jueves, 5 de febrero de 2026

Caminar y mascar chicle: el delirio mesiánico de una vocera sin pudor


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Cuando un gobierno pierde el respaldo ciudadano de manera categórica, lo esperable es silencio prudente, autocrítica mínima y una retirada ordenada. Lo que no corresponde, bajo ninguna lógica republicana, es la insolencia pedagógica de quienes, tras un fracaso evidente, pretenden instruir al presidente electo sobre cómo gobernar.

    Eso fue exactamente lo que hizo Camila Vallejo al afirmar, sin rubor alguno, que José Antonio Kast deberá “caminar y mascar chicle” para enfrentar los desafíos que, según ella, deja como herencia el gobierno de Gabriel Boric. La frase no solo es de baja estofa, por no decir derechamente ordinaria, impropia de una vocera de Estado y francamente infantil; es, sobre todo, una expresión transparente de arrogancia ideológica y delirio mesiánico.

    Porque Vallejo no habla desde la humildad de quien reconoce errores, habla desde la superioridad moral autoproclamada, esa que su sector político ha exhibido desde hace más de una década, convencidos de que gobiernan no por mandato ciudadano, sino por una supuesta iluminación histórica. No se trata de una simple torpeza verbal ni de ignorancia accidental, no nos confundamos, lo suyo es libreto, ensayado, provocador y perfectamente coherente con una visión política que desprecia la alternancia, relativiza la democracia liberal y concibe el poder como patrimonio moral propio.

    La frase “caminar y mascar chicle” no es casual. Es un gesto de desdén. Es decirle al presidente electo, y por extensión a quienes votaron por él, que gobernar Chile después de Boric será una prueba de suficiencia intelectual básica, como si el país hubiese alcanzado un nivel tan elevado de gestión, sofisticación y progreso, que ahora el nuevo gobierno apenas deberá demostrar que es capaz de hacer dos cosas a la vez; sin embargo, la realidad es brutalmente distinta.

    El gobierno que Vallejo defiende con entusiasmo casi religioso deja desorden fiscal, escándalos de corrupción sin aclarar, deterioro institucional, crisis de inversión, colapso en áreas sensibles del Estado y una política exterior errática que dañó la imagen de Chile, nada de eso aparece en su relato, porque el problema nunca fue la realidad, sino el control del relato y ahí está la clave.

    Vallejo no se ofende cuando se le señala la incompetencia de su sector, pero sí cuando se la define como comunista. No porque la palabra sea incorrecta, ella misma ha rendido homenajes explícitos a dictaduras comunistas y ha peregrinado ideológicamente a Cuba, ese paraíso retórico donde no hay elecciones libres, prensa independiente ni libertades básicas, sino porque en su esquema mental el comunismo no es una ideología más: es una fe, una identidad moral superior que no admite cuestionamientos.

    Desde esa lógica, la crítica no es legítima: es reacción. El adversario no piensa distinto: está equivocado, por lo tanto quien llega al poder por una vía distinta no es un gobernante electo, es alguien que debe ser tutelado, advertido e instruido. Ese es el verdadero trasfondo del comentario. No la ordinariez, que ya sería grave. No la falta de elegancia institucional, que también lo es. Sino la incapacidad estructural de esta generación política para aceptar que perdió, que su proyecto fue rechazado y que no deja una obra admirable, sino un país cansado de la soberbia.

    El mesianismo de Vallejo no es individual. Es colectivo, es el mismo que llevó a su sector a creer que tenían una “moral distinta”, que venían a reemplazar a una élite corrupta, y que terminaron replicando, cuando no superando por lejos, en desorden, nepotismo, incompetencia y doble estándar. Es el mismo que hoy intenta instalar la idea de que Boric fue un gran estadista incomprendido y, que el verdadero desafío será estar a su altura.

    No. El verdadero desafío del próximo gobierno será reparar los daños, ordenar la casa y devolverle al país algo tan básico como la seriedad, y eso, justamente, es lo que más irrita a quienes confundieron el poder con un púlpito y el gobierno con una asamblea universitaria permanente.

    Camila Vallejo no habló como vocera de un gobierno que se va. Habló como custodia de un dogma, incapaz de entender que en democracia nadie hereda el país como si fuera un legado sagrado. Mucho menos quienes lo administraron mal.

