martes, 10 de febrero de 2026

BAD BUNNY: CUANDO LA INDUSTRIA CONVIERTE LA INMORALIDAD EN MERCANCÍA CULTURAL

 Artículo escrito por: A PASO FIRME

Cómo es que considero que la industria cultural convirtió la degradación en virtud y la vulgaridad en discurso político.

    Bad Bunny no es música, es un mensaje, y como todo mensaje masivo, merece ser analizado no desde el gusto personal, sino desde sus efectos culturales, sus símbolos y, sobre todo, desde aquello que normaliza.

    No estamos frente a un artista disruptivo ni a un genio incomprendido, estamos frente a un producto industrial que ha sido diseñado para una época que ya no distingue entre provocación y decadencia o entre libertad y disolución valórica.

    No hace falta citar las letras de sus canciones, están disponibles para quien quiera verificarlo y con ello reconocer el patrón: La mujer reducida a objeto, el sexo convertido en un acto mecánico degradante y sin responsabilidad, la intimidad convertida en mercancía y, el cuerpo femenino tratado como territorio de uso y descarte.

    Hay, además, un silencio que no es casual y es el de los colectivos feministas, siempre dispuestos a indignarse cuando la ocasión rinde dividendos políticos o financieros, pero curiosamente mudos frente a una industria que convierte a la mujer en mercancía sexual global, la degrada en nombre del “arte” y la expone como objeto de consumo masivo. No hay marchas, no hay pañuelos, no hay comunicados. La indignación selectiva revela lo evidente y es que lo de estos grupos no se trata de defender a la mujer, sino de administrar el relato, así entonces, cuando la cosificación viene envuelta en discurso progresista y genera millones, deja de ser violencia y pasa a ser cultura.

    Esto se vende como “liberación”, pero es exactamente lo contrario, es la negación de la dignidad envuelta en lenguaje progresista, es la cosificación clásica pero ahora maquillada de rebeldía.

    Cualquier padre que tenga hijas y aún conserve un mínimo de lucidez moral entiende el problema sin necesidad de mayores explicaciones.

    El consumo de drogas y pastillas no aparece como un drama ni como un problema social, sino como ornamento aspiracional. La vida sin esfuerzo, sin disciplina y sin trabajo significativo es presentada como un ideal de vida. Haz nada, consume, goza y repite, olvídate de pensar; Esto no es casualidad, a mi juicio se trata de una cultura que glorifica el ocio vacío con una pseudo cultura fácilmente manejable y peor aún manipulable, se trata de individuos anestesiados que no cuestionan, simplemente consumen como autómatas.

    Ridiculizar símbolos cristianos ya no escandaliza a nadie, esa batalla está ganada hace rato, lo que ahora se hace es más sofisticado, se trata de banalizar lo sagrado, se lo convierte en un meme, una vulgar performance, un grotesco disfraz. Si bien en las últimas décadas la iglesia católica a través de varios Papa ha criticado profundamente estas expresiones, ellas se estrellan de frente con medios de información que celebran la degradación como si se tratara de progreso, invisibilizando con ello el llamado a la cordura.

    En paralelo a lo anterior, se introduce lo oculto, lo esotérico, el satanismo estético, el “tercer ojo”, como si fueran simples juegos simbólicos. Nada es inocente en la cultura de masas. Los símbolos transmiten y educan, incluso cuando se presentan como ironía. Destruir lo trascendente deja un vacío y todo vacío termina siendo ocupado por algo.

    El discurso contra Estados Unidos, el capitalismo y el “imperialismo” resulta especialmente grotesco cuando quien lo enuncia se ha convertido en un millonario gracias al mercado global, cuando vive y se enriquece en el corazón del sistema que dice combatir, cuando consume, ostenta y acumula exactamente como cualquier magnate capitalista; esto no es crítica estructural, es derechamente hipocresía altamente rentable; el capitalismo es malo perverso, claro, siempre que primero me haga rico.

