miércoles, 21 de enero de 2026

EL GABINETE TÉCNICO Y EL LLANTO DE LOS MEDIOCRES

    

Artículo escrito por: A PASO FIRME

    No han pasado 24 horas desde que el propio presidente electo José Antonio Kast anunció lo que será su gabinete y ahí están, el coro de siempre con los clásicos agoreros profesionales, los jinetes del apocalipsis de las redes sociales, opinólogos de teclado corto y ego como esperando que nada resulte; muchos repitiendo el mismo mantra pobre: “no tienen calle”, “no tienen experiencia política”, “son muy técnicos”, claro, como si el país se hubiera incendiado por exceso de técnica y no, precisamente, por su ausencia.

 

    Resulta curioso, más bien bastante patético, que quienes durante años justificaron la improvisación, el amateurismo y la militancia como si fueran virtudes republicanas, hoy descubran repentinamente la importancia de la “experiencia”. ¿Experiencia en qué exactamente? ¿En destruir instituciones, relativizar la ley, administrar el Estado como asamblea universitaria y convertir el poder en trinchera ideológica? Si esa es la experiencia que añoran, convendría recordarles un detalle incómodo: los sacaron de La Moneda, democráticamente, sin excusas, vayan a llorar a la iglesia y de preferencia en silencio.

 

    El nuevo gabinete es técnico, sí. Y justamente ahí está el pecado imperdonable para cierta fauna política y comunicacional, gente que sabe, que estudió, que gestionó, que trabajó fuera del circuito de favores partidarios; personas que no necesitan gritar consignas para sentirse relevantes ni convertir la ignorancia en identidad política, gente que no necesita levantar y empuñar la mano para hacer su trabajo. Para muchos opinantes seriales, eso es una amenaza existencial.

 

    Los idiotas de siempre que hablan de “falta de calle”, esos, los mismos que probablemente jamás administraron algo más complejo que su cuenta de Facebook, Twitter, Instagram o peor aún la de Tiktok. Se burlan de la “tecnocracia” quienes confundieron gobernar con declamar, al mismo tiempo acusan “desconexión”, así es, los mismos que vivieron cuatro años encapsulados en su superioridad moral, convencidos de que la izquierda era sinónimo automático de inteligencia, probidad y virtud. Si eso fuera cierto, Chile no estaría pagando hoy la cuenta.

     Gran parte de estas críticas no nacen del análisis, sino de algo mucho más básico, me refiero a la ignorancia sin costo y envidia con micrófono. Ignorancia, porque critican sin información, sin leer trayectorias, sin entender roles. Envidia, porque el poder, esta vez, no cayó en manos de su tribu. El anonimato digital hace el resto, una impunidad perfecta para la arrogancia.

    Chile no necesita más “políticos con calle” que aprendieron a sobrevivir sin resolver nada, necesita gestión, orden, profesionalismo, responsabilidad y eso, aunque les pese a los de siempre, no se improvisa ni se aprende en una asamblea universitaria con 1 metro cuadrado de chelas y un par de pitos con mala hierba, se construye con formación, experiencia real y criterio.

    Los mismos que hoy anuncian el desastre son los que ayer juraban que íbamos directo al paraíso, fallaron, así de simple, tampoco pidieron perdón, menos hicieron alguna autocrítica, sin embargo, ahora pretenden dar cátedra.

     Lo de la izquierda miserable de siempre y los vagos de las redes sociales no es crítica, es un berrinche producto de la desilusión propia de quienes perdieron, pierden y seguirán perdiendo.

    Lo de esta gente no es preocupación por Chile, es la nostalgia por un poder que ya no les pertenece.

    El gabinete sólo ha sido nominado, recién comenzará a trabajar el 11 de marzo de 2026, son la gestión y los resultados los que hablarán de lo logrado e incluso lo no logrado.

    Para superar los desafíos que Chile tiene por delante se necesitará incluso de esta gente que hasta ahora sólo demuestra saber vociferar, se necesitará de ellos un aporte positivo y real o sencillamente su silencio.

    Finalmente aclarar que esta columna no pretende una defensa irrestricta de lo anunciado por José Antonio Kast, aquello sería intelectualmente deshonesto, no hay duda que será el tiempo, implacable, incómodo y ajeno a la propaganda, el que determine si cada nombramiento y cada decisión ministerial fueron, efectivamente, lo que Chile necesitaba en este momento de su historia.

    Pero justamente por eso, antes de vociferar, de caricaturizar y de disparar consignas al vacío, corresponde algo mucho más simple y mucho más exigente, observar los resultados.

    La gente de bien siempre apostará por eso, por hechos, no por relatos; por gestión, no por histrionismo; por responsabilidad, no por el placer adolescente de destruir. Y sí, existen también aquellos que preferirían ver arder el mundo con tal de tener razón, aunque el país se queme con ellos dentro, a esos no los necesitamos, en realidad Chile nunca los necesitó.

    Esta columna no ha sido escrita para buscar aplausos ni para mendigar aprobación, tampoco para temerle a la crítica fácil, esto es simplemente la mirada de quien ha comprendido algo esencial, me refiero al valor del tiempo. Ese tiempo que desnuda la improvisación, pone en su lugar a los gritones y, tarde o temprano, separa la consigna del resultado.

  

martes, 6 de enero de 2026

ORDEN INTERNACIONAL Y SU COMPLICIDAD SILENCIOSA



 Escrito por: A PASO FIRME

En otra entrega anterior creé una reflexión comparativa desde el punto de vista del análisis de una teoría politológica, lo de hoy respecto de lo mismo,  una visión ciudadana.

 

Lo que estamos presenciando no es una discusión jurídica honesta, es una escenificación moral selectiva.