    Porque al final, caminar y mascar chicle no era el problema, el problema fue creer que recitar bastaba para gobernar.

miércoles, 21 de enero de 2026

EL GABINETE TÉCNICO Y EL LLANTO DE LOS MEDIOCRES

    

Artículo escrito por: A PASO FIRME

    No han pasado 24 horas desde que el propio presidente electo José Antonio Kast anunció lo que será su gabinete y ahí están, el coro de siempre con los clásicos agoreros profesionales, los jinetes del apocalipsis de las redes sociales, opinólogos de teclado corto y ego como esperando que nada resulte; muchos repitiendo el mismo mantra pobre: “no tienen calle”, “no tienen experiencia política”, “son muy técnicos”, claro, como si el país se hubiera incendiado por exceso de técnica y no, precisamente, por su ausencia.

 

    Resulta curioso, más bien bastante patético, que quienes durante años justificaron la improvisación, el amateurismo y la militancia como si fueran virtudes republicanas, hoy descubran repentinamente la importancia de la “experiencia”. ¿Experiencia en qué exactamente? ¿En destruir instituciones, relativizar la ley, administrar el Estado como asamblea universitaria y convertir el poder en trinchera ideológica? Si esa es la experiencia que añoran, convendría recordarles un detalle incómodo: los sacaron de La Moneda, democráticamente, sin excusas, vayan a llorar a la iglesia y de preferencia en silencio.

 

    El nuevo gabinete es técnico, sí. Y justamente ahí está el pecado imperdonable para cierta fauna política y comunicacional, gente que sabe, que estudió, que gestionó, que trabajó fuera del circuito de favores partidarios; personas que no necesitan gritar consignas para sentirse relevantes ni convertir la ignorancia en identidad política, gente que no necesita levantar y empuñar la mano para hacer su trabajo. Para muchos opinantes seriales, eso es una amenaza existencial.

 

    Los idiotas de siempre que hablan de “falta de calle”, esos, los mismos que probablemente jamás administraron algo más complejo que su cuenta de Facebook, Twitter, Instagram o peor aún la de Tiktok. Se burlan de la “tecnocracia” quienes confundieron gobernar con declamar, al mismo tiempo acusan “desconexión”, así es, los mismos que vivieron cuatro años encapsulados en su superioridad moral, convencidos de que la izquierda era sinónimo automático de inteligencia, probidad y virtud. Si eso fuera cierto, Chile no estaría pagando hoy la cuenta.

     Gran parte de estas críticas no nacen del análisis, sino de algo mucho más básico, me refiero a la ignorancia sin costo y envidia con micrófono. Ignorancia, porque critican sin información, sin leer trayectorias, sin entender roles. Envidia, porque el poder, esta vez, no cayó en manos de su tribu. El anonimato digital hace el resto, una impunidad perfecta para la arrogancia.

    Chile no necesita más “políticos con calle” que aprendieron a sobrevivir sin resolver nada, necesita gestión, orden, profesionalismo, responsabilidad y eso, aunque les pese a los de siempre, no se improvisa ni se aprende en una asamblea universitaria con 1 metro cuadrado de chelas y un par de pitos con mala hierba, se construye con formación, experiencia real y criterio.

    Los mismos que hoy anuncian el desastre son los que ayer juraban que íbamos directo al paraíso, fallaron, así de simple, tampoco pidieron perdón, menos hicieron alguna autocrítica, sin embargo, ahora pretenden dar cátedra.

     Lo de la izquierda miserable de siempre y los vagos de las redes sociales no es crítica, es un berrinche producto de la desilusión propia de quienes perdieron, pierden y seguirán perdiendo.

    Lo de esta gente no es preocupación por Chile, es la nostalgia por un poder que ya no les pertenece.

    El gabinete sólo ha sido nominado, recién comenzará a trabajar el 11 de marzo de 2026, son la gestión y los resultados los que hablarán de lo logrado e incluso lo no logrado.

    Para superar los desafíos que Chile tiene por delante se necesitará incluso de esta gente que hasta ahora sólo demuestra saber vociferar, se necesitará de ellos un aporte positivo y real o sencillamente su silencio.

    Finalmente aclarar que esta columna no pretende una defensa irrestricta de lo anunciado por José Antonio Kast, aquello sería intelectualmente deshonesto, no hay duda que será el tiempo, implacable, incómodo y ajeno a la propaganda, el que determine si cada nombramiento y cada decisión ministerial fueron, efectivamente, lo que Chile necesitaba en este momento de su historia.

    Pero justamente por eso, antes de vociferar, de caricaturizar y de disparar consignas al vacío, corresponde algo mucho más simple y mucho más exigente, observar los resultados.

    La gente de bien siempre apostará por eso, por hechos, no por relatos; por gestión, no por histrionismo; por responsabilidad, no por el placer adolescente de destruir. Y sí, existen también aquellos que preferirían ver arder el mundo con tal de tener razón, aunque el país se queme con ellos dentro, a esos no los necesitamos, en realidad Chile nunca los necesitó.

