jueves, 9 de abril de 2026

PRIMER MES DE KAST: ENTRE EL GOLPE DE REALIDAD Y LA PRUEBA DE FUEGO

 


Artículo escrito por: A PASO FIRME


    Chile no está viviendo un inicio de gobierno cualquiera. Lo que estamos viendo en este primer mes del mandato de José Antonio Kast es algo más incómodo, más crudo, se trata a mi juicio del momento exacto en que una expectativa enorme choca de frente con la realidad.

    Comencemos por donde corresponde, el triunfo de José Antonio Kast no fue sólo electoral, fue simbólico. Ganar en todas las regiones no ocurre por casualidad, es el reflejo de un país que se cansó, cansado de promesas, de ambigüedades, de una forma de gobernar que terminó por diluir responsabilidades. Y en ese sentido, este cambio de ciclo tiene una profundidad que muchos aún no terminan de dimensionar. No es sólo alternancia, es corrección de rumbo, por eso mismo, el estándar es otro y, ahí es donde comienzan los problemas.

    Gobernar no tiene nada que ver con ganar elecciones, el primer mes ha dejado en evidencia algo que suele ser letal si no se corrige a tiempo: desorden comunicacional. La vocera Mara Sedini y otras figuras han cometido errores evitables, de esos que no tumban un gobierno, pero sí erosionan su credibilidad. Declaraciones que después se corrigen, ideas mal explicadas, mensajes que llegan tarde. ¿El resultado? Un espacio abierto que la oposición no ha dudado en ocupar, aquí no me refiero a cualquier oposición, me refiero al Partido Comunista de Chile y el Frente Amplio, ellos entendieron rápido el libreto: no necesitan grandes derrotas del gobierno, les basta con amplificar cada tropiezo hasta convertirlo en un síntoma de incapacidad estructural, ellos no buscan tener razón, buscan instalar una sensación.

    Mientras el ruido político crece, hay un elemento mucho más determinante que no depende de La Moneda y es el contexto internacional. Kast asumió con una crisis energética en desarrollo que terminó impactando de lleno en el precio de los combustibles. Ahí aparece una de las decisiones más incómodas, y al mismo tiempo más reveladoras de este inicio, la del ministro de Hacienda Jorge Quiroz, de transparentar el precio real del petróleo; en efecto, se acabó el subsidio silencioso, se acabó la ficción.

    El problema con lo anterior es que decir la verdad en economía casi nunca es popular y menos cuando implica que la bencina suba más de 400 pesos y el diésel aún más. La izquierda reaccionó como era esperable, atribuyendo la responsabilidad al gobierno. Pero la discusión de fondo es otra, si el país quiere seguir viviendo en una ilusión financiada con deuda o si, de una vez por todas, se enfrenta a los costos reales.

    Esa misma tensión aparece cuando se empieza a mirar hacia atrás, porque parte importante del relato oficial se ha construido sobre una herencia fiscal más frágil de lo que se decía. Las cifras son incómodas, pero más incómodas son las preguntas que abren sobre la gestión de Gabriel Boric. Si efectivamente hubo gastos no registrados o maniobras para maquillar balances, el problema deja de ser técnico y pasa a ser político y bastante profundo. Ahora bien, hay un dato que descoloca a todos, el país no estalló. Con aumentos mucho más agresivos en los combustibles, no vimos lo que sí ocurrió en el Estallido delictual de 2019. No hubo incendios, no hubo desborde masivo y eso dice algo, no necesariamente que el malestar haya desaparecido, sino que cambió de forma, significa que hay un aprendizaje, quizás más silencioso, quizás más desconfiado, pero aprendizaje al fin.

    En medio de todo esto, aparece uno de los primeros costos políticos reales del gobierno, la auditoría que no fue. Era una promesa potente, casi fundacional. Entender dónde y cómo se gastaron o malgastaron, los recursos del Estado. Pero la decisión de no avanzar en una auditoría profunda por falta de recursos dejó una sensación difícil de administrar.