 

Durante casi treinta años, Venezuela fue sometida a un proceso sistemático de demolición institucional con persecución política, presos de conciencia, tortura documentada, ejecuciones extrajudiciales, hambre utilizada como mecanismo de control social, exilio forzado de millones y una economía criminalizada hasta los cimientos. Todo eso NO OCURRIÓ EN LA OSCURIDAD, ocurrió con informes, con cifras, con testimonios, con cadáveres, ocurrió ante las cámaras y ocurrió, sobre todo, con un silencio cómplice sencillamente ensordecedor.

 

Entonces aparece la pregunta incómoda, esa que hoy muchos prefieren evitar:

 

¿Cuándo el derecho internacional pasó a ser más sagrado que los derechos humanos concretos de millones de personas?

 

El derecho internacional no es un dogma teológico, es un instrumento. Se supone que existe para proteger a los seres humanos, no para blindar a tiranos cuando ya han destruido todo lo que ese mismo derecho dice defender.

 

Cuando el derecho se convierte en coartada para la inacción, deja de ser justicia y pasa a ser burocracia moralizada.

 

Aquí es justamente donde la hipocresía se vuelve obscena.

 

Durante décadas, ONU y OEA produjeron comunicados, misiones exploratorias, expresiones de preocupación, resoluciones sin consecuencias, informes solicitados a la alta comisionada para los DD.HH. El régimen entendió el mensaje con absoluta claridad, pueden seguir...y siguieron, porque nadie les puso freno ni asignó un costo real.

 

Hoy, cuando se discute una acción directa contra el responsable máximo de esa maquinaria criminal, súbitamente el mundo se llena de juristas televisivos, de guardianes del orden internacional, de líderes que descubren, bastante tarde y con absurdo dramatismo, que las normas existen, vaya descubrimiento milagroso que han hecho, justo cuando el abusador se encamina a perder el poder.

 

En términos ciudadanos comunes, no en trincheras politológicas ni aulas de universidad, la pregunta correcta no es si una acción así tensiona el derecho internacional.

 

La pregunta correcta a mi juicio es: ¿Qué legitimidad conserva un orden internacional que toleró durante décadas una narcodictadura a plena luz del día?

 

Porque sepan que hay una verdad que incomoda a los salones diplomáticos y es que cuando el sistema internacional falla de manera prolongada, otros actores llenan el vacío, no por altruismo, sino porque el mundo real no se congela esperando consensos imposibles.

 

No se confundan con mis palabras, esto no es una apología del unilateralismo ni del “todo vale”, esto es algo más incómodo todavía, es reconocer que la neutralidad frente al crimen también es una toma de partido, también determina una posición.

 

Sepan que mirar para el costado mientras se destruye un país no es prudencia, es abandono. Sepan que la legalidad sin justicia termina siendo solo una forma elegante de cobardía.

 

¿Dónde estaban ONU y OEA cuando el hambre se volvió política pública?

 

¿Dónde estaban cuando la migración venezolana forzada se transformó en la mayor tragedia humanitaria del continente?

 

¿Dónde estaban cuando los informes se acumulaban y nadie actuaba?

 

Llegaron tarde y ahora pretenden darnos lecciones.

 

El problema no es que hoy se hable de derecho internacional, el problema es que sólo se hable cuando el verdugo corre peligro, nunca cuando la víctima grita.

 

Eso, eso es mucho más que una discusión legal, es un fracaso moral.

lunes, 5 de enero de 2026

JOHN MEARSHEIMER Y EL REALISMO OFENSIVO, BREVE ANÁLISIS SOBRE LA CAPTURA DE NICOLÁS MADURO

 

Escrito por: A PASO FIRME

    Se trata de un influyente politólogo estadounidense y profesor distinguido en la Universidad de Chicago, en su obra "The Tragedy of Great Power Politics", un libro cautivante, él argumenta que el conflicto entre potencias es inevitable debido a la falta de un gobierno mundial y la imposibilidad de conocer las verdaderas intenciones de otros Estados. Su visión contrasta en interesantes debates - que pueden buscar - con otros autores liberales como Robert Keohane o Lisa Martin; en mi caso me quedo con la teoría que plantea el profesor Mearsheimer.

    Aquí entonces un breve análisis utilizando su teoría y mi interpretación, para explicar lo que la administración del presidente Trump ha hecho al capturar a Nicolás Maduro, vamos por partes.

    Primero, no hay un árbitro supremo en el mundo, tampoco un juez que haga sonar el silbato cuando un Estado cruza la línea, lo que hay son discursos, tratados, etc., pero no hay árbitro, eso es lo primero que el profesor Mearsheimer pone sobre la mesa.

    El escenario internacional no es una corte; es un campo abierto donde cada actor cuida su supervivencia.

    Segundo, en ese mundo, afirma Mearsheimer, ningún Estado puede permitirse creer en las buenas intenciones del otro, las intenciones cambian, los gobiernos pasan, los discursos mutan, lo único constante es el poder y, quien no lo acumula, lo pierde, así de simple. Por eso las grandes potencias no se limitan a defenderse: avanzan, no esperan el golpe; lo neutralizan antes de que exista.

    Ahí nace el realismo ofensivo, no como una ideología, sino como una descripción incómoda de cómo se comportan los que mandan de verdad.

    Bien, ahora imaginemos a Estados Unidos mirando su entorno inmediato, el hemisferio que históricamente ha considerado vital para su seguridad. En ese mapa aparece Venezuela: un Estado fracturado, atravesado por redes de narcotráfico, con vínculos abiertos con potencias rivales, convertido en plataforma de desorden regional. Desde el lenguaje del derecho internacional, eso es “soberanía”, desde el lenguaje de Mearsheimer, eso es una amenaza latente.

     En ese contexto entra el presidente Donald J. Trump, no como personaje moral, sino como decisor. La pregunta no es si capturar a Nicolás Maduro es legal. Esa pregunta, en este marco, es secundaria. La pregunta real es otra: ¿conviene? ¿Reduce riesgos futuros? ¿Elimina un foco de inestabilidad? ¿El costo político y estratégico es menor que el costo de dejarlo intacto?

     Si la respuesta es sí, la acción deja de ser escandalosa y pasa a ser racional.

