sábado, 31 de octubre de 2026

CUANDO LA ORQUESTA DESAFINA, ¿DÓNDE ESTÁ EL DIRECTOR?

Artículo escrito por: A PASO FIRME 

El gobierno del presidente José Antonio Kast lleva casi ocho meses intentando ejecutar la partitura que prometió durante su campaña. Sin embargo, sus principales dificultades no han venido desde la oposición, sino desde sus propias filas. Ahora, una nueva ofensiva política amenaza con convertir las desafinaciones internas en una crisis de conducción presidencial.

Sean muy bienvenidos a un nuevo podcast. Hoy queremos detenernos a observar algo que va mucho más allá de las polémicas, las salidas de ministros o las disputas entre partidos. Un gobierno puede tener un buen programa, un presidente con una dirección definida y personas capaces en sus equipos; pero si quienes deben ejecutar esa partitura no consiguen coordinarse, el resultado difícilmente será una buena obra. La pregunta que nos convoca es sencilla, aunque incómoda: cuando la orquesta comienza a desafinar, ¿dónde está el director? Los invito a reflexionar sobre los primeros meses del gobierno del presidente Kast, sus dificultades internas y el desafío de transformar una suma de partidos y liderazgos en una verdadera coalición de gobierno.

Una orquesta sinfónica tiene una particularidad que cualquier gobierno debería comprender y es que no basta con reunir buenos músicos, disponer de instrumentos de calidad y anunciar una obra extraordinaria. Para conseguir una interpretación armónica, cada integrante debe conocer su partitura, respetar los tiempos, escuchar a los demás y, sobre todo, reconocer la autoridad de quien dirige.

En esta representación, el presidente José Antonio Kast ocupa naturalmente el lugar del director de orquesta. Sus ministros son los músicos principales; los subsecretarios, seremis y delegados presidenciales conforman las distintas líneas instrumentales que deben ejecutar las instrucciones y mantener la armonía del conjunto.

El coro, por su parte, está integrado por los partidos y movimientos que conforman su heterogénea base política: Republicanos, Renovación Nacional, la UDI, Evópoli —o lo que queda de ella— y un sector de Demócratas representado en el gabinete por la ministra Ximena Rincón.

Frente a todos ellos, ocupando las butacas, está el pueblo de Chile. La audiencia que eligió a esta orquesta esperando escuchar una obra muy distinta de la que venía interpretándose entre 2022 y 2026.

La experiencia era razonable. Cada ministro debía conocer el instrumento que tenía a su cargo. Cada subsecretario debía entender su papel. Cada integrante de la estructura administrativa debía contribuir a una ejecución coordinada. Pero, a poco andar, comenzaron los problemas.

Los primeros músicos comenzaron a desafinar

La instalación del gobierno estuvo lejos de la precisión que cabría esperar de una agrupación que tuvo años para preparar su presentación, porque no olvidemos que el presidente Kast llegó a La Moneda luego de 2 intentos fallidos. Las dificultades iniciales fueron seguidas por las tempranas salidas de las ministras Trinidad Steinert y Mara Sedini, dos cambios que llegaron cuando la orquesta todavía ni siquiera había terminado de afinar sus instrumentos.

Luego aparecieron los desencuentros entre los ministros Iván Poduje y Jorge Quiroz, particularmente en torno a la asignación de recursos fiscales escasos y las prioridades del gasto público. Un enfrentamiento que terminó requiriendo la intervención pública del propio presidente para intentar contener sus efectos.

Y no serían los últimos.

La gestión de Natalia Duco en el Ministerio del Deporte estuvo marcada por controversias, tensiones institucionales y cuestionamientos que finalmente terminaron costándole el cargo. En el Ministerio de Ciencia, las fricciones entre la ministra Ximena Lincolao y la subsecretaria Carolina Rossi han escalado hasta convertirse en otro conflicto interno.

Las diferencias del ministro Fernando Barros con sectores de su propio espacio político, particularmente Renovación Nacional, tampoco han contribuido a proyectar una imagen de coordinación gubernamental. A ello se suman las tensiones que ha generado el perfil autónomo de la ministra May Chomali, tanto con la oposición como con integrantes del propio oficialismo.

