Artículo escrito por: A PASO FIRME
El gobierno del presidente José Antonio Kast lleva casi ocho meses intentando ejecutar la partitura que prometió durante su campaña. Sin embargo, sus principales dificultades no han venido desde la oposición, sino desde sus propias filas. Ahora, una nueva ofensiva política amenaza con convertir las desafinaciones internas en una crisis de conducción presidencial.
Sean muy bienvenidos a un nuevo
podcast. Hoy queremos detenernos a observar algo que va mucho más allá de las
polémicas, las salidas de ministros o las disputas entre partidos. Un gobierno
puede tener un buen programa, un presidente con una dirección definida y
personas capaces en sus equipos; pero si quienes deben ejecutar esa partitura
no consiguen coordinarse, el resultado difícilmente será una buena obra. La
pregunta que nos convoca es sencilla, aunque incómoda: cuando la orquesta
comienza a desafinar, ¿dónde está el director? Los invito a reflexionar sobre
los primeros meses del gobierno del presidente Kast, sus dificultades internas
y el desafío de transformar una suma de partidos y liderazgos en una verdadera
coalición de gobierno.
Una orquesta sinfónica tiene una
particularidad que cualquier gobierno debería comprender y es que no basta con
reunir buenos músicos, disponer de instrumentos de calidad y anunciar una obra
extraordinaria. Para conseguir una interpretación armónica, cada integrante
debe conocer su partitura, respetar los tiempos, escuchar a los demás y, sobre
todo, reconocer la autoridad de quien dirige.
En esta representación, el presidente
José Antonio Kast ocupa naturalmente el lugar del director de orquesta. Sus
ministros son los músicos principales; los subsecretarios, seremis y delegados
presidenciales conforman las distintas líneas instrumentales que deben ejecutar
las instrucciones y mantener la armonía del conjunto.
El coro, por su parte, está
integrado por los partidos y movimientos que conforman su heterogénea base
política: Republicanos, Renovación Nacional, la UDI, Evópoli —o lo que queda de
ella— y un sector de Demócratas representado en el gabinete por la ministra
Ximena Rincón.
Frente a todos ellos, ocupando
las butacas, está el pueblo de Chile. La audiencia que eligió a esta orquesta
esperando escuchar una obra muy distinta de la que venía interpretándose entre
2022 y 2026.
La experiencia era razonable. Cada
ministro debía conocer el instrumento que tenía a su cargo. Cada subsecretario
debía entender su papel. Cada integrante de la estructura administrativa debía
contribuir a una ejecución coordinada. Pero, a poco andar, comenzaron los
problemas.
Los primeros músicos
comenzaron a desafinar
La instalación del gobierno
estuvo lejos de la precisión que cabría esperar de una agrupación que tuvo años
para preparar su presentación, porque no olvidemos que el presidente Kast llegó
a La Moneda luego de 2 intentos fallidos. Las dificultades iniciales fueron
seguidas por las tempranas salidas de las ministras Trinidad Steinert y Mara
Sedini, dos cambios que llegaron cuando la orquesta todavía ni siquiera había
terminado de afinar sus instrumentos.
Luego aparecieron los
desencuentros entre los ministros Iván Poduje y Jorge Quiroz, particularmente
en torno a la asignación de recursos fiscales escasos y las prioridades del
gasto público. Un enfrentamiento que terminó requiriendo la intervención pública
del propio presidente para intentar contener sus efectos.
Y no serían los últimos.
La gestión de Natalia Duco en el
Ministerio del Deporte estuvo marcada por controversias, tensiones
institucionales y cuestionamientos que finalmente terminaron costándole el
cargo. En el Ministerio de Ciencia, las fricciones entre la ministra Ximena Lincolao
y la subsecretaria Carolina Rossi han escalado hasta convertirse en otro
conflicto interno.
Las diferencias del ministro
Fernando Barros con sectores de su propio espacio político, particularmente
Renovación Nacional, tampoco han contribuido a proyectar una imagen de
coordinación gubernamental. A ello se suman las tensiones que ha generado el perfil
autónomo de la ministra May Chomali, tanto con la oposición como con
integrantes del propio oficialismo.
