Artículo escrito por: A PASO FIRME
Chile ha sido sacudido, una vez más, por escándalos que reflejan las malas prácticas y los antivalores que parecen haberse instalado en nuestra sociedad. Hemos sido testigos del ruidoso impacto mediático que provocaron unas expresiones absolutamente impresentables sobre niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), pronunciadas durante una fiesta de cumpleaños privada. Sin embargo, aquella reunión dejó de ser un asunto privado cuando uno de sus participantes decidió difundir el registro en redes sociales. Desde ese momento, el episodio se propagó con rapidez y dio origen a una batalla comunicacional de tal magnitud que prácticamente nadie permaneció indiferente.
La ciudadanía adoptó posiciones contrapuestas. Por un lado, surgieron voces que repudiaron categóricamente las expresiones; por otro, aparecieron quienes dirigieron sus críticas contra esas condenas, relativizando lo ocurrido o intentando justificarlo. También se enfrentaron distintas concepciones éticas y morales: unas sosteniendo que tales dichos eran inaceptables bajo cualquier circunstancia y otras procurando restarles gravedad.
Más allá de las recriminaciones cruzadas, el escándalo terminó permeando a toda la sociedad. Dejaré deliberadamente de lado las consecuencias políticas del caso, porque considero que ello distrae de lo verdaderamente importante y que es, analizar cómo ha evolucionado nuestra sociedad en términos éticos, morales y valóricos.
Escudarse en la explicación de que aquellas expresiones forman parte del llamado «humor negro», como si se tratara de una rutina de stand-up comedy, resulta sencillamente inaceptable. El humor no puede convertirse en un refugio para eludir la responsabilidad ni en un argumento destinado a evitar sanciones o reproches públicos.
Tampoco resulta aceptable sostener que nada de esto habría ocurrido si el video no hubiese sido difundido por uno de los asistentes. Ese argumento es, a mi juicio, aún más preocupante, porque supone que una conducta deja de ser reprochable simplemente porque permanece oculta. Lo ofensivo y lo inaceptable no desaparecen por el hecho de no hacerse públicos. Del mismo modo, un abuso no deja de existir porque la sociedad decida mirar hacia otro lado; por el contrario, esa indiferencia contribuye a perpetuarlo y, en cierta medida, nos convierte en cómplices silenciosos.
En la actualidad parece cada vez más complejo hablar de valores y de moral. Sin embargo, ambos constituyen los pilares que orientan la conducta humana y hacen posible la convivencia pacífica dentro de una comunidad. Los valores fundamentan la moral, pues representan el «por qué» de las normas que regulan nuestro comportamiento. La moral, a su vez, materializa esos valores, ya que ninguna norma moral surge en el vacío, ella nace de la necesidad de proteger aquello que una sociedad considera digno de preservar. Si una comunidad valora la vida, por ejemplo, su sistema moral establecerá que matar es moralmente inaceptable.
Valores y moral cumplen, además, una función esencial de cohesión social. Compartir un conjunto básico de principios y normas permite que los ciudadanos desarrollen confianza mutua y puedan prever razonablemente el comportamiento de los demás. Asimismo, ambos elementos contribuyen a definir la identidad cultural de una nación, pues la jerarquía de valores de una sociedad termina reflejándose en sus leyes, sus costumbres y en el orden institucional que la sostiene.
Quizá el aspecto más preocupante del episodio no sea únicamente la gravedad de las expresiones pronunciadas, sino la facilidad con la que parte de la sociedad intentó justificarlas, relativizarlas o convertirlas en una simple controversia mediática. Cuando el debate deja de centrarse en la dignidad de las personas y pasa a concentrarse en quién grabó, quién difundió el video o cuáles serán las consecuencias políticas del caso, existe el riesgo de perder de vista el problema de fondo: la progresiva erosión de aquellos principios éticos y morales que hacen posible una convivencia basada en el respeto, la empatía y la responsabilidad.