No estamos hablando necesariamente de diferencias ideológicas irreconciliables ni de legítimas discusiones sobre cómo implementar un programa. En una administración pública compleja, las discrepancias existen y son inevitables. El problema aparece cuando esas diferencias se transforman en conflictos públicos, desautorizaciones, recriminaciones y disputas que terminan desplazando la agenda que el gobierno debiera estar ejecutando.

En medio de esta crisis surge una pregunta que comienza a hacerse incómoda:

¿Dónde está el director?

Porque un director de orquesta no necesita saber tocar ni conocer todos los instrumentos de su orquesta, pero sí tiene la obligación de conocer la partitura completa, marcar los tiempos, corregir las entradas y exigir que cada músico cumpla con su responsabilidad.

La autonomía de los ministros no puede convertirse en autonomía para desordenar al gobierno.

Un coro que tampoco consigue encontrar la armonía

Si los músicos principales han tenido dificultades, el coro tampoco ha estado a la altura de las circunstancias.

Lo que pudo haber sido una fortaleza política —una coalición capaz de coordinarse y respaldar un proyecto común— ha terminado exhibiendo, demasiadas veces, sus diferencias a través de recriminaciones, amenazas, advertencias y disputas internas. Este conglomerado de partidos está lejos de constituir una verdadera coalición de gobierno, como lo fueron en su momento la Concertación de Partidos por la Democracia o, posteriormente, la Nueva Mayoría. Más bien, da la impresión de ser un colgajo de egos, egoísmos y vanidades, donde algunos parecen más preocupados de sobresalir por sobre sus propios aliados que de empujar un proyecto común. Y cuando la competencia interna se impone sobre la lealtad política, las zancadillas terminan reemplazando a la coordinación.

Republicanos, Renovación Nacional, la UDI y los demás sectores que respaldan al Ejecutivo parecen olvidar que formar parte de un gobierno implica algo más que obtener representación en el gabinete o defender los intereses particulares de cada colectividad.

Una coalición no es una suma de intereses individuales. Es un compromiso político con un proyecto común.

Aquí es donde a mi juicio aparece una paradoja que merece destacarse: buena parte de los problemas de esta administración no ha necesitado de la intervención de la oposición para producirse. Las desafinaciones han surgido desde el interior de la propia orquesta.

Incluso hubo momentos en que el gobierno consiguió atravesar escenarios que podían haberle resultado bastante más complejos. La conmemoración de los siete años del 18 de octubre de 2019, con los intentos de sectores de la izquierda por reinstalar su relato sobre aquellos acontecimientos, no terminó convirtiéndose en una crisis política mayor para el Ejecutivo.

El gobierno consiguió enfrentar una fecha particularmente sensible para Chile sin que el escenario se transformara en el problema que algunos podían haber anticipado.

Es decir, cuando el desafío provenía desde fuera, la orquesta consiguió mantener la interpretación.

Pero cuando los problemas nacían entre sus propios músicos, la situación parecía ser bastante diferente.

La última desafinación amenaza con detener el concierto

Y entonces llegó el episodio del Ministerio de Justicia.

La controversia por las rebajas de condenas concedidas a personas condenadas por delitos sexuales, incluidos delitos contra menores de edad, terminó convirtiéndose en uno de los mayores problemas políticos que ha debido enfrentar esta administración.

Sin embargo, hay algo que debe quedar meridianamente claro: el ministro Fernando Rabat ha sostenido que su actuación se ajustó a la Constitución y a las leyes vigentes, dentro de las atribuciones que le corresponden, y que la evaluación de los antecedentes y el mérito de las solicitudes compete a los órganos establecidos por la legislación.

Podrá discutirse la interpretación jurídica, la normativa vigente, sus vacíos y la necesidad de modificar el procedimiento. Pero una cosa es la responsabilidad política que alguien quiera atribuirle y otra muy distinta es demostrar una infracción constitucional o legal que configure una causal de acusación constitucional.

La Constitución no contempla la acusación constitucional como un instrumento para castigar discrepancias políticas ni para satisfacer la indignación de una mayoría circunstancial.

Si se pretende acusar al ministro, habrá que demostrar jurídicamente la causal invocada. No basta con expresar desacuerdo, exigir renuncias o convertir una controversia en una oportunidad para golpear al Ejecutivo.

