Artículo escrito por: A PASO FIRME
Cómo es que considero que la industria cultural convirtió la degradación en virtud y la vulgaridad en discurso político.
Bad Bunny no es música, es un mensaje, y como todo mensaje masivo, merece ser analizado no desde el gusto personal, sino desde sus efectos culturales, sus símbolos y, sobre todo, desde aquello que normaliza.
No estamos frente a un artista disruptivo ni a un genio incomprendido, estamos frente a un producto industrial que ha sido diseñado para una época que ya no distingue entre provocación y decadencia o entre libertad y disolución valórica.
No hace falta citar las letras de sus canciones, están disponibles para quien quiera verificarlo y con ello reconocer el patrón: La mujer reducida a objeto, el sexo convertido en un acto mecánico degradante y sin responsabilidad, la intimidad convertida en mercancía y, el cuerpo femenino tratado como territorio de uso y descarte.
Hay, además, un silencio que no es casual y es el de los colectivos feministas, siempre dispuestos a indignarse cuando la ocasión rinde dividendos políticos o financieros, pero curiosamente mudos frente a una industria que convierte a la mujer en mercancía sexual global, la degrada en nombre del “arte” y la expone como objeto de consumo masivo. No hay marchas, no hay pañuelos, no hay comunicados. La indignación selectiva revela lo evidente y es que lo de estos grupos no se trata de defender a la mujer, sino de administrar el relato, así entonces, cuando la cosificación viene envuelta en discurso progresista y genera millones, deja de ser violencia y pasa a ser cultura.
Esto se vende como “liberación”, pero es exactamente lo contrario, es la negación de la dignidad envuelta en lenguaje progresista, es la cosificación clásica pero ahora maquillada de rebeldía.
Cualquier padre que tenga hijas y aún conserve un mínimo de lucidez moral entiende el problema sin necesidad de mayores explicaciones.
El consumo de drogas y pastillas no aparece como un drama ni como un problema social, sino como ornamento aspiracional. La vida sin esfuerzo, sin disciplina y sin trabajo significativo es presentada como un ideal de vida. Haz nada, consume, goza y repite, olvídate de pensar; Esto no es casualidad, a mi juicio se trata de una cultura que glorifica el ocio vacío con una pseudo cultura fácilmente manejable y peor aún manipulable, se trata de individuos anestesiados que no cuestionan, simplemente consumen como autómatas.
Ridiculizar símbolos cristianos ya no escandaliza a nadie, esa batalla está ganada hace rato, lo que ahora se hace es más sofisticado, se trata de banalizar lo sagrado, se lo convierte en un meme, una vulgar performance, un grotesco disfraz.
En paralelo a lo anterior, se introduce lo oculto, lo esotérico, el satanismo estético, el “tercer ojo”, como si fueran simples juegos simbólicos. Nada es inocente en la cultura de masas. Los símbolos transmiten y educan, incluso cuando se presentan como ironía. Destruir lo trascendente deja un vacío y todo vacío termina siendo ocupado por algo.
El discurso contra Estados Unidos, el capitalismo y el “imperialismo” resulta especialmente grotesco cuando quien lo enuncia se ha convertido en un millonario gracias al mercado global, cuando vive y se enriquece en el corazón del sistema que dice combatir, cuando consume, ostenta y acumula exactamente como cualquier magnate capitalista; esto no es crítica estructural, es derechamente hipocresía altamente rentable; el capitalismo es malo perverso, claro, siempre que primero me haga rico.
Detrás de Bad Bunny no hay espontaneidad, hay una estructura, hay productoras, financiamiento, estrategias de posicionamiento, vínculos políticos y empresariales que han sido documentados por la prensa y discutidos en tribunales.
Nada de lo que menciono en esta columna prueba conspiraciones místicas, pero SÍ confirma algo más inquietante y es que la cultura es hoy el principal campo de batalla ideológico. La lucha ya no es de clases, es de valores. Ya no se conquistan territorios, se reprograman imaginarios.
El travestismo performático, la ambigüedad forzada y la provocación identitaria constante no buscan ampliar libertades individuales, buscan erosionar referentes claros, especialmente en jóvenes que aún están construyendo su identidad, así entonces, cuando todo se vuelve relativo, nada es defendible y cuando nada es defendible, todo es moldeable.
Párrafo aparte merece la familia, el fenómeno no prosperaría sin una condición previa, esto es, la renuncia de los adultos a su rol formador. Familias que ya no conversan, mesas donde nadie se mira, padres que ignoran qué consumen sus hijos y qué valores absorben durante horas interminables de pantallas de teléfono, esta industria no educa, ocupa el vacío que otros parecen haber abandonado.
Llamar a Bad Bunny “payaso” no es un insulto personal que me permito por simple gusto, es una descripción funcional, el payaso distrae, normaliza lo grotesco, convierte la decadencia en espectáculo mientras otros, menos visibles, escriben el guion.
No se confundan con mis palabras, en esta crítica a lo que esta expresión cultural se refiere, no está el origen del problema, sólo está su rostro más rentable. Las civilizaciones no colapsan por un cantante ni por un fenómeno cultural aislado; las civilizaciones colapsan cuando renuncian a defender aquello que las sostuvo y comienzan a aplaudir, bajo el rótulo de “progreso”, todo lo que las carcome desde dentro. Así cayó Roma, no por la fuerza de los bárbaros, sino por la erosión lenta de sus valores, por el reemplazo de la virtud a manos del espectáculo, por el reemplazo de la responsabilidad a manos del placer, sólo para hacer más monumental el circo. Roma no fue derrotada, se pudrió, y toda cultura que aplaude su propia degradación camina hacia el mismo final, así las cosas y de no mediar correcciones, la caída definitiva es simplemente una cuestión de tiempo.
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