    Detrás de Bad Bunny no hay espontaneidad, hay una estructura, hay productoras, financiamiento, estrategias de posicionamiento, vínculos políticos y empresariales que han sido documentados por la prensa y discutidos en tribunales.

    Nada de lo que menciono en esta columna prueba conspiraciones místicas, pero confirma algo más inquietante y es que la cultura es hoy el principal campo de batalla ideológico. La lucha ya no es de clases, es de valores. Ya no se conquistan territorios, se reprograman imaginarios.

    El travestismo performático, la ambigüedad forzada y la provocación identitaria constante no buscan ampliar libertades individuales, buscan erosionar referentes claros, especialmente en jóvenes que aún están construyendo su identidad, así entonces, cuando todo se vuelve relativo, nada es defendible y cuando nada es defendible, todo es moldeable.

    Párrafo aparte merece la familia, el fenómeno no prosperaría sin una condición previa, esto es, la renuncia de los adultos a su rol formador. Familias que ya no conversan, mesas donde nadie se mira, padres que ignoran qué consumen sus hijos y qué valores absorben durante horas interminables de pantallas de teléfono, esta industria no educa, ocupa el vacío que otros parecen haber abandonado.

    Llamar a Bad Bunny “payaso” no es un insulto personal que me permito por simple gusto, es una descripción funcional, el payaso distrae, normaliza lo grotesco, convierte la decadencia en espectáculo mientras otros, menos visibles, escriben el guion.

    No se confundan con mis palabras, en esta crítica a lo que esta expresión cultural se refiere, no está el origen del problema, sólo está su rostro más rentable. Las civilizaciones no colapsan por un cantante ni por un fenómeno cultural aislado; las civilizaciones colapsan cuando renuncian a defender aquello que las sostuvo y comienzan a aplaudir, bajo el rótulo de “progreso”, todo lo que las carcome desde dentro. Así cayó Roma, no por la fuerza de los bárbaros, sino por la erosión lenta de sus valores, por el reemplazo de la virtud a manos del espectáculo, por el reemplazo de la responsabilidad a manos del placer, sólo para hacer más monumental el circo. Roma no fue derrotada, se pudrió, y toda cultura que aplaude su propia degradación camina hacia el mismo final, así las cosas y de no mediar correcciones, la caída definitiva es simplemente una cuestión de tiempo.

jueves, 5 de febrero de 2026

CAMINAR Y MASCAR CHICLE: EL DELIRIO MESIÁNICO DE UNA VOCERA SIN PUDOR


Artículo escrito por: A PASO FIRME

    Cuando un gobierno pierde el respaldo ciudadano de manera categórica, lo esperable es silencio prudente, autocrítica mínima y una retirada ordenada. Lo que no corresponde, bajo ninguna lógica republicana, es la insolencia pedagógica de quienes, tras un fracaso evidente, pretenden instruir al presidente electo sobre cómo gobernar.

    Eso fue exactamente lo que hizo Camila Vallejo al afirmar, sin rubor alguno, que José Antonio Kast deberá “caminar y mascar chicle” para enfrentar los desafíos que, según ella, deja como herencia el gobierno de Gabriel Boric. La frase no solo es de baja estofa, por no decir derechamente ordinaria, impropia de una vocera de Estado y francamente infantil; es, sobre todo, una expresión transparente de arrogancia ideológica y delirio mesiánico.

    Porque Vallejo no habla desde la humildad de quien reconoce errores, habla desde la superioridad moral autoproclamada, esa que su sector político ha exhibido desde hace más de una década, convencidos de que gobiernan no por mandato ciudadano, sino por una supuesta iluminación histórica. No se trata de una simple torpeza verbal ni de ignorancia accidental, no nos confundamos, lo suyo es libreto, ensayado, provocador y perfectamente coherente con una visión política que desprecia la alternancia, relativiza la democracia liberal y concibe el poder como patrimonio moral propio.