    Esta columna no ha sido escrita para buscar aplausos ni para mendigar aprobación, tampoco para temerle a la crítica fácil, esto es simplemente la mirada de quien ha comprendido algo esencial, me refiero al valor del tiempo. Ese tiempo que desnuda la improvisación, pone en su lugar a los gritones y, tarde o temprano, separa la consigna del resultado.

  

martes, 6 de enero de 2026

ORDEN INTERNACIONAL Y SU COMPLICIDAD SILENCIOSA



 Escrito por: A PASO FIRME

En otra entrega anterior creé una reflexión comparativa desde el punto de vista del análisis de una teoría politológica, lo de hoy respecto de lo mismo,  una visión ciudadana.

 

Lo que estamos presenciando no es una discusión jurídica honesta, es una escenificación moral selectiva.

 

Durante casi treinta años, Venezuela fue sometida a un proceso sistemático de demolición institucional con persecución política, presos de conciencia, tortura documentada, ejecuciones extrajudiciales, hambre utilizada como mecanismo de control social, exilio forzado de millones y una economía criminalizada hasta los cimientos. Todo eso NO OCURRIÓ EN LA OSCURIDAD, ocurrió con informes, con cifras, con testimonios, con cadáveres, ocurrió ante las cámaras y ocurrió, sobre todo, con un silencio cómplice sencillamente ensordecedor.

 

Entonces aparece la pregunta incómoda, esa que hoy muchos prefieren evitar:

 

¿Cuándo el derecho internacional pasó a ser más sagrado que los derechos humanos concretos de millones de personas?

 

El derecho internacional no es un dogma teológico, es un instrumento. Se supone que existe para proteger a los seres humanos, no para blindar a tiranos cuando ya han destruido todo lo que ese mismo derecho dice defender.

 

Cuando el derecho se convierte en coartada para la inacción, deja de ser justicia y pasa a ser burocracia moralizada.

 

Aquí es justamente donde la hipocresía se vuelve obscena.

 

Durante décadas, ONU y OEA produjeron comunicados, misiones exploratorias, expresiones de preocupación, resoluciones sin consecuencias, informes solicitados a la alta comisionada para los DD.HH. El régimen entendió el mensaje con absoluta claridad, pueden seguir...y siguieron, porque nadie les puso freno ni asignó un costo real.

 

Hoy, cuando se discute una acción directa contra el responsable máximo de esa maquinaria criminal, súbitamente el mundo se llena de juristas televisivos, de guardianes del orden internacional, de líderes que descubren, bastante tarde y con absurdo dramatismo, que las normas existen, vaya descubrimiento milagroso que han hecho, justo cuando el abusador se encamina a perder el poder.

 

En términos ciudadanos comunes, no en trincheras politológicas ni aulas de universidad, la pregunta correcta no es si una acción así tensiona el derecho internacional.

 

La pregunta correcta a mi juicio es: ¿Qué legitimidad conserva un orden internacional que toleró durante décadas una narcodictadura a plena luz del día?

 

Porque sepan que hay una verdad que incomoda a los salones diplomáticos y es que cuando el sistema internacional falla de manera prolongada, otros actores llenan el vacío, no por altruismo, sino porque el mundo real no se congela esperando consensos imposibles.

 

No se confundan con mis palabras, esto no es una apología del unilateralismo ni del “todo vale”, esto es algo más incómodo todavía, es reconocer que la neutralidad frente al crimen también es una toma de partido, también determina una posición.

 

Sepan que mirar para el costado mientras se destruye un país no es prudencia, es abandono. Sepan que la legalidad sin justicia termina siendo solo una forma elegante de cobardía.

 

¿Dónde estaban ONU y OEA cuando el hambre se volvió política pública?

 

¿Dónde estaban cuando la migración venezolana forzada se transformó en la mayor tragedia humanitaria del continente?

 

¿Dónde estaban cuando los informes se acumulaban y nadie actuaba?

 

Llegaron tarde y ahora pretenden darnos lecciones.

 

El problema no es que hoy se hable de derecho internacional, el problema es que sólo se hable cuando el verdugo corre peligro, nunca cuando la víctima grita.