Y aquí la orquesta vuelve a desafinar.

La oposición ha llevado la ofensiva más allá del cuestionamiento ministerial, con amenazas de acusación constitucional, exigencias de renuncia y señales de que algunos sectores pretenden trasladar la crisis hasta el propio presidente.

La oposición tiene todo el derecho de fiscalizar. Es parte esencial de la democracia. Pero una cosa es fiscalizar y otra muy distinta es intentar convertir cada dificultad del gobierno en una oportunidad para desestabilizar al conjunto de la administración.

El presidente Kast enfrenta aquí una prueba particularmente delicada. Debe demostrar que es capaz de mantener la conducción, defender la institucionalidad y exigir que se corrijan las deficiencias sin permitir que las disputas internas ni las presiones externas terminen imponiendo el ritmo de su gobierno.

Porque respaldar a sus ministros no significa protegerlos incondicionalmente, pero tampoco puede aceptar que cada controversia termine convirtiéndose en una amenaza para la estabilidad de toda la administración.

La autoridad presidencial se ejerce, no se delega ni se negocia a diario con cada integrante del gabinete o de la coalición.

Todavía quedan tres actos y medio

Una obra de cuatro actos no puede darse por terminada cuando apenas se ha ejecutado una pequeña parte de su partitura. Al gobierno todavía le queda una parte sustancial de su mandato y, por lo mismo, tiempo para corregir, ordenar y demostrar que existe una conducción capaz de llevar el proyecto hasta el final.

Pero el tiempo también juega en contra.

La audiencia chilena no eligió a esta administración para asistir a un interminable ensayo general. La ciudadanía espera resultados en seguridad, crecimiento económico, empleo, orden público y recuperación de la confianza en las instituciones.

No está pagando una entrada para escuchar las disputas entre los músicos, ni para observar cómo el coro discute sobre quién tiene derecho a ocupar el escenario.

El presidente tiene que decidir si seguirá intentando apagar incendios individuales o si finalmente asumirá plenamente su condición de director.

Dirigir no consiste en aparecer cada vez que se produce una desafinación para explicar que todo está bajo control y decirnos con voz ceremoniosa que “todo va a estar bien”. Consiste en evitar que las desafinaciones se conviertan en la característica dominante de la interpretación.

En este punto llegamos a una reflexión que no debiéramos pasar por alto.

Es perfectamente posible que hoy, sentados en nuestras butacas, no nos guste cómo está siendo ejecutada esta obra sinfónica. Podemos encontrarla desordenada, con músicos que entran a destiempo, instrumentos que se contradicen y un director que todavía no consigue imponer plenamente su autoridad. Podemos exigir una mejor interpretación, reclamar por las desafinaciones y demandar que se respete la partitura que se prometió en campaña.

Todo eso es legítimo. La audiencia tiene derecho a exigir calidad y el director tiene la obligación de responder.

Pero, dicho esto, hay algo que personalmente no quisiera ni siquiera imaginar: ¿Cómo podría sonar una obra sinfónica dirigida por Jeannette Jara, militante del Partido Comunista?

Porque si hoy nos incomoda una orquesta que todavía no consigue encontrar su armonía, no quiero imaginar lo que podría significar entregar la dirección de esa obra a una propuesta política cuyo horizonte ideológico plantea interrogantes mucho más profundos sobre el modelo de sociedad, las libertades y el papel del Estado.

Una obra que podría tener un acto inicial perfectamente reconocible, pero respecto de la cual difícilmente podríamos saber cuántos actos terminaría teniendo antes de llegar a su desenlace.

Y es que hay una diferencia fundamental entre una orquesta que desafina y otra cuyo problema podría estar en la propia partitura.

Al menos hoy sabemos qué obra se prometió interpretar, quién tiene la batuta y cuánto tiempo queda para corregir la ejecución. Lo que no sabemos es si todos los músicos están dispuestos a seguir la misma partitura ni si el director está finalmente decidido a imponer su autoridad.

El público chileno ya tuvo suficiente con una obra cuyo final terminó siendo una de las experiencias más amargas de nuestra historia reciente. No debiéramos olvidar esa lección mientras exigimos que esta orquesta, con todos sus defectos, consiga finalmente interpretar la obra que prometió.


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