Artículo escrito por: A PASO FIRME
Sean muy bienvenidos nuevamente a este espacio de análisis crítico y temas que no solemos ver en las noticias ni columnas de opinión en general. En esta oportunidad y a través de diversas lecturas previas y documentales, intentaré exponer la estrategia de la Escuela de Frankfurt como una realidad documentada, no como una teoría de conspiración.
Imaginen una guerra en la que no se dispara un solo proyectil, una guerra donde no hay declaraciones oficiales, pero cuyas bajas se cuentan en la pérdida de valores, la destrucción de la familia y el control total del lenguaje. Esta no es una distopía de ficción; esta es una historia documentada, llevada a un breve relato de cómo una pequeña oficina en Frankfurt, en 1923, cambió el destino de nuestras vidas y me atrevería a decir que el de toda nuestra civilización occidental.
Hoy dejaremos a un lado las etiquetas de "teoría de conspiración", vamos a hablar de nombres, fechas, textos e instituciones; vamos a entender por qué hoy nos sentimos un extraño en nuestra propia cultura y por qué las universidades y medios parecen hablar un idioma que busca castigarnos por lo que pensamos.
Revisemos juntos una breve historia de la Escuela de Frankfurt, donde haré mi mejor esfuerzo por ser claro y directo, de forma que les resulte atractivamente cercano el lenguaje y la historia.
Todo comenzó con un fracaso. En 1917, la revolución bolchevique triunfó en Rusia, pero en el resto de Europa, los obreros se negaron a rebelarse. El capitalismo, contra todo pronóstico marxista, prosperaba. En 1923, en Frankfurt, surge la figura clave para cambiar esta historia, se trataba de Felix Weil, Weil no era un obrero, era el hijo de un millonario exportador de granos. Con esa inmensa fortuna, Weil decidió financiar la creación del Instituto para la Investigación Social, aunque el nombre sonaba académico e inofensivo, su objetivo era explícitamente marxista, se trataba de entender por qué la revolución había fallado en Occidente y con ello diseñar una nueva estrategia para lograrla. Fue gracias al mecenazgo de un millonario, que el marxismo dejó de mirar a las fábricas para empezar a capturar nuestras mentes. La pregunta a resolver en ese contexto era fatal, si Marx tenía razón, ¿por qué los obreros defendían el sistema que supuestamente los oprimía?.
La respuesta que encontraron cambió el mundo, el capitalismo no solo explota económicamente, domina culturalmente. Bajo el amparo del dinero de Weil, estos 6 intelectuales descubrieron que mientras existiera la familia tradicional, la moral cristiana, la fe en la razón y la educación clásica, la revolución nunca triunfaría. Así que decidieron que la solución no era tomar las fábricas, sino capturar la cultura.
Les pido atención en recordar estos nombres, para que posteriormente ustedes perseveren, profundicen en esta historia y conozcan más en detalle a los arquitectos de este arsenal ideológico, este podcast sólo pretende abrirles el apetito para que se sumerjan luego en el corazón del proceso destructivo llevado adelante contra Occidente, por ahora les anticipo que se trata de intelectuales de la estatura de: Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Erich Fromm, Wilhelm Reich y Walter Benjamin. Más de alguno de ellos fue abordado por nosotros en épocas de nuestra formación académica superior, pero sigamos adelante.
En 1933, con el ascenso de Hitler, estos pensadores marxistas huyeron a los Estados Unidos, allá se refugiaron en el corazón del sistema que querían destruir, me refiero a la Universidad de Columbia en Nueva York. Allá perfeccionaron su arma más letal, la Teoría Crítica. No era una filosofía para construir algo mejor, se trataba de un método diseñado para criticar, sin descanso, cada aspecto de la sociedad occidental. Como bien observó el filósofo británico Roger Scruton, la teoría crítica es destrucción en estado de pureza, disfrazada de análisis académico. Scruton fue conocido por ser la principal voz intelectual del conservadurismo moderno y la defensa de la estética clásica, fue él quién dotó al pensamiento conservador de argumentos filosóficos profundos, integrando la tradición, la belleza y el sentido de pertenencia frente al relativismo, su voz se apagó en 2020, pero su legado trasciende hasta hoy.