    Entonces, ¿Qué sucede?, el derecho internacional, en este relato, no desaparece, simplemente llega tarde, ¿Por qué?

     Primero ocurre el hecho, después llegan los comunicados, las resoluciones, las condenas simbólicas y, si la operación resulta exitosa, con el tiempo, la historia se encarga de reescribirla como “necesaria”, “inevitable” o “excepcional”.

     El profesor Mearsheimer no se escandaliza por eso, tampoco lo celebra, lo describe, dice sin rodeos que las grandes potencias no obedecen al sistema: lo moldean. Las normas pesan mientras no estorben, entonces, cuando estorban, se doblan. Y si no se doblan, se rompen.

    Así, la captura de Maduro, más allá de tratados, tribunales y comunicados, no sería una aberración del orden mundial, sería su funcionamiento normal. El mismo patrón que ya se ha visto antes: primero Noriega, después Bin Laden, luego Soleimani. Distintos contextos, misma lógica.

 

    El realismo ofensivo no pregunta si algo es justo, pregunta si es útil.

 

    En el mundo que describe el profesor Mearsheimer, esa pregunta es la única que realmente importa.

 

    En palabras simples, en política internacional no mandan las leyes: manda el poder que se atreve a ejercerlas cuando dejan de servirle.



martes, 2 de septiembre de 2025

OCCIDENTE EN DECADENCIA: SEGURIDAD, POPULISMO Y LA GRAN RENUNCIA

 




Escrito por: A PASO FIRME

En este espacio de pensamiento crítico, los invito a internarnos en una reflexión diferente de las habituales, esta vez los invito a navegar por ideas y reflexiones donde lo políticamente correcto lo dejaremos en la puerta, para ingresar descalzos en el terreno incómodo de las preguntas que casi nadie quiere hacer, con respuestas que pocos quieren oír. Sin tratarse ni pretender de instalar una verdad, lo que propongo es sentido común, el cada vez más escaso de los sentidos.

Occidente está enfermo, no de una gripe pasajera, sino de un mal crónico que mezcla decadencia política, corrupción moral y un espejismo de progreso; fuimos advertidos que toda civilización vive su “ocaso” – al igual que sucedió con los grandes imperios, donde todo comenzó con el nacimiento o conquista, para llegar a la consolidación y con ello alcanzar su apogeo, para continuar posteriormente hasta su estancamiento, devenir en decadencia y terminar viviendo el ocaso y caída –, pero aquí no estamos en un museo: vivimos en carne propia una decadencia descrita por tantos a lo largo de cada uno de los ciclos de nuestra historia.

Hagamos el ejercicio de observar cómo esa caída libre ocurre frente a nuestros ojos, desde gobiernos que prometieron seguridad a cambio de libertad, hasta potencias que antes eran faros de democracia y ahora parecen caricaturas de sí mismas.

En un pequeño país de centro-américa el miedo fue el combustible para la obediencia; durante décadas las pandillas convirtieron las calles en cementerios a cielo abierto, entonces, apareció un mesías político con un mensaje simple: “yo acabaré con ellos”. Y cumplió. Hoy las cárceles rebalsan, la criminalidad se desplomó y el ciudadano común, exhausto de funerales, aplaude la mano dura, así es como hoy lucen orgullosos más de 1.000 días sin homicidios.

Ahí, el sacrificio, a mi juicio, fue otro: el estado de derecho se convirtió en un lujo secundario. El sospechoso ya no es inocente hasta probar lo contrario, sino culpable hasta que la autoridad lo absuelva, por tanto, aunque los aplausos suenen fuertes, la pregunta no es si este sacrificio traerá paz, sino si devolverá la democracia plena, más lejos aún, ¿aporta y mejora la democracia en una sociedad que ha tocado fondo y por tanto ha debido renunciar a mucho para recuperar la paz interna?, la pregunta no parece baladí, más bien, parece bastante razonable para los tiempos que vivimos. Dicho diferente, ¿están ahí las condiciones para una democracia que les permita avanzar sin ir de la mano de un gobierno que limita libertades a cambio de seguridad interna? 

Disculpe que sea redundante; en tiempos antiguos, un pensador escribió que, el pueblo cansado de la anarquía siempre está dispuesto a entregar su libertad al soberano absoluto que promete orden. Esa advertencia no era teoría: era premonición y aquí la vemos cumplirse, no en los libros, sino en la carne viva de un pueblo que escogió seguridad a cualquier precio.

Más al norte, el imperio que alguna vez fue faro de libertad y progreso ha caído en la paradoja de librar batallas contra sus propios aliados. En nombre del interés nacional, se levantan muros arancelarios incluso frente a quienes fueron socios estratégicos durante un siglo. El discurso es claro: “primero nosotros, después… nadie”. El problema es que este imperio vive de su red de alianzas, no de su aislamiento. El cemento que mantenía unida a la comunidad occidental se está resquebrajando y lo irónico es que, al mismo tiempo que proclama grandeza, se encierra en sí mismo, debilitando precisamente lo que lo convirtió en grande; concedámosle sin embargo y por ahora el beneficio de la duda al liderazgo validado por una abrumadora mayoría, donde la actual política encarna una reacción nacionalista y proteccionista contra el globalismo liberal imperante, con un discurso disruptivo que alteró el orden internacional establecido tras la Guerra Fría y que parecía ya superado. Su política exterior hoy luce más como un reality show que una estrategia de largo plazo. Da la impresión de que el coloso se debate entre querer ser guardián del orden mundial o ser una rutilante estrella de televisión. Mientras entretiene a las masas con frases altisonantes, el tablero geopolítico parece moverse en su contra o al menos en otra dirección.

En el corazón de Europa, al menos tres naciones que alguna vez fueron emblemas de cultura, filosofía y modernidad atraviesan una crisis silenciosa pero profunda.