    Apoyarse en la Contraloría General de la República es razonable desde lo institucional, especialmente considerando el liderazgo que ha mostrado Dorothy Pérez, pero no alcanza, no porque la Contraloría no pueda, sino porque no tiene con qué. Y ahí es donde la expectativa empieza a chocar con los límites reales del Estado.

    Aun así, no todo es retroceso. Hay figuras dentro del gabinete que han comenzado a marcar diferencia. El ministro de Vivienda Iván Poduje, por ejemplo, ha hecho algo que parece básico pero no siempre ocurre: enfrentar el problema en terreno, sin intermediarios y sin filtros, directo al corazón del problema que la gente tiene a la vista, eso, en política, construye autoridad.

    En contraste, episodios como el que vivió la ministra Lincolao en la Universidad Austral de Chile dejan en evidencia que hay espacios donde el Estado simplemente no logra imponerse. La pasividad del rector Egon Montecinos frente a hechos de violencia no es un detalle, es una señal de fondo, el orden sigue siendo una disputa abierta.

    Y así, casi sin darse cuenta, el gobierno llega a su primer mes real, sin luna de miel, sin margen para errores prolongados y con un paquete de medidas, 45 en total, que será su primera prueba seria, no por lo que diga en el papel, sino por su capacidad de gestión y la muñeca política de sus subsecretarios y ministros, más que lo poco y mal que ha hecho hasta el momento el segundo piso de Palacio con Valenzuela a la cabeza...de los errores.

Porque al final del día, Chile no necesita más diagnósticos, necesita resultados.

    Reducir el tamaño del Estado, reasignar recursos, concentrarse en seguridad y justicia, donde el Estado no puede fallar, no son ideas nuevas. Lo que está en juego es si esta vez alguien será capaz de ejecutarlas sin diluirse en el intento. Ese es el verdadero examen.

    En ese examen, este primer mes no genera una conclusión, pero sí una advertencia y es que la realidad no se adapta al relato. Es el relato el que tiene que empezar a adaptarse a la realidad.

    Si uno observa con frialdad las críticas más duras que hoy circulan, incluso aquellas que vienen desde sectores que se suponen cercanos o intelectualmente afines, aparece un patrón interesante: más que un rechazo al gobierno, lo que hay es una advertencia sobre sus límites actuales.

    Se habla de falta de articulación política, de dificultad para ampliar mayorías, de una derecha que aún no logra ordenar sus propias tensiones internas. Se cuestiona la ausencia de una estrategia clara para convertir el triunfo electoral en poder efectivo. Y se insiste en algo que es clave: ganar no es gobernar.

    Pero ahí es donde la lectura cambia, porque si esas críticas se interpretan no como un veredicto, sino como diagnóstico, lo que aparece es una oportunidad, una bastante clara, además, corregir temprano.

    La historia política en Chile y fuera del país muestra que los gobiernos que logran adaptarse en sus primeros meses, que entienden el entorno y ajustan su propia forma de ejercer el poder, son los que terminan consolidándose. Los que no, simplemente administran su desgaste.

    El contexto actual tampoco ayuda, porque el malestar social ya no desaparece con elecciones, se vuelve persistente, casi estructural. Eso obliga a una política distinta, algo con menos épica y con más precisión; con menos promesas grandilocuentes, pero con más resultados concretos.

    En ese escenario, la clave no está en intentar imponer una identidad rígida, sino en construir capacidad de acción, priorizar, elegir las batallas, ejecutar bien, aunque sea poco, generar acuerdos donde antes sólo había trincheras.

Dicho de otra forma, se trata de pasar del impulso a la conducción.

    Porque si algo queda claro tras este primer mes, es que el margen existe, pero no es infinito. El verdadero capital político de este gobierno no está en lo que prometió, sino en lo que logre hacer rápido, bien y con sentido.

Ahí se juega todo.

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