No estamos hablando
necesariamente de diferencias ideológicas irreconciliables ni de legítimas
discusiones sobre cómo implementar un programa. En una administración pública
compleja, las discrepancias existen y son inevitables. El problema aparece
cuando esas diferencias se transforman en conflictos públicos,
desautorizaciones, recriminaciones y disputas que terminan desplazando la
agenda que el gobierno debiera estar ejecutando.
En medio de esta crisis surge una
pregunta que comienza a hacerse incómoda:
¿Dónde está el director?
Porque un director de orquesta no
necesita saber tocar ni conocer todos los instrumentos de su orquesta, pero sí
tiene la obligación de conocer la partitura completa, marcar los tiempos,
corregir las entradas y exigir que cada músico cumpla con su responsabilidad.
La autonomía de los ministros no
puede convertirse en autonomía para desordenar al gobierno.
Un coro que tampoco consigue
encontrar la armonía
Si los músicos principales han
tenido dificultades, el coro tampoco ha estado a la altura de las
circunstancias.
Lo que pudo haber sido una
fortaleza política —una coalición capaz de coordinarse y respaldar un proyecto
común— ha terminado exhibiendo, demasiadas veces, sus diferencias a través de
recriminaciones, amenazas, advertencias y disputas internas. Este conglomerado
de partidos está lejos de constituir una verdadera coalición de gobierno, como
lo fueron en su momento la Concertación de Partidos por la Democracia o,
posteriormente, la Nueva Mayoría. Más bien, da la impresión de ser un colgajo
de egos, egoísmos y vanidades, donde algunos parecen más preocupados de
sobresalir por sobre sus propios aliados que de empujar un proyecto común. Y
cuando la competencia interna se impone sobre la lealtad política, las
zancadillas terminan reemplazando a la coordinación.
Republicanos, Renovación
Nacional, la UDI y los demás sectores que respaldan al Ejecutivo parecen
olvidar que formar parte de un gobierno implica algo más que obtener
representación en el gabinete o defender los intereses particulares de cada
colectividad.
Una coalición no es una suma de
intereses individuales. Es un compromiso político con un proyecto común.
Aquí es donde a mi juicio aparece
una paradoja que merece destacarse: buena parte de los problemas de esta
administración no ha necesitado de la intervención de la oposición para
producirse. Las desafinaciones han surgido desde el interior de la propia
orquesta.
Incluso hubo momentos en que el
gobierno consiguió atravesar escenarios que podían haberle resultado bastante
más complejos. La conmemoración de los siete años del 18 de octubre de 2019,
con los intentos de sectores de la izquierda por reinstalar su relato sobre
aquellos acontecimientos, no terminó convirtiéndose en una crisis política
mayor para el Ejecutivo.
El gobierno consiguió enfrentar
una fecha particularmente sensible para Chile sin que el escenario se
transformara en el problema que algunos podían haber anticipado.
Es decir, cuando el desafío
provenía desde fuera, la orquesta consiguió mantener la interpretación.
Pero cuando los problemas nacían
entre sus propios músicos, la situación parecía ser bastante diferente.
La última desafinación amenaza
con detener el concierto
Y entonces llegó el episodio del
Ministerio de Justicia.
La controversia por las rebajas
de condenas concedidas a personas condenadas por delitos sexuales, incluidos
delitos contra menores de edad, terminó convirtiéndose en uno de los mayores
problemas políticos que ha debido enfrentar esta administración.
Sin embargo, hay algo que debe
quedar meridianamente claro: el ministro Fernando Rabat ha sostenido que su
actuación se ajustó a la Constitución y a las leyes vigentes, dentro de las
atribuciones que le corresponden, y que la evaluación de los antecedentes y el
mérito de las solicitudes compete a los órganos establecidos por la
legislación.
Podrá discutirse la
interpretación jurídica, la normativa vigente, sus vacíos y la necesidad de
modificar el procedimiento. Pero una cosa es la responsabilidad política que
alguien quiera atribuirle y otra muy distinta es demostrar una infracción
constitucional o legal que configure una causal de acusación constitucional.
La Constitución no contempla
la acusación constitucional como un instrumento para castigar discrepancias
políticas ni para satisfacer la indignación de una mayoría circunstancial.
Si se pretende acusar al
ministro, habrá que demostrar jurídicamente la causal invocada. No basta con
expresar desacuerdo, exigir renuncias o convertir una controversia en una
oportunidad para golpear al Ejecutivo.
Y aquí la orquesta vuelve a
desafinar.
