sábado, 14 de febrero de 2026

EL LITIO EN LA CUERDA FLOJA - ¿RIQUEZA DEL FUTURO O ERROR DEL PASADO?

 


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Chile tiene aproximadamente el treinta por ciento de las reservas mundiales de litio, treinta por ciento, un número que suena a poder, a ventaja estratégica, a futuro asegurado; sin embargo, mientras discutimos cómo administrar esa riqueza, el mundo tecnológico ya está trabajando, silenciosamente en alternativas que podrían relativizar ese dominio.

La historia económica no premia al que tiene el recurso, premia al que entiende el momento.

    Durante años, el litio fue el rey indiscutido del almacenamiento energético: alta densidad, eficiencia, versatilidad; se trata de la columna vertebral de los vehículos eléctricos y de la transición energética global, pero el litio no es perfecto.

    Su extracción en salares requiere enormes volúmenes de agua, particularmente sensibles en zonas como el norte de Chile. El proceso de reciclaje es tanto complejo como costoso y las baterías contienen elementos críticos como cobalto y níquel, que agregan desafíos ambientales y sociales.

Nada de esto lo invalida, pero sí lo relativiza.

    Mientras tanto, el sodio, un elemento abundante, presente en la sal común y en el océano, comienza a ganar terreno.

    Las baterías de sodio no tienen la misma densidad energética que las de litio, es decir, pesan más para almacenar lo mismo, pero ofrecen ventajas relevantes, por ejemplo, menor costo, materias primas ampliamente disponibles, menor presión geopolítica, menor toxicidad, mayor facilidad de reciclaje, mejor tolerancia a temperaturas extremas. En aplicaciones de almacenamiento estacionario como redes eléctricas, el sodio puede ser perfectamente competitivo.

    Aquí es donde aparece el dato estratégico, empresas como BYD ya han anunciado avances tanto en baterías de sodio como en baterías de estado sólido, con planes de producción hacia 2027. China no está apostando todo a una sola carta química, está diversificando, está investigando, está anticipando.

    Mientras tanto, en Chile, el debate público gira en torno a cómo administrar la renta del litio …y cómo cubrir déficits fiscales inmediatos, he aquí donde el análisis se vuelve incómodo, porque tener el recurso no equivale a dominar la tecnología, tener reservas no equivale a tener industria, tener ventaja natural no equivale a tener estrategia. Chile podría estar invirtiendo agresivamente en investigación aplicada, fabricación de celdas, desarrollo de reciclaje avanzado, formación de capital humano especializado y diversificación hacia nuevas químicas como el sodio.

Pero el foco, el foco sigue estando, una vez más, en la extracción primaria.

Entonces, conviene mirar hacia atrás.

    A comienzos del siglo XX, Chile era el principal productor mundial de salitre natural; el salitre era nuestro oro blanco, financiaba al Estado, sostenía la economía y parecía una fuente inagotable de recursos ...hasta que la ciencia hizo su trabajo.

    En 1909, el químico alemán Fritz Haber, junto a Carl Bosch, desarrollaron el proceso que permitió sintetizar amoníaco a partir del nitrógeno del aire, el famoso proceso Haber-Bosch, ¿el resultado? Fertilizantes sintéticos, ¿el impacto? Devastador para la industria salitrera chilena.

    No fue una guerra, no fue un bloqueo, no fue una conspiración, fue ciencia, innovación, conocimiento aplicado y, en pocos años, la riqueza que parecía eterna se evaporó. Las oficinas salitreras quedaron abandonadas en el desierto, pueblos completos desaparecieron, la economía chilena entró en una crisis profunda.

    La pregunta es inevitable, ¿Aprendimos algo? Porque hoy volvemos a escuchar el mismo relato: “Tenemos el recurso estratégico del siglo XXI.” y puede ser cierto, pero también puede ser parcialmente cierto.