En una, la locomotora industrial se encuentra oxidada: la energía cara, la industria en retirada y una política más preocupada de la corrección ideológica que de la productividad real. En otra, una isla orgullosa de su independencia se enredó en una separación que prometía soberanía y terminó dejando cicatrices económicas y sociales; finalmente en la patria de la “libertad, igualdad y fraternidad”, los suburbios arden cada cierto tiempo, no solo por protestas sociales, sino por un choque cultural que amenaza con fragmentar la identidad misma de un país que cada día luce más irreconociblemente pálido respecto de la grandeza y brillo que lo vio florecer.

Los países nórdicos, tradicionalmente admirados por sus altos estándares de libertad, igualdad y desarrollo social, comienzan a mostrar signos de retroceso frente al desafío de sostener su vasto estado de bienestar. El costo de mantener tan amplios derechos sociales para una población cada vez más diversa, se ha visto tensionado por políticas de inmigración muy abiertas, que, si bien buscaban integración y solidaridad, han generado dificultades en la cohesión cultural y en la sostenibilidad del sistema. A ello se suma un debate moral interno: sociedades de gran probidad y ética cívica, pero que, en su apertura, han impulsado transformaciones en torno a temas de sexualidad y género que no todos perciben como progreso, sino como una forma de libertinaje que debilita los valores tradicionales. En este cruce de tensiones —entre inclusión, sostenibilidad y moral social— se refleja el ocaso parcial de un modelo que alguna vez fue visto como el ideal del estado moderno.

El Viejo Continente, que alguna vez dictó las reglas del mundo, hoy se consume en debates internos sobre identidad, migración, género y memoria histórica. Como escribió un pensador francés en el siglo XIX, “los pueblos no mueren de hambre, mueren de aburrimiento”. Hoy Europa parece morir, lentamente, de un exceso de relativismo.

Si hay un continente que ha convertido la política en tragicomedia, es el nuestro. Así es como tenemos un país austral, ejemplo durante décadas de estabilidad y progreso, que llegó a ser el oasis de Latinoamérica pero que sin embargo ardió en octubre de 2019. Jóvenes iluminados, al calor de barricadas y adoquines, prometieron refundar la nación desde sus cimientos. Hoy, apenas unos años después, esos mismos gobiernan con la torpeza de adolescentes que confunden consignas con políticas públicas. El resultado: una economía estancada, inseguridad, cesantía, más un descontrol migratorio inducido bajo el eslogan de “migrar es un derecho”, ahora desborda la paciencia ciudadana y relega las necesidades más básicas a los nacidos de esa tierra, para poner primeros en la fila a aquellos que sin importar si ingresaron por la puerta o la ventana, hoy copan los servicios que el resto les financia.

Cruzando la cordillera, otro país intenta dinamitar más de 70 años de un modelo populista que destruyó lo que alguna vez fue la joya económica de América. Su líder de turno habla de motosierra y libertad, pero la carga del pasado es pesada: corrupción enquistada, deudas impagables y una sociedad fragmentada. Así y todo, los avances superan incluso las expectativas que ellos mismos tenían, sin embargo, ya comienzan a batirse tambores que hablan de corrupción, ¿propaganda o realidad?, aquello está por verse.

Más al norte, en el mismo continente, el socialismo convertido en narcoestado devoró a una de las naciones petroleras más ricas del planeta, la más rica del barrio en algún momento, hoy saqueada por ideologías perversas al amparo de una sociedad que no comprendió el valor de la responsabilidad cívica y la libertad. Luego, tenemos una isla que fue potencia azucarera, pero que hoy compite con otra isla, sólo al nivel de determinar dónde hay más miseria. Por otra parte un país que hasta hace pocos años tuvo un caudillo cocalero que destrozó la economía de su nación andina y hoy con nuevas y renovadas luces, pronto intentará recuperar décadas de división y corrupción a efectos de volver a insertarse alejados del eje del mal. Siguiendo en este viaje por el continente, un ex guerrillero convertido en presidente que llegó al poder para demostrar que la violencia del pasado no era un error, sino un camino, el mismo que cubierto de sombras intenta zafarse de la autoría de crímenes contra sus opositores que luchan para convertirse en una alternativa real al proyecto de decadencia y corrupción imperante; situación muy similar a otro país en Centroamérica, con un gobernante tan siniestro como el recién descrito, dueño de un autoritarismo populista que sostiene el control absoluto de las instituciones, la represión de opositores y el debilitamiento de la democracia bajo el discurso de revolución y soberanía nacional, donde por cierto, también suscribe la política de aniquilar a sus adversarios políticos.

Párrafo aparte merece el gigante de Sudamérica, el que vive una paradoja que erosiona gravemente su prestigio democrático: el retorno al poder de un expresidente que había sido condenado por corrupción, liberado en un proceso judicial cargado de controversias y cuestionamientos de legitimidad. Esta decisión abrió la puerta a que un líder con cuentas pendientes frente a la ciudadanía volviera a gobernar, mientras al mismo tiempo se desplegaba una ofensiva judicial implacable contra su principal adversario político, acusado y procesado bajo sospechas que muchos consideran más políticas que jurídicas. Todo ello agravado por el rol de un Tribunal Supremo cuya imparcialidad y credenciales democráticas son ampliamente debatidas, lo que alimenta la percepción de que la justicia ha dejado de ser un poder neutral para convertirse en un actor político decisivo. Así, una nación con el potencial de encabezar el desarrollo regional se ve atrapada en un laberinto de polarización y desconfianza institucional, donde la justicia se percibe más como instrumento de poder que como un garante de derechos.

En suma, la región se ha vuelto un museo de fracasos: dictaduras perpetuas, presidentes encarcelados, suicidios políticos y democracias frágiles, lo más grave: sociedades resignadas a sobrevivir entre cinismo y corrupción, como si nada mejor fuera posible. Sociedades que viven los efectos de un péndulo que oscila entre dosis de libertades versus totalitarismos aniquilantes, sin encontrar un equilibrio que otorgue sustento a largo plazo.