 

Eso, eso es mucho más que una discusión legal, es un fracaso moral.

lunes, 5 de enero de 2026

JOHN MEARSHEIMER Y EL REALISMO OFENSIVO, BREVE ANÁLISIS SOBRE LA CAPTURA DE NICOLÁS MADURO

 

Escrito por: A PASO FIRME

    Se trata de un influyente politólogo estadounidense y profesor distinguido en la Universidad de Chicago, en su obra "The Tragedy of Great Power Politics", un libro cautivante, él argumenta que el conflicto entre potencias es inevitable debido a la falta de un gobierno mundial y la imposibilidad de conocer las verdaderas intenciones de otros Estados. Su visión contrasta en interesantes debates - que pueden buscar - con otros autores liberales como Robert Keohane o Lisa Martin; en mi caso me quedo con la teoría que plantea el profesor Mearsheimer.

    Aquí entonces un breve análisis utilizando su teoría y mi interpretación, para explicar lo que la administración del presidente Trump ha hecho al capturar a Nicolás Maduro, vamos por partes.

    Primero, no hay un árbitro supremo en el mundo, tampoco un juez que haga sonar el silbato cuando un Estado cruza la línea, lo que hay son discursos, tratados, etc., pero no hay árbitro, eso es lo primero que el profesor Mearsheimer pone sobre la mesa.

    El escenario internacional no es una corte; es un campo abierto donde cada actor cuida su supervivencia.

    Segundo, en ese mundo, afirma Mearsheimer, ningún Estado puede permitirse creer en las buenas intenciones del otro, las intenciones cambian, los gobiernos pasan, los discursos mutan, lo único constante es el poder y, quien no lo acumula, lo pierde, así de simple. Por eso las grandes potencias no se limitan a defenderse: avanzan, no esperan el golpe; lo neutralizan antes de que exista.

    Ahí nace el realismo ofensivo, no como una ideología, sino como una descripción incómoda de cómo se comportan los que mandan de verdad.

    Bien, ahora imaginemos a Estados Unidos mirando su entorno inmediato, el hemisferio que históricamente ha considerado vital para su seguridad. En ese mapa aparece Venezuela: un Estado fracturado, atravesado por redes de narcotráfico, con vínculos abiertos con potencias rivales, convertido en plataforma de desorden regional. Desde el lenguaje del derecho internacional, eso es “soberanía”, desde el lenguaje de Mearsheimer, eso es una amenaza latente.

     En ese contexto entra el presidente Donald J. Trump, no como personaje moral, sino como decisor. La pregunta no es si capturar a Nicolás Maduro es legal. Esa pregunta, en este marco, es secundaria. La pregunta real es otra: ¿conviene? ¿Reduce riesgos futuros? ¿Elimina un foco de inestabilidad? ¿El costo político y estratégico es menor que el costo de dejarlo intacto?

     Si la respuesta es sí, la acción deja de ser escandalosa y pasa a ser racional.

    Entonces, ¿Qué sucede?, el derecho internacional, en este relato, no desaparece, simplemente llega tarde, ¿Por qué?

     Primero ocurre el hecho, después llegan los comunicados, las resoluciones, las condenas simbólicas y, si la operación resulta exitosa, con el tiempo, la historia se encarga de reescribirla como “necesaria”, “inevitable” o “excepcional”.

     El profesor Mearsheimer no se escandaliza por eso, tampoco lo celebra, lo describe, dice sin rodeos que las grandes potencias no obedecen al sistema: lo moldean. Las normas pesan mientras no estorben, entonces, cuando estorban, se doblan. Y si no se doblan, se rompen.

    Así, la captura de Maduro, más allá de tratados, tribunales y comunicados, no sería una aberración del orden mundial, sería su funcionamiento normal. El mismo patrón que ya se ha visto antes: primero Noriega, después Bin Laden, luego Soleimani. Distintos contextos, misma lógica.

 

    El realismo ofensivo no pregunta si algo es justo, pregunta si es útil.

 

    En el mundo que describe el profesor Mearsheimer, esa pregunta es la única que realmente importa.

 

    En palabras simples, en política internacional no mandan las leyes: manda el poder que se atreve a ejercerlas cuando dejan de servirle.



martes, 2 de septiembre de 2025

OCCIDENTE EN DECADENCIA: SEGURIDAD, POPULISMO Y LA GRAN RENUNCIA

 




Escrito por: A PASO FIRME

En este espacio de pensamiento crítico, los invito a internarnos en una reflexión diferente de las habituales, esta vez los invito a navegar por ideas y reflexiones donde lo políticamente correcto lo dejaremos en la puerta, para ingresar descalzos en el terreno incómodo de las preguntas que casi nadie quiere hacer, con respuestas que pocos quieren oír. Sin tratarse ni pretender de instalar una verdad, lo que propongo es sentido común, el cada vez más escaso de los sentidos.