    Si el mundo avanza hacia baterías de sodio, estado sólido u otras químicas emergentes …si la densidad energética mejora …si los costos bajan …si el reciclaje se simplifica…

    ¿El litio seguirá siendo importante? Sí, pero no necesariamente hegemónico y depender exclusivamente de su renta podría ser, otra vez, un error histórico.

    La experiencia del salitre debería formar parte de la memoria colectiva de Chile, porque no fue la política la que reemplazó al salitre, fue la ciencia; no fue un decreto, fue conocimiento aplicado con disciplina y visión de largo plazo.

    La pregunta final es incómoda, pero necesaria, ¿Estamos usando el litio para construir futuro tecnológico …o para financiar presente político? Porque si la respuesta es lo segundo, la historia podría repetirse.

    La porfía de anteponer la política al conocimiento no es una experiencia heredable, es una experiencia repetible y Chile, Chile ya sabe cómo termina esa historia.

martes, 10 de febrero de 2026

BAD BUNNY: CUANDO LA INDUSTRIA CONVIERTE LA INMORALIDAD EN MERCANCÍA CULTURAL

 Artículo escrito por: A PASO FIRME

Cómo es que considero que la industria cultural convirtió la degradación en virtud y la vulgaridad en discurso político.

    Bad Bunny no es música, es un mensaje, y como todo mensaje masivo, merece ser analizado no desde el gusto personal, sino desde sus efectos culturales, sus símbolos y, sobre todo, desde aquello que normaliza.

    No estamos frente a un artista disruptivo ni a un genio incomprendido, estamos frente a un producto industrial que ha sido diseñado para una época que ya no distingue entre provocación y decadencia o entre libertad y disolución valórica.

    No hace falta citar las letras de sus canciones, están disponibles para quien quiera verificarlo y con ello reconocer el patrón: La mujer reducida a objeto, el sexo convertido en un acto mecánico degradante y sin responsabilidad, la intimidad convertida en mercancía y, el cuerpo femenino tratado como territorio de uso y descarte.

    Hay, además, un silencio que no es casual y es el de los colectivos feministas, siempre dispuestos a indignarse cuando la ocasión rinde dividendos políticos o financieros, pero curiosamente mudos frente a una industria que convierte a la mujer en mercancía sexual global, la degrada en nombre del “arte” y la expone como objeto de consumo masivo. No hay marchas, no hay pañuelos, no hay comunicados. La indignación selectiva revela lo evidente y es que lo de estos grupos no se trata de defender a la mujer, sino de administrar el relato, así entonces, cuando la cosificación viene envuelta en discurso progresista y genera millones, deja de ser violencia y pasa a ser cultura.

    Esto se vende como “liberación”, pero es exactamente lo contrario, es la negación de la dignidad envuelta en lenguaje progresista, es la cosificación clásica pero ahora maquillada de rebeldía.

    Cualquier padre que tenga hijas y aún conserve un mínimo de lucidez moral entiende el problema sin necesidad de mayores explicaciones.

    El consumo de drogas y pastillas no aparece como un drama ni como un problema social, sino como ornamento aspiracional. La vida sin esfuerzo, sin disciplina y sin trabajo significativo es presentada como un ideal de vida. Haz nada, consume, goza y repite, olvídate de pensar; Esto no es casualidad, a mi juicio se trata de una cultura que glorifica el ocio vacío con una pseudo cultura fácilmente manejable y peor aún manipulable, se trata de individuos anestesiados que no cuestionan, simplemente consumen como autómatas.

    Ridiculizar símbolos cristianos ya no escandaliza a nadie, esa batalla está ganada hace rato, lo que ahora se hace es más sofisticado, se trata de banalizar lo sagrado, se lo convierte en un meme, una vulgar performance, un grotesco disfraz. Si bien en las últimas décadas la iglesia católica a través de varios Papa ha criticado profundamente estas expresiones, ellas se estrellan de frente con medios de información que celebran la degradación como si se tratara de progreso, invisibilizando con ello el llamado a la cordura.