Entre tanta decadencia, en el viejo mundo, en pequeños países surgen poderosas ideas que nadan contra la corriente. No todos ellos son potencias tradicionales, sin embargo, entendieron que ceder soberanía a burócratas globales es perder identidad. Defienden fronteras, familia, tradiciones y fe, aunque se les tache de autoritarios o reaccionarios, ellos evidentemente promueven un nacionalismo que lucha por recuperar el valor de la familia y tradiciones arraigadas por siglos, estos pequeños gigantes parecen ser los que al menos en esta etapa del ciclo, intentan con mayor fuerza mantener encendido el faro que conduce a reconstruir robustamente los pilares básicos de la sociedad occidental, me refiero a derechos humanos más relevantes como el derecho a la vida, la libertad de decidir sobre sí mismos sin violar los derechos de los demás y el derecho a la propiedad privada.

Alguna vez alguien afirmó que “el verdadero progreso es dar la vuelta atrás cuando se ha equivocado de camino”. Eso hacen hoy esas sociedades: no buscan ser aplaudidas en foros internacionales, sino proteger lo que aún consideran sagrado, incluso cuando grupos poderosos los miren con desprecio, quizás allí, en esas verdaderas islas de resistencia, esté el germen de un renacimiento.

Mientras tanto, en Oriente se consolida un gigante que no necesita elecciones para legitimar su poder. Su fuerza radica en disciplina, producción y estrategia a largo plazo. Mientras Occidente discute pronombres, este gigante diseña satélites y los pone en órbita, controla minerales y expande su influencia por el globo.

Este gigante desafía los moldes de la democracia liberal: sin elecciones libres ni pluralismo político ha encontrado en la disciplina social, la producción masiva y la estrategia de largo plazo la base de su legitimidad. Su modelo se sostiene en la eficacia antes que, en la libertad, sacrificando la propiedad privada, el pensamiento crítico y la expresión ciudadana en nombre de la estabilidad y el progreso colectivo, el control social está a la orden del día y rige el destino de millones en las grandes ciudades y en el resto del planeta cuando se les permite invertir fuera de sus fronteras. Mientras Occidente debate sobre consensos y derechos, ellos avanzan con un proyecto centralizado que convierte al individuo en engranaje de una maquinaria nacional, demostrando que el poder no siempre necesita votos para consolidarse, sino resultados tangibles que alimenten el orgullo y la obediencia de millones.

Lo que ocurre ahí no es exactamente una paradoja entre democracia y totalitarismo, porque aquel régimen no se define como democrático en el sentido occidental de elecciones competitivas, separación de poderes y libertad de expresión. Más bien, es un modelo de autoritarismo con legitimidad de desempeño, es decir, el partido gobernante no obtiene su poder de las urnas, sino de los resultados que ofrece —crecimiento económico, aparente estabilidad social, proyección internacional y control—. La paradoja, en todo caso, surge en la percepción externa: mientras para Occidente el progreso debe sustentarse en derechos individuales y participación política, para este gigante de Oriente se justifica el control férreo del Estado como precio a pagar por la prosperidad colectiva. Podría decirse que no es una mezcla de democracia y totalitarismo, sino un totalitarismo pragmático, que sacrifica libertades a cambio de orden y desarrollo, cuya eficacia pone en entredicho la supuesta superioridad incuestionable de la democracia liberal.

Sobre Europa hace ya tiempo se cierne otra sombra: la expansión de una corriente ideológica de raíz religiosa y profundamente expansionista que no se conforma con coexistir. No hablamos de fe sincera, sino de un proyecto ideológico que busca hegemonía. Sus templos se multiplican, los barrios se transforman, las protestas ondean banderas que insisto con fuerza, no llaman a convivir, sino a someter. Lo que en principio se presentó como multiculturalismo se acerca peligrosamente a un poder hegemónicamente monocultural, la caída del imperio Otomano no significó abandonar una aspiración propia del origen de ese imperio y que era la supremacía y control de los infieles, es decir, de todos aquellos que profesan una fe diferente a la de ellos, por el contrario, primero silenciosamente y hoy de forma abierta, se abren paso a este control ideológico de raíz religiosa.

Con todo lo anterior, cuando uno mira a Occidente hoy, es inevitable sentir una mezcla de orgullo y tristeza. Por un lado, orgullo por lo que alguna vez fuimos capaces de construir: democracias fuertes, sociedades vibrantes, pletórica de reales pensadores, con arte, ciencia, progreso. Tristeza en el lado opuesto, porque lo que vemos en el espejo actual no se parece mucho a los sueños que teníamos cuando éramos niños. Quizás Calderón de la Barca tenía razón al afirmar que “los sueños, sueños son”, sin embargo, me niego a pensar que aquello pueda ser aplicado a nuestras aspiraciones de mundo y sociedad que pretendemos.

¿Recuerda? De pequeños, con inocencia, cerrábamos los ojos mientras nos decían que el futuro sería luminoso: imaginábamos autos que volarían, ciudades inteligentes, paz mundial, un planeta unido por la razón y la justicia. Nos hicieron creer que todo lo bueno estaba por venir, nos hablaban de un siglo XXI en el que nuestras necesidades estarían satisfechas producto del desarrollo de nuestro esfuerzo intelectual, creatividad, disciplina y perseverancia, hoy sin embargo, miramos atrás con nostalgia y de alguna forma quisiéramos volver a algún punto de nuestro pasado, volver quizás para esta vez darnos el tiempo de disfrutar lo que teníamos comprendiendo en profundidad su valor intrínseco, o quizás volver para darnos la oportunidad utópica de corregir y reescribir desde ahí el futuro, ambas situaciones verdaderamente imposibles, porque al volver a abrir los ojos, terminamos aterrizando en la dura realidad que significa aceptar que, aquí estamos: discutiendo no cómo conquistar las estrellas, sino cómo sobrevivir a la corrupción, la violencia y el miedo.

