miércoles, 21 de enero de 2026

EL GABINETE TÉCNICO Y EL LLANTO DE LOS MEDIOCRES

    

Artículo escrito por: A PASO FIRME

    No han pasado 24 horas desde que el propio presidente electo José Antonio Kast anunció lo que será su gabinete y ahí están, el coro de siempre con los clásicos agoreros profesionales, los jinetes del apocalipsis de las redes sociales, opinólogos de teclado corto y ego como esperando que nada resulte; muchos repitiendo el mismo mantra pobre: “no tienen calle”, “no tienen experiencia política”, “son muy técnicos”, claro, como si el país se hubiera incendiado por exceso de técnica y no, precisamente, por su ausencia.

 

    Resulta curioso, más bien bastante patético, que quienes durante años justificaron la improvisación, el amateurismo y la militancia como si fueran virtudes republicanas, hoy descubran repentinamente la importancia de la “experiencia”. ¿Experiencia en qué exactamente? ¿En destruir instituciones, relativizar la ley, administrar el Estado como asamblea universitaria y convertir el poder en trinchera ideológica? Si esa es la experiencia que añoran, convendría recordarles un detalle incómodo: los sacaron de La Moneda, democráticamente, sin excusas, vayan a llorar a la iglesia y de preferencia en silencio.

 

    El nuevo gabinete es técnico, sí. Y justamente ahí está el pecado imperdonable para cierta fauna política y comunicacional, gente que sabe, que estudió, que gestionó, que trabajó fuera del circuito de favores partidarios; personas que no necesitan gritar consignas para sentirse relevantes ni convertir la ignorancia en identidad política, gente que no necesita levantar y empuñar la mano para hacer su trabajo. Para muchos opinantes seriales, eso es una amenaza existencial.

 

    Los idiotas de siempre que hablan de “falta de calle”, esos, los mismos que probablemente jamás administraron algo más complejo que su cuenta de Facebook, Twitter, Instagram o peor aún la de Tiktok. Se burlan de la “tecnocracia” quienes confundieron gobernar con declamar, al mismo tiempo acusan “desconexión”, así es, los mismos que vivieron cuatro años encapsulados en su superioridad moral, convencidos de que la izquierda era sinónimo automático de inteligencia, probidad y virtud. Si eso fuera cierto, Chile no estaría pagando hoy la cuenta.

     Gran parte de estas críticas no nacen del análisis, sino de algo mucho más básico, me refiero a la ignorancia sin costo y envidia con micrófono. Ignorancia, porque critican sin información, sin leer trayectorias, sin entender roles. Envidia, porque el poder, esta vez, no cayó en manos de su tribu. El anonimato digital hace el resto, una impunidad perfecta para la arrogancia.

    Chile no necesita más “políticos con calle” que aprendieron a sobrevivir sin resolver nada, necesita gestión, orden, profesionalismo, responsabilidad y eso, aunque les pese a los de siempre, no se improvisa ni se aprende en una asamblea universitaria con 1 metro cuadrado de chelas y un par de pitos con mala hierba, se construye con formación, experiencia real y criterio.

    Los mismos que hoy anuncian el desastre son los que ayer juraban que íbamos directo al paraíso, fallaron, así de simple, tampoco pidieron perdón, menos hicieron alguna autocrítica, sin embargo, ahora pretenden dar cátedra.

     Lo de la izquierda miserable de siempre y los vagos de las redes sociales no es crítica, es un berrinche producto de la desilusión propia de quienes perdieron, pierden y seguirán perdiendo.

    Lo de esta gente no es preocupación por Chile, es la nostalgia por un poder que ya no les pertenece.

    El gabinete sólo ha sido nominado, recién comenzará a trabajar el 11 de marzo de 2026, son la gestión y los resultados los que hablarán de lo logrado e incluso lo no logrado.

    Para superar los desafíos que Chile tiene por delante se necesitará incluso de esta gente que hasta ahora sólo demuestra saber vociferar, se necesitará de ellos un aporte positivo y real o sencillamente su silencio.

    Finalmente aclarar que esta columna no pretende una defensa irrestricta de lo anunciado por José Antonio Kast, aquello sería intelectualmente deshonesto, no hay duda que será el tiempo, implacable, incómodo y ajeno a la propaganda, el que determine si cada nombramiento y cada decisión ministerial fueron, efectivamente, lo que Chile necesitaba en este momento de su historia.

    Pero justamente por eso, antes de vociferar, de caricaturizar y de disparar consignas al vacío, corresponde algo mucho más simple y mucho más exigente, observar los resultados.

    La gente de bien siempre apostará por eso, por hechos, no por relatos; por gestión, no por histrionismo; por responsabilidad, no por el placer adolescente de destruir. Y sí, existen también aquellos que preferirían ver arder el mundo con tal de tener razón, aunque el país se queme con ellos dentro, a esos no los necesitamos, en realidad Chile nunca los necesitó.

    Esta columna no ha sido escrita para buscar aplausos ni para mendigar aprobación, tampoco para temerle a la crítica fácil, esto es simplemente la mirada de quien ha comprendido algo esencial, me refiero al valor del tiempo. Ese tiempo que desnuda la improvisación, pone en su lugar a los gritones y, tarde o temprano, separa la consigna del resultado.

  

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