    La frase “caminar y mascar chicle” no es casual. Es un gesto de desdén. Es decirle al presidente electo, y por extensión a quienes votaron por él, que gobernar Chile después de Boric será una prueba de suficiencia intelectual básica, como si el país hubiese alcanzado un nivel tan elevado de gestión, sofisticación y progreso, que ahora el nuevo gobierno apenas deberá demostrar que es capaz de hacer dos cosas a la vez; sin embargo, la realidad es brutalmente distinta.

    El gobierno que Vallejo defiende con entusiasmo casi religioso deja desorden fiscal, escándalos de corrupción sin aclarar, deterioro institucional, crisis de inversión, colapso en áreas sensibles del Estado y una política exterior errática que dañó la imagen de Chile, nada de eso aparece en su relato, porque el problema nunca fue la realidad, sino el control del relato y ahí está la clave.

    Vallejo no se ofende cuando se le señala la incompetencia de su sector, pero sí cuando se la define como comunista. No porque la palabra sea incorrecta, ella misma ha rendido homenajes explícitos a dictaduras comunistas y ha peregrinado ideológicamente a Cuba, ese paraíso retórico donde no hay elecciones libres, prensa independiente ni libertades básicas, sino porque en su esquema mental el comunismo no es una ideología más: es una fe, una identidad moral superior que no admite cuestionamientos.

    Desde esa lógica, la crítica no es legítima: es reacción. El adversario no piensa distinto: está equivocado, por lo tanto quien llega al poder por una vía distinta no es un gobernante electo, es alguien que debe ser tutelado, advertido e instruido. Ese es el verdadero trasfondo del comentario. No la ordinariez, que ya sería grave. No la falta de elegancia institucional, que también lo es. Sino la incapacidad estructural de esta generación política para aceptar que perdió, que su proyecto fue rechazado y que no deja una obra admirable, sino un país cansado de la soberbia.

    El mesianismo de Vallejo no es individual. Es colectivo, es el mismo que llevó a su sector a creer que tenían una “moral distinta”, que venían a reemplazar a una élite corrupta, y que terminaron replicando, cuando no superando por lejos, en desorden, nepotismo, incompetencia y doble estándar. Es el mismo que hoy intenta instalar la idea de que Boric fue un gran estadista incomprendido y, que el verdadero desafío será estar a su altura.

    No. El verdadero desafío del próximo gobierno será reparar los daños, ordenar la casa y devolverle al país algo tan básico como la seriedad, y eso, justamente, es lo que más irrita a quienes confundieron el poder con un púlpito y el gobierno con una asamblea universitaria permanente.

    Camila Vallejo no habló como vocera de un gobierno que se va. Habló como custodia de un dogma, incapaz de entender que en democracia nadie hereda el país como si fuera un legado sagrado. Mucho menos quienes lo administraron mal.

    Porque al final, caminar y mascar chicle no era el problema, el problema fue creer que recitar bastaba para gobernar.

miércoles, 21 de enero de 2026

EL GABINETE TÉCNICO Y EL LLANTO DE LOS MEDIOCRES

    

Artículo escrito por: A PASO FIRME

    No han pasado 24 horas desde que el propio presidente electo José Antonio Kast anunció lo que será su gabinete y ahí están, el coro de siempre con los clásicos agoreros profesionales, los jinetes del apocalipsis de las redes sociales, opinólogos de teclado corto y ego como esperando que nada resulte; muchos repitiendo el mismo mantra pobre: “no tienen calle”, “no tienen experiencia política”, “son muy técnicos”, claro, como si el país se hubiera incendiado por exceso de técnica y no, precisamente, por su ausencia.

 

    Resulta curioso, más bien bastante patético, que quienes durante años justificaron la improvisación, el amateurismo y la militancia como si fueran virtudes republicanas, hoy descubran repentinamente la importancia de la “experiencia”. ¿Experiencia en qué exactamente? ¿En destruir instituciones, relativizar la ley, administrar el Estado como asamblea universitaria y convertir el poder en trinchera ideológica? Si esa es la experiencia que añoran, convendría recordarles un detalle incómodo: los sacaron de La Moneda, democráticamente, sin excusas, vayan a llorar a la iglesia y de preferencia en silencio.