Entre lo posible y lo ideal se abrió un abismo. Lo posible nos muestra gobiernos que nos ofrecen seguridad a cambio de libertad, sociedades que ceden ante la comodidad, pueblos enteros que aceptan la mentira porque la verdad resulta demasiado dolorosa e incómoda. Lo ideal en cambio, sigue ahí, intacto, como un faro lejano que todavía ilumina, aunque cada vez más débilmente.

Quizás nos hemos vuelto adultos demasiado pronto, cansados y conformistas. Hoy nos preguntamos si acaso ese futuro murió antes de nacer, o si aún late, escondido, esperando que lo reclamemos. Lo cierto es que la confusión está ahí: ¿debemos aceptar lo que hay, resignarnos a este mundo decadente, o atrevernos a perseguir lo que soñamos alguna vez? Entre esas dos orillas navegamos, y a veces pareciera que Occidente ha decidido dejarse llevar por la corriente, sin remar, sin voluntad, esperando que otro decida por nosotros.

Todavía nos queda una certeza: el presente. Aunque frágil y convulso, sigue siendo nuestro. Quizás ha llegado el momento de comprender que avanzar requiere gestos de autentica generosidad, capaces de desprendernos de egos, egoísmos y vanidades. Solo así podremos construir un futuro sostenible y sustentable, entregándolo todo en ese efímero instante que nos pertenece: el ahora.

Tal vez el desafío no sea recuperar lo que fuimos, sino atrevernos a recordar lo que soñamos, tal vez el camino no sea escoger entre seguridad y libertad, sino preguntarnos qué sociedad queremos dejarle a quienes aún creen que el futuro puede ser un lugar aceptable.

No estamos ante un accidente, sino ante el resultado de incontables décadas de decisiones erradas, de valores diluidos, de comodidad disfrazada de progreso. Quizás, como dijo un pensador alemán, la historia se repite dos veces: Una vez como tragedia, otra como farsa.

La farsa está aquí. La tragedia aún puede evitarse.

Quizás Occidente aún tenga la oportunidad de renacer, pero no será con aplausos fáciles ni con promesas de falsa seguridad: será con sacrificio, con coraje y con una memoria que se niegue a olvidar quiénes fuimos y qué valores nos hicieron grandes.

Varias preguntas me golpean con fuerza al final de esta reflexión, ¿estamos dispuestos a resignarnos, o todavía tenemos el valor de luchar por el mañana que alguna vez imaginamos con los ojos inocentes de un niño?, ¿podrá Occidente resistir o más bien, querrá resistir?, dicho de otra forma, más brutal, más incisiva y más directa, siento que ya no se trata de si podemos salvarnos, a mi juicio se trata de si todavía queremos hacerlo, para qué y a partir de cuándo.


lunes, 14 de julio de 2025

2025: ENTRE LOS FANTASMAS DEL PASADO Y LA MISERIA DEL PRESENTE


 

Escrito por: A PASO FIRME

El mundo está ardiendo y no es una metáfora, es la escena literal de un planeta descompuesto: guerras que se multiplican como plagas, economías fracturadas, oleadas de migrantes que huyen de todo menos de la desesperanza, y una élite global que juega ajedrez sobre un tablero de ruinas. Mientras tanto, en Chile, seguimos discutiendo a Allende y a Pinochet como si aún estuvieran vivos. Y quizás lo están, no en cuerpo, pero sí en espíritu: los extremos los han resucitado para seguir desgarrándonos por dentro.

A más de medio siglo del quiebre institucional de 1973, no hemos aprendido nada. Absolutamente nada. Ni del socialismo mesiánico que prometía el paraíso sin tener pan, ni del gobierno cívico-militar que trajo orden al precio de la sangre. No hay superación, no hay madurez política. Sólo hay una disputa obscena por ver quién manipula mejor el trauma nacional.

Hoy nuestro país se enfrenta a una nueva encrucijada, y no es menos peligrosa que la de entonces. La polarización no es una amenaza futura: es la realidad presente. Lo más triste es que no se debe a las ideas, sino a la falta de ellas. Los discursos se repiten como letanías de odio: unos prometiendo que vendrá el hambre de la UP si gana la izquierda; otros advirtiendo que sin una mano firme y dura como la del general Pinochet no hay futuro posible. ¿Ese es el debate que nos merecemos en 2025?

Y el “centro”, ese supuesto espacio de moderación no existe. No tiene rostro, ni voz, ni alma. Fue devorado por su cobardía, por su falta de convicciones, por su terror al conflicto. Ya nadie cree en los acuerdos, porque nadie los encarna. El centro político no es opción: es un fantasma que recorre pasillos del Congreso sin decir nada, sin hacer nada, sin representar a nadie.

Y cuando creíamos que el cinismo había tocado techo, aparece ChileVamos. Esa pseudo derecha que ahora nos pide a gritos unidad para enfrentar al comunismo, como si recién lo hubieran descubierto. Como si no hubieran sido ellos quienes lo alimentaron, le abrieron las puertas y entregaron cuotas de poder. ¿O acaso no empoderaron a Jeannette Jara, hoy presidenciable del PC, sin el menor pudor? Ahora nos llaman a “cerrar filas” para impedir su triunfo, como si fuéramos idiotas, como si no fuera evidente el doble juego, el plan burdo: levantar al monstruo, y luego llegar como salvadores. Es como si un pirómano se quejara del incendio que él mismo provocó; es una bofetada a la inteligencia del electorado y, lo que es peor: es una burla a la historia.