Occidente está enfermo, no de una gripe pasajera, sino de un mal crónico que mezcla decadencia política, corrupción moral y un espejismo de progreso; fuimos advertidos que toda civilización vive su “ocaso” – al igual que sucedió con los grandes imperios, donde todo comenzó con el nacimiento o conquista, para llegar a la consolidación y con ello alcanzar su apogeo, para continuar posteriormente hasta su estancamiento, devenir en decadencia y terminar viviendo el ocaso y caída –, pero aquí no estamos en un museo: vivimos en carne propia una decadencia descrita por tantos a lo largo de cada uno de los ciclos de nuestra historia.

Hagamos el ejercicio de observar cómo esa caída libre ocurre frente a nuestros ojos, desde gobiernos que prometieron seguridad a cambio de libertad, hasta potencias que antes eran faros de democracia y ahora parecen caricaturas de sí mismas.

En un pequeño país de centro-américa el miedo fue el combustible para la obediencia; durante décadas las pandillas convirtieron las calles en cementerios a cielo abierto, entonces, apareció un mesías político con un mensaje simple: “yo acabaré con ellos”. Y cumplió. Hoy las cárceles rebalsan, la criminalidad se desplomó y el ciudadano común, exhausto de funerales, aplaude la mano dura, así es como hoy lucen orgullosos más de 1.000 días sin homicidios.

Ahí, el sacrificio, a mi juicio, fue otro: el estado de derecho se convirtió en un lujo secundario. El sospechoso ya no es inocente hasta probar lo contrario, sino culpable hasta que la autoridad lo absuelva, por tanto, aunque los aplausos suenen fuertes, la pregunta no es si este sacrificio traerá paz, sino si devolverá la democracia plena, más lejos aún, ¿aporta y mejora la democracia en una sociedad que ha tocado fondo y por tanto ha debido renunciar a mucho para recuperar la paz interna?, la pregunta no parece baladí, más bien, parece bastante razonable para los tiempos que vivimos. Dicho diferente, ¿están ahí las condiciones para una democracia que les permita avanzar sin ir de la mano de un gobierno que limita libertades a cambio de seguridad interna? 

Disculpe que sea redundante; en tiempos antiguos, un pensador escribió que, el pueblo cansado de la anarquía siempre está dispuesto a entregar su libertad al soberano absoluto que promete orden. Esa advertencia no era teoría: era premonición y aquí la vemos cumplirse, no en los libros, sino en la carne viva de un pueblo que escogió seguridad a cualquier precio.

Más al norte, el imperio que alguna vez fue faro de libertad y progreso ha caído en la paradoja de librar batallas contra sus propios aliados. En nombre del interés nacional, se levantan muros arancelarios incluso frente a quienes fueron socios estratégicos durante un siglo. El discurso es claro: “primero nosotros, después… nadie”. El problema es que este imperio vive de su red de alianzas, no de su aislamiento. El cemento que mantenía unida a la comunidad occidental se está resquebrajando y lo irónico es que, al mismo tiempo que proclama grandeza, se encierra en sí mismo, debilitando precisamente lo que lo convirtió en grande; concedámosle sin embargo y por ahora el beneficio de la duda al liderazgo validado por una abrumadora mayoría, donde la actual política encarna una reacción nacionalista y proteccionista contra el globalismo liberal imperante, con un discurso disruptivo que alteró el orden internacional establecido tras la Guerra Fría y que parecía ya superado. Su política exterior hoy luce más como un reality show que una estrategia de largo plazo. Da la impresión de que el coloso se debate entre querer ser guardián del orden mundial o ser una rutilante estrella de televisión. Mientras entretiene a las masas con frases altisonantes, el tablero geopolítico parece moverse en su contra o al menos en otra dirección.

En el corazón de Europa, al menos tres naciones que alguna vez fueron emblemas de cultura, filosofía y modernidad atraviesan una crisis silenciosa pero profunda.

En una, la locomotora industrial se encuentra oxidada: la energía cara, la industria en retirada y una política más preocupada de la corrección ideológica que de la productividad real. En otra, una isla orgullosa de su independencia se enredó en una separación que prometía soberanía y terminó dejando cicatrices económicas y sociales; finalmente en la patria de la “libertad, igualdad y fraternidad”, los suburbios arden cada cierto tiempo, no solo por protestas sociales, sino por un choque cultural que amenaza con fragmentar la identidad misma de un país que cada día luce más irreconociblemente pálido respecto de la grandeza y brillo que lo vio florecer.