 

    El nuevo gabinete es técnico, sí. Y justamente ahí está el pecado imperdonable para cierta fauna política y comunicacional, gente que sabe, que estudió, que gestionó, que trabajó fuera del circuito de favores partidarios; personas que no necesitan gritar consignas para sentirse relevantes ni convertir la ignorancia en identidad política, gente que no necesita levantar y empuñar la mano para hacer su trabajo. Para muchos opinantes seriales, eso es una amenaza existencial.

 

    Los idiotas de siempre que hablan de “falta de calle”, esos, los mismos que probablemente jamás administraron algo más complejo que su cuenta de Facebook, Twitter, Instagram o peor aún la de Tiktok. Se burlan de la “tecnocracia” quienes confundieron gobernar con declamar, al mismo tiempo acusan “desconexión”, así es, los mismos que vivieron cuatro años encapsulados en su superioridad moral, convencidos de que la izquierda era sinónimo automático de inteligencia, probidad y virtud. Si eso fuera cierto, Chile no estaría pagando hoy la cuenta.

     Gran parte de estas críticas no nacen del análisis, sino de algo mucho más básico, me refiero a la ignorancia sin costo y envidia con micrófono. Ignorancia, porque critican sin información, sin leer trayectorias, sin entender roles. Envidia, porque el poder, esta vez, no cayó en manos de su tribu. El anonimato digital hace el resto, una impunidad perfecta para la arrogancia.

    Chile no necesita más “políticos con calle” que aprendieron a sobrevivir sin resolver nada, necesita gestión, orden, profesionalismo, responsabilidad y eso, aunque les pese a los de siempre, no se improvisa ni se aprende en una asamblea universitaria con 1 metro cuadrado de chelas y un par de pitos con mala hierba, se construye con formación, experiencia real y criterio.

    Los mismos que hoy anuncian el desastre son los que ayer juraban que íbamos directo al paraíso, fallaron, así de simple, tampoco pidieron perdón, menos hicieron alguna autocrítica, sin embargo, ahora pretenden dar cátedra.

     Lo de la izquierda miserable de siempre y los vagos de las redes sociales no es crítica, es un berrinche producto de la desilusión propia de quienes perdieron, pierden y seguirán perdiendo.

    Lo de esta gente no es preocupación por Chile, es la nostalgia por un poder que ya no les pertenece.

    El gabinete sólo ha sido nominado, recién comenzará a trabajar el 11 de marzo de 2026, son la gestión y los resultados los que hablarán de lo logrado e incluso lo no logrado.

    Para superar los desafíos que Chile tiene por delante se necesitará incluso de esta gente que hasta ahora sólo demuestra saber vociferar, se necesitará de ellos un aporte positivo y real o sencillamente su silencio.

    Finalmente aclarar que esta columna no pretende una defensa irrestricta de lo anunciado por José Antonio Kast, aquello sería intelectualmente deshonesto, no hay duda que será el tiempo, implacable, incómodo y ajeno a la propaganda, el que determine si cada nombramiento y cada decisión ministerial fueron, efectivamente, lo que Chile necesitaba en este momento de su historia.

    Pero justamente por eso, antes de vociferar, de caricaturizar y de disparar consignas al vacío, corresponde algo mucho más simple y mucho más exigente, observar los resultados.

    La gente de bien siempre apostará por eso, por hechos, no por relatos; por gestión, no por histrionismo; por responsabilidad, no por el placer adolescente de destruir. Y sí, existen también aquellos que preferirían ver arder el mundo con tal de tener razón, aunque el país se queme con ellos dentro, a esos no los necesitamos, en realidad Chile nunca los necesitó.

    Esta columna no ha sido escrita para buscar aplausos ni para mendigar aprobación, tampoco para temerle a la crítica fácil, esto es simplemente la mirada de quien ha comprendido algo esencial, me refiero al valor del tiempo. Ese tiempo que desnuda la improvisación, pone en su lugar a los gritones y, tarde o temprano, separa la consigna del resultado.