Hoy la política chilena es un mercado de apariencias: no importa lo que haces, sino a quién logras culpar. Los partidos tradicionales ya no existen para proponer un país, sino para sostener sus propios privilegios. Se han enquistado en una sociedad apática, desconectada de la política y alejada de cualquier noción de responsabilidad cívica. Esa misma anomia, esa renuncia colectiva a involucrarse, nos ha sumido en un caos valórico profundo. Hemos perdido el ethos que alguna vez nos cohesionó, ese sentido compartido de propósito y pertenencia que, con todos sus defectos, nos permitió avanzar hacia la prosperidad. Una prosperidad que no supimos valorar ni cuidar. Pagamos el precio por despreciar todo lo que no fuera nuestro metro cuadrado, por abandonar la idea de nación en favor del confort individual. Hoy no hay estrategia, no hay proyecto, no hay misión ni visión de país. Sólo hay cuotas, hay listas, hay cocinas políticas y operadores reciclados, en cambio, hay un pueblo que grita por lo más básico: vivir sin miedo, caminar sin ser violentado, que el asesino no salga libre y que el corrupto pague caro su osadía, que la frontera exista para mantenernos alejados de las redes de narcotráfico y los indeseados, que el sueldo alcance y que la justicia funcione. Nada más. Nada más.

Pero ni eso pueden ofrecer.

No se equivoquen: este hartazgo no es de derecha ni de izquierda, es de sentido común. Es el clamor de esa mayoría silenciosa que no quiere volver al 73, pero que tampoco quiere aceptar que 2026 empiece a parecerse. Esa mayoría no quiere discursos con olor a naftalina, ni líderes de utilería fabricados para la coyuntura. No quiere apretones de mano falsos ni abrazos cínicos. Lo que exige es claro: seguridad, orden y justicia. Y eso no debería encontrarse en los extremos, no deberíamos vernos forzados a repetir historias con finales tristes. Sin embargo, aquí estamos otra vez, mirando hacia un extremo de la misma cuerda, el único que parece ofrecer algo parecido a coraje, aunque haya sido convenientemente tergiversado por quienes necesitan siempre que elijamos entre democracia o caos, como si no existiera otra salida.

No nos perdamos en esa trampa. No hay ni habrá posibilidad alguna de reeditar los casi 17 años del gobierno cívico-militar, y no por moralismo, sino por una razón muy simple: no podemos seguir creyendo que las Fuerzas Armadas resolverán lo que el poder civil no ha tenido el coraje de enfrentar. Porque cuando los políticos fallan, cuando no asumen sus errores, lanzan a otros al fuego para salvarse ellos. Y lo peor es que muchos de esos mismos siguen hoy circulando por los pasillos del poder, impunes, vendiendo recetas fracasadas que aún encuentran compradores. Compradores no por convicción, sino por falta de agallas.

Pero esta crisis no es obra exclusiva de los corruptos, de los ambiciosos ni de los fanáticos, no nos perdamos en aquello, también es fruto del silencio de quienes miran para otro lado, de los que se acostumbraron al deterioro, de los que prefieren callar para no incomodarse. Las grandes ruinas de las naciones no se levantan sólo por la acción decidida de quienes hacen el mal, sino también por la pasividad de quienes, pudiendo impedirlo, optan por no hacerlo. Cada vez que renunciamos a involucrarnos, a exigir, a pensar críticamente, abrimos una grieta más en el edificio de nuestra república. Y cuando finalmente se venga abajo, no podremos decir que no lo vimos venir, porque lo vimos y sencillamente lo dejamos pasar.

El precio de mirar hacia el lado no es sólo la pérdida de la libertad: es tener que vivir bajo el dominio de quienes jamás debieron gobernar y, eso es algo que las generaciones actuales parecen no comprender, porque no lo han experimentado como nosotros. Al fin y al cabo, nadie puede hablar del sabor del jugo de naranjas si nunca lo ha probado, pero la pregunta es otra: ¿Es necesario beber cicuta para entender que puede matarnos? Porque si no despertamos a tiempo, serán precisamente los indiferentes, los porfiados, los corruptos o los peores quienes decidan, con su pasividad o su obstinación, condenarnos a repetir la historia que tanto costó escribir… y aún más, superar.

La historia no va a absolver a nadie y menos a los cobardes. Chile ya no necesita más mártires ni caudillos: necesita adultos, adultos responsables.

miércoles, 9 de julio de 2025

EL ECO DEL OLVIDO

 






Escrito por: A PASO FIRME

 

    Han pasado más de cincuenta años desde que Chile, dividido por ideologías irreconciliables, casi se desangra a sí mismo. No fue un terremoto, ni una guerra extranjera, sino una destrucción interna, una implosión provocada por el afán de imponer un régimen socialista radical, liderado por Salvador Allende, que fracturó al país, destruyó la economía, desató violencia y llevó a enfrentar a chilenos contra chilenos.

    Hoy, medio siglo después, cuando ya se creía que esas lecciones estaban aprendidas, Chile se encuentra nuevamente frente al mismo abismo, esta vez disfrazado de democracia, con la posibilidad real de elegir presidenta a una comunista: Jeannette Jara.

¿Cómo se llega a esto? ¿Qué debe pasar en una sociedad para querer revivir su propia tragedia?

    La respuesta no está en el presente. Está - a mi juicio - en las décadas de abandono, en una batalla cultural que se perdió en silencio. Mientras la política se reordenaba en los 90’s tras la recuperación democrática, se cometió un acto que pasaría inadvertido, pero que sería decisivo: la eliminación de la asignatura de Educación Cívica. No hubo debate, no hubo alerta, no hubo resistencia y, con ese acto, se arrancó de raíz el deber ciudadano de conocer la historia, de entender las instituciones, de saber cómo funciona y se protege una democracia.

    Mientras tanto, los que perdieron en el plano político —los derrotados del proyecto de la UP— ganaron en el terreno de las ideas, de los símbolos, del lenguaje, del relato. Y nadie se los impidió. Contaron la historia como quisieron, como si hubieran sido víctimas inocentes de una tragedia sin causa, como si la violencia, el quiebre institucional y la insurrección no hubiesen existido.