Los países nórdicos, tradicionalmente admirados por sus altos estándares de libertad, igualdad y desarrollo social, comienzan a mostrar signos de retroceso frente al desafío de sostener su vasto estado de bienestar. El costo de mantener tan amplios derechos sociales para una población cada vez más diversa, se ha visto tensionado por políticas de inmigración muy abiertas, que, si bien buscaban integración y solidaridad, han generado dificultades en la cohesión cultural y en la sostenibilidad del sistema. A ello se suma un debate moral interno: sociedades de gran probidad y ética cívica, pero que, en su apertura, han impulsado transformaciones en torno a temas de sexualidad y género que no todos perciben como progreso, sino como una forma de libertinaje que debilita los valores tradicionales. En este cruce de tensiones —entre inclusión, sostenibilidad y moral social— se refleja el ocaso parcial de un modelo que alguna vez fue visto como el ideal del estado moderno.

El Viejo Continente, que alguna vez dictó las reglas del mundo, hoy se consume en debates internos sobre identidad, migración, género y memoria histórica. Como escribió un pensador francés en el siglo XIX, “los pueblos no mueren de hambre, mueren de aburrimiento”. Hoy Europa parece morir, lentamente, de un exceso de relativismo.

Si hay un continente que ha convertido la política en tragicomedia, es el nuestro. Así es como tenemos un país austral, ejemplo durante décadas de estabilidad y progreso, que llegó a ser el oasis de Latinoamérica pero que sin embargo ardió en octubre de 2019. Jóvenes iluminados, al calor de barricadas y adoquines, prometieron refundar la nación desde sus cimientos. Hoy, apenas unos años después, esos mismos gobiernan con la torpeza de adolescentes que confunden consignas con políticas públicas. El resultado: una economía estancada, inseguridad, cesantía, más un descontrol migratorio inducido bajo el eslogan de “migrar es un derecho”, ahora desborda la paciencia ciudadana y relega las necesidades más básicas a los nacidos de esa tierra, para poner primeros en la fila a aquellos que sin importar si ingresaron por la puerta o la ventana, hoy copan los servicios que el resto les financia.

Cruzando la cordillera, otro país intenta dinamitar más de 70 años de un modelo populista que destruyó lo que alguna vez fue la joya económica de América. Su líder de turno habla de motosierra y libertad, pero la carga del pasado es pesada: corrupción enquistada, deudas impagables y una sociedad fragmentada. Así y todo, los avances superan incluso las expectativas que ellos mismos tenían, sin embargo, ya comienzan a batirse tambores que hablan de corrupción, ¿propaganda o realidad?, aquello está por verse.

Más al norte, en el mismo continente, el socialismo convertido en narcoestado devoró a una de las naciones petroleras más ricas del planeta, la más rica del barrio en algún momento, hoy saqueada por ideologías perversas al amparo de una sociedad que no comprendió el valor de la responsabilidad cívica y la libertad. Luego, tenemos una isla que fue potencia azucarera, pero que hoy compite con otra isla, sólo al nivel de determinar dónde hay más miseria. Por otra parte un país que hasta hace pocos años tuvo un caudillo cocalero que destrozó la economía de su nación andina y hoy con nuevas y renovadas luces, pronto intentará recuperar décadas de división y corrupción a efectos de volver a insertarse alejados del eje del mal. Siguiendo en este viaje por el continente, un ex guerrillero convertido en presidente que llegó al poder para demostrar que la violencia del pasado no era un error, sino un camino, el mismo que cubierto de sombras intenta zafarse de la autoría de crímenes contra sus opositores que luchan para convertirse en una alternativa real al proyecto de decadencia y corrupción imperante; situación muy similar a otro país en Centroamérica, con un gobernante tan siniestro como el recién descrito, dueño de un autoritarismo populista que sostiene el control absoluto de las instituciones, la represión de opositores y el debilitamiento de la democracia bajo el discurso de revolución y soberanía nacional, donde por cierto, también suscribe la política de aniquilar a sus adversarios políticos.

Párrafo aparte merece el gigante de Sudamérica, el que vive una paradoja que erosiona gravemente su prestigio democrático: el retorno al poder de un expresidente que había sido condenado por corrupción, liberado en un proceso judicial cargado de controversias y cuestionamientos de legitimidad. Esta decisión abrió la puerta a que un líder con cuentas pendientes frente a la ciudadanía volviera a gobernar, mientras al mismo tiempo se desplegaba una ofensiva judicial implacable contra su principal adversario político, acusado y procesado bajo sospechas que muchos consideran más políticas que jurídicas. Todo ello agravado por el rol de un Tribunal Supremo cuya imparcialidad y credenciales democráticas son ampliamente debatidas, lo que alimenta la percepción de que la justicia ha dejado de ser un poder neutral para convertirse en un actor político decisivo. Así, una nación con el potencial de encabezar el desarrollo regional se ve atrapada en un laberinto de polarización y desconfianza institucional, donde la justicia se percibe más como instrumento de poder que como un garante de derechos.

