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viernes, 30 de octubre de 2026

EL ESTADO: ¿PROTECTOR DE LOS CIUDADANOS O DUEÑO DE SUS VIDAS?


Artículo escrito por: A PASO FIRME

La libertad no se pierde solamente cuando alguien nos la arrebata por la fuerza. También se pierde cuando aceptamos, poco a poco, que otros decidan por nosotros en nombre de nuestro propio bienestar.

Sean muy bienvenidos a un nuevo espacio de reflexión. En esta oportunidad la invitación es a recuperar el pensamiento crítico, dejar de medir el progreso por la cantidad de funciones que acumula el Estado y comenzar a examinar si cada una de ellas está realmente justificada. A exigir límites al poder, responsabilidad en el uso de los recursos públicos y respeto irrestricto por los derechos individuales.

No se trata de negar los problemas sociales ni de sostener que cada persona debe enfrentar sola todas las dificultades de la vida. Se trata de comprender que las buenas intenciones no justifican cualquier intervención, las mayorías no legitiman cualquier abuso y ninguna promesa de bienestar debería eximir al poder de rendir cuentas.

La invitación entonces es a no aceptar las soluciones políticas como dogmas, a cuestionar las promesas que comprometen nuestra libertad y a recordar que una ciudadanía libre no es aquella que más espera del Estado, sino aquella que conserva la capacidad de exigirle, fiscalizarlo y ponerle límites.

Porque, al final, la pregunta no es cuánto puede hacer el Estado por nosotros, sino cuánto puede decidir por nosotros sin dejar de amenazar nuestra autonomía.

Los invito a pensar antes de delegar, a cuestionar antes de aceptar y a defender la libertad antes de descubrir que hemos entregado demasiado para recuperarla.

Hay una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate político, porque resulta mucho más cómodo discutir cuánto puede hacer el Estado que preguntarnos cuánto poder estamos dispuestos a entregarle.

Nos hablan de nuevas prestaciones, nuevos subsidios, nuevas regulaciones y nuevos programas públicos. Cada problema parece exigir una nueva institución, cada dificultad una nueva partida presupuestaria y cada desigualdad una nueva intervención gubernamental. El aparato crece, sus atribuciones se multiplican y sus administradores adquieren más poder.

Pero ¿Quién se detiene a preguntar dónde termina ese proceso?

¿En qué momento el Estado, creado para proteger a las personas, comienza a tratarlas como instrumentos de sus propios objetivos? ¿Cuándo la legítima preocupación por los problemas colectivos se convierte en una justificación permanente para limitar las decisiones individuales?

Estas no son preguntas marginales. Son preguntas esenciales para cualquier sociedad que todavía aspire a llamarse libre.

La libertad no es una concesión del poder

Milton Friedman dedicó buena parte de su pensamiento a advertir sobre los peligros de sacrificar la libertad individual en nombre de objetivos colectivos. Su argumento, expresado aquí en forma de paráfrasis y no como cita textual, conserva plena vigencia: cuando se pretende alcanzar la igualdad mediante la imposición y la restricción de la libertad, se corre el riesgo de terminar perjudicando ambas.

El problema comienza cuando confundimos igualdad ante la ley con igualdad de resultados.

La primera exige que todos estén sometidos a las mismas reglas, que nadie posea privilegios arbitrarios y que el poder no pueda decidir caprichosamente sobre el destino de las personas. La segunda, cuando se convierte en una obligación política de igualar resultados, puede terminar justificando una intervención cada vez mayor sobre el trabajo, el patrimonio y las decisiones de los ciudadanos.

Porque las personas no son idénticas. Tienen capacidades, preferencias, circunstancias, aspiraciones y prioridades diferentes. Pretender borrar todas esas diferencias desde el poder requiere una maquinaria de control que, inevitablemente, termina tomando decisiones que antes correspondían a cada individuo.

Y aquí aparece una paradoja interesante de analizar, me refiero a que, en nombre de la igualdad, se multiplican las desigualdades ante el poder. Unos deciden y otros obedecen. Unos administran los recursos y otros deben producirlos. Unos diseñan las reglas y otros descubren que su libertad depende de obtener una autorización, un beneficio o una excepción.

¿Es esa la sociedad que queremos construir?

Nozick y la pregunta que incomoda al poder

Robert Nozick llevó esta discusión a un terreno todavía más profundo.

En Anarquía, Estado y utopía, defendió la legitimidad de un Estado mínimo, limitado fundamentalmente a proteger a las personas contra la violencia, el robo y el fraude, hacer cumplir los contratos y garantizar la defensa frente a amenazas externas.

Su planteamiento no consiste simplemente en pedir una administración pública más eficiente. Va al fundamento moral del poder político.

Para Nozick, cada individuo posee derechos que no pueden ser sacrificados automáticamente en beneficio de los demás, aunque ese sacrificio se presente como necesario para alcanzar un supuesto bien común.