    En paralelo a lo anterior, se introduce lo oculto, lo esotérico, el satanismo estético, el “tercer ojo”, como si fueran simples juegos simbólicos. Nada es inocente en la cultura de masas. Los símbolos transmiten y educan, incluso cuando se presentan como ironía. Destruir lo trascendente deja un vacío y todo vacío termina siendo ocupado por algo.

    El discurso contra Estados Unidos, el capitalismo y el “imperialismo” resulta especialmente grotesco cuando quien lo enuncia se ha convertido en un millonario gracias al mercado global, cuando vive y se enriquece en el corazón del sistema que dice combatir, cuando consume, ostenta y acumula exactamente como cualquier magnate capitalista; esto no es crítica estructural, es derechamente hipocresía altamente rentable; el capitalismo es malo perverso, claro, siempre que primero me haga rico.

    Detrás de Bad Bunny no hay espontaneidad, hay una estructura, hay productoras, financiamiento, estrategias de posicionamiento, vínculos políticos y empresariales que han sido documentados por la prensa y discutidos en tribunales.

    Nada de lo que menciono en esta columna prueba conspiraciones místicas, pero confirma algo más inquietante y es que la cultura es hoy el principal campo de batalla ideológico. La lucha ya no es de clases, es de valores. Ya no se conquistan territorios, se reprograman imaginarios.

    El travestismo performático, la ambigüedad forzada y la provocación identitaria constante no buscan ampliar libertades individuales, buscan erosionar referentes claros, especialmente en jóvenes que aún están construyendo su identidad, así entonces, cuando todo se vuelve relativo, nada es defendible y cuando nada es defendible, todo es moldeable.

    Párrafo aparte merece la familia, el fenómeno no prosperaría sin una condición previa, esto es, la renuncia de los adultos a su rol formador. Familias que ya no conversan, mesas donde nadie se mira, padres que ignoran qué consumen sus hijos y qué valores absorben durante horas interminables de pantallas de teléfono, esta industria no educa, ocupa el vacío que otros parecen haber abandonado.

    Llamar a Bad Bunny “payaso” no es un insulto personal que me permito por simple gusto, es una descripción funcional, el payaso distrae, normaliza lo grotesco, convierte la decadencia en espectáculo mientras otros, menos visibles, escriben el guion.

    No se confundan con mis palabras, en esta crítica a lo que esta expresión cultural se refiere, no está el origen del problema, sólo está su rostro más rentable. Las civilizaciones no colapsan por un cantante ni por un fenómeno cultural aislado; las civilizaciones colapsan cuando renuncian a defender aquello que las sostuvo y comienzan a aplaudir, bajo el rótulo de “progreso”, todo lo que las carcome desde dentro. Así cayó Roma, no por la fuerza de los bárbaros, sino por la erosión lenta de sus valores, por el reemplazo de la virtud a manos del espectáculo, por el reemplazo de la responsabilidad a manos del placer, sólo para hacer más monumental el circo. Roma no fue derrotada, se pudrió, y toda cultura que aplaude su propia degradación camina hacia el mismo final, así las cosas y de no mediar correcciones, la caída definitiva es simplemente una cuestión de tiempo.

jueves, 5 de febrero de 2026

CAMINAR Y MASCAR CHICLE: EL DELIRIO MESIÁNICO DE UNA VOCERA SIN PUDOR


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Cuando un gobierno pierde el respaldo ciudadano de manera categórica, lo esperable es silencio prudente, autocrítica mínima y una retirada ordenada. Lo que no corresponde, bajo ninguna lógica republicana, es la insolencia pedagógica de quienes, tras un fracaso evidente, pretenden instruir al presidente electo sobre cómo gobernar.