En suma, la región se ha vuelto un museo de fracasos: dictaduras perpetuas, presidentes encarcelados, suicidios políticos y democracias frágiles, lo más grave: sociedades resignadas a sobrevivir entre cinismo y corrupción, como si nada mejor fuera posible. Sociedades que viven los efectos de un péndulo que oscila entre dosis de libertades versus totalitarismos aniquilantes, sin encontrar un equilibrio que otorgue sustento a largo plazo.

Entre tanta decadencia, en el viejo mundo, en pequeños países surgen poderosas ideas que nadan contra la corriente. No todos ellos son potencias tradicionales, sin embargo, entendieron que ceder soberanía a burócratas globales es perder identidad. Defienden fronteras, familia, tradiciones y fe, aunque se les tache de autoritarios o reaccionarios, ellos evidentemente promueven un nacionalismo que lucha por recuperar el valor de la familia y tradiciones arraigadas por siglos, estos pequeños gigantes parecen ser los que al menos en esta etapa del ciclo, intentan con mayor fuerza mantener encendido el faro que conduce a reconstruir robustamente los pilares básicos de la sociedad occidental, me refiero a derechos humanos más relevantes como el derecho a la vida, la libertad de decidir sobre sí mismos sin violar los derechos de los demás y el derecho a la propiedad privada.

Alguna vez alguien afirmó que “el verdadero progreso es dar la vuelta atrás cuando se ha equivocado de camino”. Eso hacen hoy esas sociedades: no buscan ser aplaudidas en foros internacionales, sino proteger lo que aún consideran sagrado, incluso cuando grupos poderosos los miren con desprecio, quizás allí, en esas verdaderas islas de resistencia, esté el germen de un renacimiento.

Mientras tanto, en Oriente se consolida un gigante que no necesita elecciones para legitimar su poder. Su fuerza radica en disciplina, producción y estrategia a largo plazo. Mientras Occidente discute pronombres, este gigante diseña satélites y los pone en órbita, controla minerales y expande su influencia por el globo.

Este gigante desafía los moldes de la democracia liberal: sin elecciones libres ni pluralismo político ha encontrado en la disciplina social, la producción masiva y la estrategia de largo plazo la base de su legitimidad. Su modelo se sostiene en la eficacia antes que, en la libertad, sacrificando la propiedad privada, el pensamiento crítico y la expresión ciudadana en nombre de la estabilidad y el progreso colectivo, el control social está a la orden del día y rige el destino de millones en las grandes ciudades y en el resto del planeta cuando se les permite invertir fuera de sus fronteras. Mientras Occidente debate sobre consensos y derechos, ellos avanzan con un proyecto centralizado que convierte al individuo en engranaje de una maquinaria nacional, demostrando que el poder no siempre necesita votos para consolidarse, sino resultados tangibles que alimenten el orgullo y la obediencia de millones.

Lo que ocurre ahí no es exactamente una paradoja entre democracia y totalitarismo, porque aquel régimen no se define como democrático en el sentido occidental de elecciones competitivas, separación de poderes y libertad de expresión. Más bien, es un modelo de autoritarismo con legitimidad de desempeño, es decir, el partido gobernante no obtiene su poder de las urnas, sino de los resultados que ofrece —crecimiento económico, aparente estabilidad social, proyección internacional y control—. La paradoja, en todo caso, surge en la percepción externa: mientras para Occidente el progreso debe sustentarse en derechos individuales y participación política, para este gigante de Oriente se justifica el control férreo del Estado como precio a pagar por la prosperidad colectiva. Podría decirse que no es una mezcla de democracia y totalitarismo, sino un totalitarismo pragmático, que sacrifica libertades a cambio de orden y desarrollo, cuya eficacia pone en entredicho la supuesta superioridad incuestionable de la democracia liberal.

Sobre Europa hace ya tiempo se cierne otra sombra: la expansión de una corriente ideológica de raíz religiosa y profundamente expansionista que no se conforma con coexistir. No hablamos de fe sincera, sino de un proyecto ideológico que busca hegemonía. Sus templos se multiplican, los barrios se transforman, las protestas ondean banderas que insisto con fuerza, no llaman a convivir, sino a someter. Lo que en principio se presentó como multiculturalismo se acerca peligrosamente a un poder hegemónicamente monocultural, la caída del imperio Otomano no significó abandonar una aspiración propia del origen de ese imperio y que era la supremacía y control de los infieles, es decir, de todos aquellos que profesan una fe diferente a la de ellos, por el contrario, primero silenciosamente y hoy de forma abierta, se abren paso a este control ideológico de raíz religiosa.