Esta idea contiene una advertencia incómoda: las personas no son recursos disponibles para que el Estado los distribuya según sus propios criterios de justicia.

Si una autoridad considera que puede disponer legítimamente del tiempo, el trabajo o los bienes de una persona cada vez que invoque una necesidad colectiva, entonces los derechos individuales dejan de ser límites efectivos al poder y se convierten en concesiones sujetas a las prioridades del gobierno.

Nozick cuestionó precisamente esa lógica. Su crítica a la tributación redistributiva parte de que obligar a alguien a entregar una parte de los frutos de su trabajo para financiar los objetivos de terceros plantea un problema moral serio: ¿hasta qué punto puede una sociedad reclamar el esfuerzo de una persona sin su consentimiento?

La comparación que establece con el trabajo forzado es deliberadamente provocadora. No significa que los impuestos sean literalmente idénticos a la esclavitud en todos sus aspectos, sino que obliga a examinar una cuestión fundamental: ¿Qué límites morales deberían restringir el poder de apropiarse del fruto del trabajo ajeno?

Podemos discrepar de la respuesta de Nozick. Lo que no deberíamos hacer es evadir la pregunta.

El Estado de bienestar y la expansión sin fronteras

El Estado de bienestar suele justificarse mediante objetivos difíciles de cuestionar, me refiero a ayudar a los más vulnerables, ampliar oportunidades, garantizar servicios y reducir la pobreza.

Sin embargo, que un objetivo sea moralmente atractivo no significa que cualquier instrumento utilizado para alcanzarlo sea legítimo, eficaz o sostenible.

Una política pública debe responder, al menos, a tres preguntas: ¿Resuelve realmente el problema?, ¿Cuánto cuesta y quién lo paga?, ¿Qué libertades restringe y qué incentivos genera?

Con demasiada frecuencia, el debate político se concentra en la primera pregunta y evita las otras dos.

El beneficio se anuncia con entusiasmo. El costo se distribuye entre millones de contribuyentes. La burocracia que lo administra adquiere continuidad institucional. Y cuando los resultados son insuficientes, la respuesta habitual consiste en solicitar más recursos, ampliar el programa o crear una nueva estructura.

Así, una política que nació como una solución excepcional puede convertirse en una obligación permanente, independientemente de sus resultados.

El problema no es que el Estado deba permanecer indiferente ante el sufrimiento humano. El problema es asumir que toda necesidad social constituye, por definición, una competencia estatal y que toda intervención pública representa necesariamente un progreso.

La solidaridad genuina no necesita que el poder político monopolice sus expresiones. Las personas, las familias, las asociaciones, las comunidades y las organizaciones privadas también pueden cooperar, ayudar y construir soluciones. La cuestión es permitir que esa capacidad exista y se desarrolle, en lugar de reducirla a una función subordinada a las decisiones del aparato estatal.

¿De quién es el dinero y quién decide?

Aquí llegamos al núcleo económico y moral del problema.

Cuando una persona trabaja, ahorra, emprende o invierte, no está produciendo únicamente ingresos. Está empleando tiempo de su vida, asumiendo riesgos y tomando decisiones sobre su futuro.

La propiedad privada no es solamente una cuestión contable. Es también una esfera de la autonomía personal.

Quien controla legítimamente sus recursos dispone de un margen para decidir cómo vivir, qué proyectos emprender, a quién ayudar y qué legado construir. Cuando ese margen se reduce arbitrariamente, también se reduce su capacidad de dirigir su propia existencia.

Por supuesto, la propiedad no justifica el fraude, el robo o el abuso. Tampoco convierte en legítima una riqueza obtenida mediante privilegios políticos o despojos. Precisamente por eso, una defensa seria de la propiedad debe considerar tanto la adquisición legítima como las transferencias voluntarias y la rectificación de injusticias pasadas.

La diferencia está en el principio que orienta la solución: proteger los derechos y corregir las injusticias mediante reglas legítimas, no convertir al Estado en árbitro ilimitado de cuánto puede conservar cada ciudadano.

Una sociedad libre no elimina las obligaciones legales ni desconoce la existencia de necesidades colectivas. Exige que esas obligaciones estén justificadas, limitadas y sometidas a control.

Porque cuando la respuesta a cada problema consiste en aumentar la capacidad del Estado para disponer de los recursos ajenos, la discusión deja de ser exclusivamente económica. Se transforma en una discusión sobre el poder. Y el poder, por definición, necesita límites.

El Estado mínimo no significa una sociedad sin reglas

Conviene aclararlo: defender un Estado limitado no equivale a defender la ausencia de justicia, seguridad o instituciones.

Un Estado incapaz de proteger a las personas frente a la violencia, el fraude o la arbitrariedad tampoco garantiza la libertad. Sin tribunales independientes, contratos exigibles y protección efectiva de los derechos, la autonomía individual puede convertirse en una ficción reservada a quienes tienen fuerza o recursos suficientes para defenderse por sí mismos.