  

martes, 6 de enero de 2026

ORDEN INTERNACIONAL Y SU COMPLICIDAD SILENCIOSA



 Escrito por: A PASO FIRME

En otra entrega anterior creé una reflexión comparativa desde el punto de vista del análisis de una teoría politológica, lo de hoy respecto de lo mismo,  una visión ciudadana.

 

Lo que estamos presenciando no es una discusión jurídica honesta, es una escenificación moral selectiva.

 

Durante casi treinta años, Venezuela fue sometida a un proceso sistemático de demolición institucional con persecución política, presos de conciencia, tortura documentada, ejecuciones extrajudiciales, hambre utilizada como mecanismo de control social, exilio forzado de millones y una economía criminalizada hasta los cimientos. Todo eso NO OCURRIÓ EN LA OSCURIDAD, ocurrió con informes, con cifras, con testimonios, con cadáveres, ocurrió ante las cámaras y ocurrió, sobre todo, con un silencio cómplice sencillamente ensordecedor.

 

Entonces aparece la pregunta incómoda, esa que hoy muchos prefieren evitar:

 

¿Cuándo el derecho internacional pasó a ser más sagrado que los derechos humanos concretos de millones de personas?

 

El derecho internacional no es un dogma teológico, es un instrumento. Se supone que existe para proteger a los seres humanos, no para blindar a tiranos cuando ya han destruido todo lo que ese mismo derecho dice defender.

 

Cuando el derecho se convierte en coartada para la inacción, deja de ser justicia y pasa a ser burocracia moralizada.

 

Aquí es justamente donde la hipocresía se vuelve obscena.

 

Durante décadas, ONU y OEA produjeron comunicados, misiones exploratorias, expresiones de preocupación, resoluciones sin consecuencias, informes solicitados a la alta comisionada para los DD.HH. El régimen entendió el mensaje con absoluta claridad, pueden seguir...y siguieron, porque nadie les puso freno ni asignó un costo real.

 

Hoy, cuando se discute una acción directa contra el responsable máximo de esa maquinaria criminal, súbitamente el mundo se llena de juristas televisivos, de guardianes del orden internacional, de líderes que descubren, bastante tarde y con absurdo dramatismo, que las normas existen, vaya descubrimiento milagroso que han hecho, justo cuando el abusador se encamina a perder el poder.

 

En términos ciudadanos comunes, no en trincheras politológicas ni aulas de universidad, la pregunta correcta no es si una acción así tensiona el derecho internacional.

 

La pregunta correcta a mi juicio es: ¿Qué legitimidad conserva un orden internacional que toleró durante décadas una narcodictadura a plena luz del día?

 

Porque sepan que hay una verdad que incomoda a los salones diplomáticos y es que cuando el sistema internacional falla de manera prolongada, otros actores llenan el vacío, no por altruismo, sino porque el mundo real no se congela esperando consensos imposibles.

 

No se confundan con mis palabras, esto no es una apología del unilateralismo ni del “todo vale”, esto es algo más incómodo todavía, es reconocer que la neutralidad frente al crimen también es una toma de partido, también determina una posición.

 

Sepan que mirar para el costado mientras se destruye un país no es prudencia, es abandono. Sepan que la legalidad sin justicia termina siendo solo una forma elegante de cobardía.

 

¿Dónde estaban ONU y OEA cuando el hambre se volvió política pública?

 

¿Dónde estaban cuando la migración venezolana forzada se transformó en la mayor tragedia humanitaria del continente?

 

¿Dónde estaban cuando los informes se acumulaban y nadie actuaba?

 

Llegaron tarde y ahora pretenden darnos lecciones.

 

El problema no es que hoy se hable de derecho internacional, el problema es que sólo se hable cuando el verdugo corre peligro, nunca cuando la víctima grita.