Avancemos. En su obra Dialéctica de la Ilustración, Horkheimer y Adorno argumentaron algo inaudito y es que la razón, la ciencia y el progreso occidental eran en realidad formas de esclavitud y totalitarismo. Mientras Occidente los salvaba del nazismo real, ellos escribían el manual para socavar la libertad occidental desde adentro.
Sin embargo y con todo lo anterior, fue Herbert Marcuse quien llevó esto a las masas. En los años 50 y 60, Marcuse se dio cuenta de que el obrero occidental estaba lo suficientemente satisfecho con su prosperidad como para ser un revolucionario. Observado lo anterior, su solución fue brillantemente perversa, crear nuevos sujetos revolucionarios. Marcuse dijo a los estudiantes radicales que se olvidaran del proletariado, los nuevos oprimidos eran las minorías raciales, las feministas y cualquier grupo que se sintiera alienado. Aquí nació la política de identidad que hoy observamos. Nunca se trató de buscar justicia, sino de crear identidades víctimas y enseñarles a ver opresión en cada rincón de la sociedad.
En 1967, su discípulo Rudi Dutschke acuñó la frase que define nuestra era, "La larga marcha a través de las instituciones". El plan era bastante simple, se trataba básicamente de infiltrar las universidades, los medios, el cine y el gobierno. Para Dutschke, no se trataba de tomar el poder por la fuerza, se trataba de formar a los profesores, periodistas y burócratas del mañana. ¿El resultado?, en dos generaciones controlarían la cultura sin disparar un solo tiro y funcionó, de forma aterradoramente real y letal. Noten la similitud en algo que vimos a partir del retorno a la democracia en nuestro país y que silenciosamente ocurría mientras regresaban los exiliados.
Lo que hoy llamamos "wokismo" o justicia social radical, no es más que la mutación final de estas ideas. En los años 80 y 90, la Escuela de Frankfurt se fusionó con el posmodernismo francés. De Frankfurt tomaron la idea de que Occidente es estructuralmente opresivo. Del posmodernismo, tomaron la idea de que no existe la verdad objetiva, solo estructuras de poder.
El resultado es el caos actual, a qué me refiero, a la Teoría Crítica de la Raza que busca dividirnos, a la ideología de género que niega la biología y al ataque frontal a la familia tradicional, que Wilhelm Reich llamó "la célula del estado fascista". Todo esto hoy está presente en nuestro país y por cierto en prácticamente todo Occidente.
Hoy, el 70 u 80% de los profesores de humanidades siguen esta línea, las corporaciones adoptan este lenguaje por miedo a la cancelación, y el periodismo objetivo ha sido reemplazado por un activismo que nos señala como culpables por nuestra historia o nuestra identidad. ¿Les hace sentido cuando ven los noticieros, o cuando escuchan columnas de opinión de medios de prensa tradicionales.?
Roger Scruton - el bueno en esta historia -, fue quien dedicó su vida a denunciar esto, fue el que pagó el precio de la cancelación y la difamación. A cambio nos dejó una advertencia irónica muy clara antes de morir en 2020, esto es que, los refugiados del totalitarismo crearon la ideología totalitaria más efectiva del siglo XXI, demostraron que no se necesitan campos de concentración, simplemente nos controlan con la culpa, con el lenguaje inclusivo y la amenaza de la exclusión social. Quiero insistir, esto no es una conspiración, se trata de Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm, Reich y Benjamin, se trata del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Columbia, es la historia documentada de una demolición cultural en curso hasta hoy.
Hablemos del antídoto para esto, el conocimiento es el primer paso de la resistencia. Ahora que hemos identificado los nombres y la estrategia, la próxima vez que nos enfrentemos a una política de identidad absurda o un ataque a la razón, sabremos que no es casualidad, se trata de un plan de cien años que solo puede detenerse con la verdad y la valentía de defender nuestra civilización.
La batalla cultural continúa, y ahora, con algo más de conciencia, las armas las tenemos nosotros.
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