La cuestión no es reemplazar el poder público por la ley del más fuerte. Es justamente lo contrario, se trata de impedir que el poder público se convierta en una versión institucionalizada de esa misma arbitrariedad.

Nozick imaginó cómo podría surgir un Estado mínimo a partir de agencias privadas de protección que evolucionaran desde un estado de naturaleza. Su propuesta es un argumento filosófico sobre el origen y la legitimidad del Estado, no una demostración histórica de que toda sociedad deba seguir necesariamente ese camino.

Pero su aporte central permanece. La existencia del Estado no basta para justificar cualquier atribución que este decida asumir. Que una institución pueda hacer algo no demuestra que tenga derecho a hacerlo. Y que una mayoría respalde una medida tampoco significa que esa medida deba quedar exenta de límites jurídicos y morales.

La democracia decide quién gobierna. El Estado de derecho establece que quienes gobiernan tampoco están por encima de la ley. Confundir ambas cosas es abrir la puerta a una tiranía legitimada por las urnas.

La trampa de las buenas intenciones

Las sociedades rara vez pierden su libertad de un día para otro. Con mayor frecuencia, la van cediendo mediante decisiones que, consideradas aisladamente, parecen razonables.

Una regulación adicional para resolver un problema concreto. Una excepción para enfrentar una emergencia. Una nueva facultad para facilitar la gestión pública. Una restricción que, según se asegura, solo afectará a quienes no tienen nada que temer.

Cada medida puede presentarse como necesaria. Pero la suma de todas ellas puede construir una estructura en la que el ciudadano necesita cada vez más permisos, autorizaciones y recursos públicos para desarrollar actividades que antes dependían de su propia iniciativa.

Entonces, así las cosas, cuando esa estructura se consolida, quienes viven de administrarla tienen incentivos para perpetuarla. No hace falta imaginar una conspiración. Basta con comprender que las instituciones tienden a proteger sus presupuestos, sus competencias y su continuidad. Por eso, la libertad necesita algo más que gobernantes bien intencionados.

La libertad necesita reglas que funcionen incluso cuando quienes ejercen el poder no lo sean; necesita ciudadanos capaces de desconfiar de las promesas fáciles, examinar los costos ocultos y exigir rendición de cuentas; necesita, sobre todo, comprender que no toda ampliación del poder público representa una conquista social. A veces, la libertad representa exactamente lo contrario.

La pregunta que debemos recuperar

El debate político contemporáneo suele plantearse en términos de cuánto más puede hacer el Estado. Cuántos beneficios puede distribuir, cuántos sectores puede regular, cuántos problemas puede intentar resolver y cuántas responsabilidades puede y debe asumir.

Propongo invertir esa pregunta.

¿Cuánto poder puede acumular el Estado antes de comenzar a amenazar los derechos que nació para proteger?

No existe una respuesta numérica universal. La respuesta exige examinar cada atribución, su fundamento, sus resultados y sus límites. Pero sí existe un principio que no deberíamos abandonar, me refiero a que, el poder público debe justificar sus competencias; los ciudadanos no deberían tener que justificar permanentemente su libertad.

El Estado no es dueño de la sociedad. El Estado no es propietario del trabajo de las personas ni tutor permanente de sus decisiones. El Estado tampoco es una entidad moralmente superior a los individuos que lo financian y lo integran. El Estado es una institución humana y, como toda institución humana, puede equivocarse, abusar de sus atribuciones, proteger intereses particulares y perpetuar sus propios errores. Por eso necesita controles, contrapesos, transparencia y límites efectivos.

La libertad no consiste en vivir sin responsabilidades, sino en poder asumirlas sin que una autoridad pretenda decidir por nosotros cada aspecto de nuestra existencia.

La justicia no consiste en garantizar que todos terminen en el mismo lugar, sino en asegurar que las reglas sean legítimas, los derechos estén protegidos y nadie pueda utilizar el poder para apropiarse arbitrariamente de lo que pertenece a otro.

De paso sepan que la solidaridad no pierde su valor por ser voluntaria. Al contrario, cuando nace de la conciencia y no de la imposición, conserva una dimensión moral que ninguna burocracia puede sustituir por decreto.

No preguntarnos cuánto más puede hacer el Estado, sino cuánto poder puede ejercer sin dejar de ser nuestro servidor. Esa es la discusión que importa.

Porque el verdadero progreso no se mide por el tamaño del aparato público ni por la cantidad de decisiones que concentra en sus manos. A mi juicio y entendimiento se mide también por el espacio que una sociedad preserva para que sus ciudadanos puedan pensar, trabajar, emprender, disentir y construir su propio destino.

El Estado debe estar al servicio de las personas. En el instante en que las personas pasan a estar al servicio del Estado, hemos invertido el orden que justifica su existencia.

Y una sociedad que deja de distinguir entre ambas cosas puede conservar sus instituciones, sus elecciones y sus discursos democráticos, mientras pierde gradualmente lo más importante: la libertad que les da sentido.


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