 

Eso, eso es mucho más que una discusión legal, es un fracaso moral.

lunes, 5 de enero de 2026

JOHN MEARSHEIMER Y EL REALISMO OFENSIVO, BREVE ANÁLISIS SOBRE LA CAPTURA DE NICOLÁS MADURO

 

Escrito por: A PASO FIRME

    Se trata de un influyente politólogo estadounidense y profesor distinguido en la Universidad de Chicago, en su obra "The Tragedy of Great Power Politics", un libro cautivante, él argumenta que el conflicto entre potencias es inevitable debido a la falta de un gobierno mundial y la imposibilidad de conocer las verdaderas intenciones de otros Estados. Su visión contrasta en interesantes debates - que pueden buscar - con otros autores liberales como Robert Keohane o Lisa Martin; en mi caso me quedo con la teoría que plantea el profesor Mearsheimer.

    Aquí entonces un breve análisis utilizando su teoría y mi interpretación, para explicar lo que la administración del presidente Trump ha hecho al capturar a Nicolás Maduro, vamos por partes.

    Primero, no hay un árbitro supremo en el mundo, tampoco un juez que haga sonar el silbato cuando un Estado cruza la línea, lo que hay son discursos, tratados, etc., pero no hay árbitro, eso es lo primero que el profesor Mearsheimer pone sobre la mesa.

    El escenario internacional no es una corte; es un campo abierto donde cada actor cuida su supervivencia.

    Segundo, en ese mundo, afirma Mearsheimer, ningún Estado puede permitirse creer en las buenas intenciones del otro, las intenciones cambian, los gobiernos pasan, los discursos mutan, lo único constante es el poder y, quien no lo acumula, lo pierde, así de simple. Por eso las grandes potencias no se limitan a defenderse: avanzan, no esperan el golpe; lo neutralizan antes de que exista.

    Ahí nace el realismo ofensivo, no como una ideología, sino como una descripción incómoda de cómo se comportan los que mandan de verdad.

    Bien, ahora imaginemos a Estados Unidos mirando su entorno inmediato, el hemisferio que históricamente ha considerado vital para su seguridad. En ese mapa aparece Venezuela: un Estado fracturado, atravesado por redes de narcotráfico, con vínculos abiertos con potencias rivales, convertido en plataforma de desorden regional. Desde el lenguaje del derecho internacional, eso es “soberanía”, desde el lenguaje de Mearsheimer, eso es una amenaza latente.

     En ese contexto entra el presidente Donald J. Trump, no como personaje moral, sino como decisor. La pregunta no es si capturar a Nicolás Maduro es legal. Esa pregunta, en este marco, es secundaria. La pregunta real es otra: ¿conviene? ¿Reduce riesgos futuros? ¿Elimina un foco de inestabilidad? ¿El costo político y estratégico es menor que el costo de dejarlo intacto?

     Si la respuesta es sí, la acción deja de ser escandalosa y pasa a ser racional.

    Entonces, ¿Qué sucede?, el derecho internacional, en este relato, no desaparece, simplemente llega tarde, ¿Por qué?

     Primero ocurre el hecho, después llegan los comunicados, las resoluciones, las condenas simbólicas y, si la operación resulta exitosa, con el tiempo, la historia se encarga de reescribirla como “necesaria”, “inevitable” o “excepcional”.

     El profesor Mearsheimer no se escandaliza por eso, tampoco lo celebra, lo describe, dice sin rodeos que las grandes potencias no obedecen al sistema: lo moldean. Las normas pesan mientras no estorben, entonces, cuando estorban, se doblan. Y si no se doblan, se rompen.

    Así, la captura de Maduro, más allá de tratados, tribunales y comunicados, no sería una aberración del orden mundial, sería su funcionamiento normal. El mismo patrón que ya se ha visto antes: primero Noriega, después Bin Laden, luego Soleimani. Distintos contextos, misma lógica.

 

    El realismo ofensivo no pregunta si algo es justo, pregunta si es útil.

 

    En el mundo que describe el profesor Mearsheimer, esa pregunta es la única que realmente importa.

 

    En palabras simples, en política internacional no mandan las leyes: manda el poder que se atreve a ejercerlas cuando dejan de servirle.



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