La oposición ha llevado la
ofensiva más allá del cuestionamiento ministerial, con amenazas de acusación
constitucional, exigencias de renuncia y señales de que algunos sectores
pretenden trasladar la crisis hasta el propio presidente.
La oposición tiene todo el
derecho de fiscalizar. Es parte esencial de la democracia. Pero una cosa es
fiscalizar y otra muy distinta es intentar convertir cada dificultad del
gobierno en una oportunidad para desestabilizar al conjunto de la administración.
El presidente Kast enfrenta aquí
una prueba particularmente delicada. Debe demostrar que es capaz de mantener la
conducción, defender la institucionalidad y exigir que se corrijan las
deficiencias sin permitir que las disputas internas ni las presiones externas
terminen imponiendo el ritmo de su gobierno.
Porque respaldar a sus ministros
no significa protegerlos incondicionalmente, pero tampoco puede aceptar que
cada controversia termine convirtiéndose en una amenaza para la estabilidad de
toda la administración.
La autoridad presidencial se
ejerce, no se delega ni se negocia a diario con cada integrante del gabinete o
de la coalición.
Todavía quedan tres actos y
medio
Una obra de cuatro actos no puede
darse por terminada cuando apenas se ha ejecutado una pequeña parte de su
partitura. Al gobierno todavía le queda una parte sustancial de su mandato y,
por lo mismo, tiempo para corregir, ordenar y demostrar que existe una
conducción capaz de llevar el proyecto hasta el final.
Pero el tiempo también juega en
contra.
La audiencia chilena no eligió a
esta administración para asistir a un interminable ensayo general. La
ciudadanía espera resultados en seguridad, crecimiento económico, empleo, orden
público y recuperación de la confianza en las instituciones.
No está pagando una entrada para
escuchar las disputas entre los músicos, ni para observar cómo el coro discute
sobre quién tiene derecho a ocupar el escenario.
El presidente tiene que decidir
si seguirá intentando apagar incendios individuales o si finalmente asumirá
plenamente su condición de director.
Dirigir no consiste en aparecer
cada vez que se produce una desafinación para explicar que todo está bajo
control y decirnos con voz ceremoniosa que “todo va a estar bien”. Consiste en
evitar que las desafinaciones se conviertan en la característica dominante de
la interpretación.
En este punto llegamos a una
reflexión que no debiéramos pasar por alto.
Es perfectamente posible que hoy,
sentados en nuestras butacas, no nos guste cómo está siendo ejecutada esta obra
sinfónica. Podemos encontrarla desordenada, con músicos que entran a destiempo,
instrumentos que se contradicen y un director que todavía no consigue imponer
plenamente su autoridad. Podemos exigir una mejor interpretación, reclamar por
las desafinaciones y demandar que se respete la partitura que se prometió en
campaña.
Todo eso es legítimo. La
audiencia tiene derecho a exigir calidad y el director tiene la obligación de
responder.
Pero, dicho esto, hay algo que
personalmente no quisiera ni siquiera imaginar: ¿Cómo podría sonar una obra
sinfónica dirigida por Jeannette Jara, militante del Partido Comunista?
Porque si hoy nos incomoda una
orquesta que todavía no consigue encontrar su armonía, no quiero imaginar lo
que podría significar entregar la dirección de esa obra a una propuesta
política cuyo horizonte ideológico plantea interrogantes mucho más profundos
sobre el modelo de sociedad, las libertades y el papel del Estado.
Una obra que podría tener un acto
inicial perfectamente reconocible, pero respecto de la cual difícilmente
podríamos saber cuántos actos terminaría teniendo antes de llegar a su
desenlace.
Y es que hay una diferencia
fundamental entre una orquesta que desafina y otra cuyo problema podría estar
en la propia partitura.
Al menos hoy sabemos qué obra
se prometió interpretar, quién tiene la batuta y cuánto tiempo queda para
corregir la ejecución. Lo que no sabemos es si todos los músicos están
dispuestos a seguir la misma partitura ni si el director está finalmente decidido
a imponer su autoridad.
El público chileno ya tuvo
suficiente con una obra cuyo final terminó siendo una de las experiencias más
amargas de nuestra historia reciente. No debiéramos olvidar esa lección
mientras exigimos que esta orquesta, con todos sus defectos, consiga finalmente
interpretar la obra que prometió.
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