Con todo lo anterior, cuando uno mira a Occidente hoy, es inevitable sentir una mezcla de orgullo y tristeza. Por un lado, orgullo por lo que alguna vez fuimos capaces de construir: democracias fuertes, sociedades vibrantes, pletórica de reales pensadores, con arte, ciencia, progreso. Tristeza en el lado opuesto, porque lo que vemos en el espejo actual no se parece mucho a los sueños que teníamos cuando éramos niños. Quizás Calderón de la Barca tenía razón al afirmar que “los sueños, sueños son”, sin embargo, me niego a pensar que aquello pueda ser aplicado a nuestras aspiraciones de mundo y sociedad que pretendemos.

¿Recuerda? De pequeños, con inocencia, cerrábamos los ojos mientras nos decían que el futuro sería luminoso: imaginábamos autos que volarían, ciudades inteligentes, paz mundial, un planeta unido por la razón y la justicia. Nos hicieron creer que todo lo bueno estaba por venir, nos hablaban de un siglo XXI en el que nuestras necesidades estarían satisfechas producto del desarrollo de nuestro esfuerzo intelectual, creatividad, disciplina y perseverancia, hoy sin embargo, miramos atrás con nostalgia y de alguna forma quisiéramos volver a algún punto de nuestro pasado, volver quizás para esta vez darnos el tiempo de disfrutar lo que teníamos comprendiendo en profundidad su valor intrínseco, o quizás volver para darnos la oportunidad utópica de corregir y reescribir desde ahí el futuro, ambas situaciones verdaderamente imposibles, porque al volver a abrir los ojos, terminamos aterrizando en la dura realidad que significa aceptar que, aquí estamos: discutiendo no cómo conquistar las estrellas, sino cómo sobrevivir a la corrupción, la violencia y el miedo.

Entre lo posible y lo ideal se abrió un abismo. Lo posible nos muestra gobiernos que nos ofrecen seguridad a cambio de libertad, sociedades que ceden ante la comodidad, pueblos enteros que aceptan la mentira porque la verdad resulta demasiado dolorosa e incómoda. Lo ideal en cambio, sigue ahí, intacto, como un faro lejano que todavía ilumina, aunque cada vez más débilmente.

Quizás nos hemos vuelto adultos demasiado pronto, cansados y conformistas. Hoy nos preguntamos si acaso ese futuro murió antes de nacer, o si aún late, escondido, esperando que lo reclamemos. Lo cierto es que la confusión está ahí: ¿debemos aceptar lo que hay, resignarnos a este mundo decadente, o atrevernos a perseguir lo que soñamos alguna vez? Entre esas dos orillas navegamos, y a veces pareciera que Occidente ha decidido dejarse llevar por la corriente, sin remar, sin voluntad, esperando que otro decida por nosotros.

Todavía nos queda una certeza: el presente. Aunque frágil y convulso, sigue siendo nuestro. Quizás ha llegado el momento de comprender que avanzar requiere gestos de autentica generosidad, capaces de desprendernos de egos, egoísmos y vanidades. Solo así podremos construir un futuro sostenible y sustentable, entregándolo todo en ese efímero instante que nos pertenece: el ahora.

Tal vez el desafío no sea recuperar lo que fuimos, sino atrevernos a recordar lo que soñamos, tal vez el camino no sea escoger entre seguridad y libertad, sino preguntarnos qué sociedad queremos dejarle a quienes aún creen que el futuro puede ser un lugar aceptable.

No estamos ante un accidente, sino ante el resultado de incontables décadas de decisiones erradas, de valores diluidos, de comodidad disfrazada de progreso. Quizás, como dijo un pensador alemán, la historia se repite dos veces: Una vez como tragedia, otra como farsa.

La farsa está aquí. La tragedia aún puede evitarse.

Quizás Occidente aún tenga la oportunidad de renacer, pero no será con aplausos fáciles ni con promesas de falsa seguridad: será con sacrificio, con coraje y con una memoria que se niegue a olvidar quiénes fuimos y qué valores nos hicieron grandes.

Varias preguntas me golpean con fuerza al final de esta reflexión, ¿estamos dispuestos a resignarnos, o todavía tenemos el valor de luchar por el mañana que alguna vez imaginamos con los ojos inocentes de un niño?, ¿podrá Occidente resistir o más bien, querrá resistir?, dicho de otra forma, más brutal, más incisiva y más directa, siento que ya no se trata de si podemos salvarnos, a mi juicio se trata de si todavía queremos hacerlo, para qué y a partir de cuándo.


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