero cuyo poder está estrictamente limitado por leyes creadas para proteger la libertad individual frente a los abusos de ese mismo poder. Aquí en Chile, eso se ha desvirtuado al punto que hoy las leyes y el sistema en general protege a los que viven del Estado, respecto de la vulnerabilidad en que quedamos los que lo financiamos.
Antes de aceptar cualquier debate sobre subir impuestos, crear nuevas instituciones o seguir manteniendo las existentes con el tamaño que hoy tienen, el ciudadano que se parte el lomo debe recuperar su dignidad republicana, golpear la mesa y exigir respuesta a la única pregunta moralmente legítima: ¿Qué recibió usted a cambio del último sacrificio económico que hizo por su país?. Si seguimos tolerando en silencio la ineficiencia, el privilegio corporativo y el saqueo institucional, terminaremos de rodillas, trabajando de por vida para financiar a un Estado que ya olvidó por completo para qué existe y para quién trabaja.
Y como si esta fiesta fuera pequeña, el ciudadano chileno también debe financiar a los propios partidos políticos que dicen representarlo, se lo dije al principio. Durante 2025, los partidos recibieron en conjunto más de $8 mil seiscientos millones, de los cuales aproximadamente $7 mil doscientos millones correspondieron a financiamiento público, es decir, dinero que sale directa o indirectamente del bolsillo de todos los chilenos. Aquí es donde aparece una de las contradicciones más obscenas del sistema, porque menos del 5% del padrón electoral mantiene filiación política, pero prácticamente el país entero termina financiando las estructuras partidarias de esa minoría. Unos pocos militan, unos pocos participan activamente y unos pocos deciden la vida interna de los partidos, pero los millones los pagamos entre toda la ciudadanía. En términos simples, el Estado destina casi 20 millones de pesos diarios a financiar partidos políticos que formalmente representan a una fracción mínima de la población. Insisto, menos del 5% está afiliado, pero todos terminamos pagando la fiesta. Esa es la farra política, donde miles de millones de pesos públicos destinados cada año a mantener estructuras partidarias que cuentan con una adhesión ciudadana marginal y una desconfianza gigantesca. La paradoja absurda es que después se preguntan por qué la distancia entre la política y la ciudadanía es cada día más profunda.
Una República no muere únicamente cuando sus gobernantes se corrompen; comienza a morir cuando sus ciudadanos renuncian a la responsabilidad de decidir con conciencia y prefieren entregar su destino a otros. Del mismo modo, la libertad no es un derecho que pueda disfrutarse pasivamente mientras se deja la vida pública en manos de quienes viven de ella. Ser ciudadano no consiste solamente en votar cada cierto tiempo, sino en comprender que cada decisión política es también un acto moral, porque con ella entregamos poder sobre la vida, el trabajo y la libertad de otros. La comodidad, la indiferencia y la ignorancia nunca son neutrales, cuando los ciudadanos dejan de decidir en conciencia, siempre habrá alguien dispuesto a decidir por ellos. En ese punto, ya no habrá derecho a preguntarse por qué la República se alejó de nosotros, porque habremos sido nosotros mismos quienes, por omisión, le entregamos las llaves a los peores.