    Eso fue exactamente lo que hizo Camila Vallejo al afirmar, sin rubor alguno, que José Antonio Kast deberá “caminar y mascar chicle” para enfrentar los desafíos que, según ella, deja como herencia el gobierno de Gabriel Boric. La frase no solo es de baja estofa, por no decir derechamente ordinaria, impropia de una vocera de Estado y francamente infantil; es, sobre todo, una expresión transparente de arrogancia ideológica y delirio mesiánico.

    Porque Vallejo no habla desde la humildad de quien reconoce errores, habla desde la superioridad moral autoproclamada, esa que su sector político ha exhibido desde hace más de una década, convencidos de que gobiernan no por mandato ciudadano, sino por una supuesta iluminación histórica. No se trata de una simple torpeza verbal ni de ignorancia accidental, no nos confundamos, lo suyo es libreto, ensayado, provocador y perfectamente coherente con una visión política que desprecia la alternancia, relativiza la democracia liberal y concibe el poder como patrimonio moral propio.

    La frase “caminar y mascar chicle” no es casual. Es un gesto de desdén. Es decirle al presidente electo, y por extensión a quienes votaron por él, que gobernar Chile después de Boric será una prueba de suficiencia intelectual básica, como si el país hubiese alcanzado un nivel tan elevado de gestión, sofisticación y progreso, que ahora el nuevo gobierno apenas deberá demostrar que es capaz de hacer dos cosas a la vez; sin embargo, la realidad es brutalmente distinta.

    El gobierno que Vallejo defiende con entusiasmo casi religioso deja desorden fiscal, escándalos de corrupción sin aclarar, deterioro institucional, crisis de inversión, colapso en áreas sensibles del Estado y una política exterior errática que dañó la imagen de Chile, nada de eso aparece en su relato, porque el problema nunca fue la realidad, sino el control del relato y ahí está la clave.

    Vallejo no se ofende cuando se le señala la incompetencia de su sector, pero sí cuando se la define como comunista. No porque la palabra sea incorrecta, ella misma ha rendido homenajes explícitos a dictaduras comunistas y ha peregrinado ideológicamente a Cuba, ese paraíso retórico donde no hay elecciones libres, prensa independiente ni libertades básicas, sino porque en su esquema mental el comunismo no es una ideología más: es una fe, una identidad moral superior que no admite cuestionamientos.

    Desde esa lógica, la crítica no es legítima: es reacción. El adversario no piensa distinto: está equivocado, por lo tanto quien llega al poder por una vía distinta no es un gobernante electo, es alguien que debe ser tutelado, advertido e instruido. Ese es el verdadero trasfondo del comentario. No la ordinariez, que ya sería grave. No la falta de elegancia institucional, que también lo es. Sino la incapacidad estructural de esta generación política para aceptar que perdió, que su proyecto fue rechazado y que no deja una obra admirable, sino un país cansado de la soberbia.

    El mesianismo de Vallejo no es individual. Es colectivo, es el mismo que llevó a su sector a creer que tenían una “moral distinta”, que venían a reemplazar a una élite corrupta, y que terminaron replicando, cuando no superando por lejos, en desorden, nepotismo, incompetencia y doble estándar. Es el mismo que hoy intenta instalar la idea de que Boric fue un gran estadista incomprendido y, que el verdadero desafío será estar a su altura.

    No. El verdadero desafío del próximo gobierno será reparar los daños, ordenar la casa y devolverle al país algo tan básico como la seriedad, y eso, justamente, es lo que más irrita a quienes confundieron el poder con un púlpito y el gobierno con una asamblea universitaria permanente.

    Camila Vallejo no habló como vocera de un gobierno que se va. Habló como custodia de un dogma, incapaz de entender que en democracia nadie hereda el país como si fuera un legado sagrado. Mucho menos quienes lo administraron mal.

    Porque al final, caminar y mascar chicle no era el problema, el problema fue creer que recitar bastaba para gobernar.

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