    Se impuso su versión en las aulas, en la cultura, en los medios y, lo que es peor, en la conciencia de los más jóvenes, los mismos que más tarde se convertirían en la generación de reemplazo de una sociedad que había decidido esconder la fractura en vez de trabajar por sanarla. Mientras el país retomaba su rumbo democrático, se perdió una oportunidad histórica: la de contar con verdad y por dolorosa que resultara, con matices y sin eufemismos, lo que realmente ocurrió durante los años de la Unidad Popular y sus consecuencias. Padres que callaron por temor o cansancio, profesores que optaron por la comodidad ideológica o el adoctrinamiento, una prensa más preocupada de los símbolos que del fondo y, una clase política que eligió el consenso artificial por sobre la pedagogía cívica, todos fueron parte del pacto tácito de silencio o de distorsión.

    En vez de abrir espacios de diálogo intergeneracional donde el dolor, la responsabilidad compartida y las lecciones del pasado sirvieran como cimiento de una democracia robusta y madura, se optó por reescribir la historia en blanco y negro, con héroes y villanos definidos por conveniencia, no por hechos. Así, los jóvenes crecieron sin comprender realmente qué fue lo que sus padres y abuelos vivieron, sin dimensionar las causas reales del quiebre institucional y, mucho menos el peligro de repetir ese mismo error con otras palabras y rostros nuevos. El resultado fue una generación desconectada de su raíz histórica, más emocional que racional, convencida de que todo lo anterior fue oscuridad y represión, y que lo nuevo —aunque radical— representa dignidad y justicia.

    Ese fue el triunfo más silencioso, pero más profundo, de una batalla cultural que nunca se quiso dar: la entrega del relato nacional a quienes fueron derrotados políticamente, pero que supieron ganar en el terreno de las conciencias.

    Chile abandonó la responsabilidad y abrazó la comodidad. Se dejó de hablar de deberes, de esfuerzo, de sacrificio. Se exaltaron los derechos como si fueran eternos, automáticos, desvinculados de cualquier compromiso. La prosperidad alcanzada gracias al trabajo de millones fue vista no como una conquista, sino como una deuda pendiente. La meritocracia fue reemplazada por la victimización; la libertad por la igualdad forzada; la superación personal por el resentimiento.

    Y así, generación tras generación, se incubó una cultura que desprecia el trabajo como camino a la libertad. A los jóvenes se les enseñó que el trabajo es una forma de opresión, que esforzarse es someterse, que enriquecerse por medios propios es ser cómplice de un sistema injusto. La narrativa marxista se filtró en las rendijas de la democracia, no con armas, sino con eslóganes, con frases bonitas, con canciones de moda y con profesores adoctrinados.

    Se instaló la idea perversa de que el trabajo enriquece al rico y empobrece al pobre. Que el esfuerzo es explotación. Que merecer la felicidad no depende de ganársela, sino de exigirla como derecho. Y así, el joven chileno dejó de mirar al futuro como un desafío, y comenzó a mirarlo como una promesa que otro le debe cumplir.

    La batalla cultural se perdió porque nadie la quiso dar. Porque los que sabían, callaron. Porque los que gobernaban, transaron. Porque los que se enriquecieron con el modelo, jamás lo defendieron. Y porque una sociedad que solo quiere ser feliz, pero no responsable, está condenada a ser esclava de quienes sí tienen un proyecto claro… aunque sea totalitario.

¿Qué ocurrió adicionalmente? ¿Cómo una sociedad que vivió en carne propia los efectos de un experimento ideológico puede hoy, sin mayor resistencia, abrirle nuevamente la puerta?

La respuesta es compleja, pero dolorosamente clara: falló la memoria colectiva.

    Chile, como tantas otras sociedades, cometió el error de pensar que el paso del tiempo cura todas las heridas. Pero no basta con el tiempo; se necesita conciencia, educación, verdad y valentía para enfrentar lo que fue. En vez de enseñar la historia reciente con honestidad, se la escondió, se la minimizó o, peor aún, se la reinterpretó con fines ideológicos. En los colegios, universidades y medios de comunicación, se borraron matices, se idealizó al pasado y se demonizó selectivamente al adversario.

    Las nuevas generaciones que nunca necesitaron hacer una fila indigna y forzada para obtener un trozo de pan, han sido criadas con una visión parcial, superficial, a veces romántica, del socialismo revolucionario. Se les ha hablado de "luchas sociales", de "resistencias populares", de "dignidad arrebatada", pero no se les ha contado que en nombre de esas luchas también se sembró el caos, se intentó subvertir el orden democrático, y se arrinconó al menos a medio país.

    La falla de la sociedad no fue el conflicto, sino el silencio posterior. Nos volvimos cómodos. Los que vivieron aquellos días prefirieron callar, por dolor, por miedo, por cansancio. Y las instituciones —los partidos, los medios, la educación— no cumplieron con su deber de preservar la memoria crítica.

¿Será que el tiempo nos juega en contra? Sin duda. El tiempo, cuando no se acompaña de memoria, es un cómplice del olvido. Y el olvido es el terreno fértil para repetir errores. La juventud de hoy no recuerda, porque no vivió. Y muchos adultos tampoco enseñaron, porque no supieron cómo hacerlo o no quisieron remover viejas heridas.

    Hoy vemos cómo las promesas del populismo vuelven a encantar: derechos para todos, justicia social, enemigos comunes, refundaciones. Pero lo que se oculta —como ayer— es el precio: la libertad, la institucionalidad, el respeto al otro, la paz.

    Chile está a punto de tropezar con la misma piedra, no por ignorancia, sino por negligencia moral. Porque una sociedad que no protege su historia, que no defiende su verdad, que no se reconoce en sus propios errores para no repetirlos, está condenada a revivirlos. Y esta vez, el costo podría ser aún mayor.

    Hoy Chile no está al borde de repetir su historia. Ya comenzó a hacerlo. El olvido, el abandono de los valores republicanos, la confusión moral, el desprecio por el mérito y el adoctrinamiento disfrazado de justicia social han pavimentado este camino.

    Y si no se despierta pronto, si no se recupera la memoria, si no se defiende la verdad, será demasiado tarde. No por culpa de un partido ni de una candidata, sino por culpa de todos nosotros.


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